Narradores de fotografía / Almuñécar, hacia 1923

Texto y edición de foto: Javier Celorrio

 

Hay pueblos que nacen del agua y otros que sobreviven aferrados a la piedra. Almuñécar, en aquellos primeros años del siglo XX, era ambas cosas. El farallón de civilizaciones descendía hasta besar el caserío blanco y, más abajo, la playa se extendía como un largo patio de trabajo donde las barcas descansaban boca arriba, esperando que la noche las devolviera al mar.

España vivía entonces bajo la dictadura de Miguel Primo de Rivera. En Madrid se hablaba de orden, de modernización, de carreteras y de un país que quería parecer europeo sin dejar de ser profundamente rural, endémico de caciquismos varios. No obstante, el tiempo seguía obedeciendo a los vientos, a las mareas y al calendario agrícola y sobre todo al de la caña de azúcar.

Porque Almuñécar no olía únicamente a sal. Olía también a melaza. A ese perfume espeso y dulzón que escapaba de los ingenios azucareros cuando las chimeneas teñían el cielo de un humo lento, casi doméstico. El sonido de las máquinas se mezclaba con el de las campanas y el de las olas, componiendo una música humilde que era la verdadera banda sonora de un pueblo de cuando entonces.

En los bancales de la vega, los hombres doblaban la espalda sobre la tierra fértil. La caña crecía alta, verde, exuberante y en la playa, los pescadores remendaban las redes con una paciencia heredada de generaciones. Cada nudo era una conversación, cada red un pequeño tratado de esperanza.

La fotografía no recoge el olor del alquitrán con el que se calafateaban las embarcaciones, ni el polvo blanco de la cal recién extendida sobre las fachadas, ni el murmullo de las mujeres que regresaban de la fuente con los cántaros sobre la cabeza. Tampoco puede atrapar el grito de los niños corriendo descalzos entre las chumberas, ni el rodar de los acarretos cañeros tirados por el acompasado paso de las mulas que llevaba la cosecha hacia las fábricas.

Desde el castillo una vez romano, otra vez árabe y la siguiente cristiano, la villa parecía recogerse sobre sí misma, protegida por la enciclopedia de historia. El Peñón del Santo vigilaba la bahía con esa solemnidad mineral de los bastiones consagrados a mitologías perdidas – un Valhala, un Montsalva –  y que sólo poseen roquedales donde el misterio habita desde antes de que existieran los mapas. Todo permanecía quieto y, sin embargo, todo estaba cambiando.

Porque el siglo XX avanzaba despacio, casi de puntillas. Llegarían el automóvil, la electricidad extendida por todos los barrios, las carreteras, los turistas, los hoteles y un nuevo modo de entender la costa. Pero en este instante congelado todavía manda la economía de la pesca, de la huerta y del azúcar. Todavía el mar da de comer más que el ocio y la playa es un taller antes que un destino. Quizá por eso esta imagen conmueve. No retrata únicamente un paisaje. Retrata una manera de vivir que ya no existe. Un pueblo que aún no sabía que un día cambiaría las redes por las sombrillas y las chimeneas de los ingenios por los apartamentos frente al Mediterráneo. y entre tanto una guerra sacudiría lo peor de la raza en su perfil goyesco.

La fotografía guarda el silencio. Nosotros ponemos las palabras. Y entre ambas cosas vuelve a respirarse aquella Almuñécar de los años veinte: un lugar donde el tiempo no pasaba deprisa, sino que se quedaba sentado frente al mar, esperando que partieran o regresaran las barcas, que las chicharras callaran y la chumbera era pan diario para muchos.

 

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