Almuñécar inauguró una vez una fuente, y al hacerlo creyó inaugurar el futuro. Era mayo de 1883, ese mes que siempre promete más de lo que cumple, y el pueblo, con alcalde nuevo y fe antigua, decidió que el agua debía ascender, alzarse, hacerse visible, casi patriótica. La fuente de El Altillo —nombre modesto para una ambición municipal— surgía allí donde el paseo se asoma al mar como quien mira su propio destino, cuatro o cinco metros por encima de la playa, que entonces aún no sabía que acabaría siendo postal.
Luego vendría la ninfa, claro. Toda fuente que se precie acaba necesitando una figura mitológica de piedra, una muchacha inmóvil sosteniendo el peso simbólico del agua, esa maternidad líquida que brota sobre la cabeza. La llamaron La Ninfa del paseo, como se nombran las cosas queridas, sin solemnidad oficial, con la intimidad del habla cotidiana.
El cronista J. Carrasco, que escribía con esa prosa almidonada y fervorosa que gastaba el XIX cuando quería parecer moderno, dejó constancia de que aquello no fue una simple inauguración, sino una ceremonia del progreso. El paseo, nos dice, estaba adornado con “sencillez y elegancia”, esa combinación que hoy solo se consigue por accidente. El mar al fondo, el parterre recién plantado, el pueblo entero haciendo de sí mismo.
Antes de las seis ya estaba todo el mundo allí, porque los pueblos pequeños siempre saben cuándo hay que acudir, aunque no sepan muy bien a qué. El cura bendijo las aguas —el agua siempre necesitó un gesto religioso para parecer respetable— y después habló la autoridad, que entonces hablaba despacio y con llave en la mano. Cuando el alcalde abrió el surtidor y el agua subió más de ocho metros, el aplauso fue inmediato, casi instintivo, como si todos entendieran que aquel chorro vertical era una victoria contra la sequía, contra el atraso y, en el fondo, contra el tiempo.
Llovía, pero nadie se movió. La lluvia era menuda, espesa, insistente, como la Historia. Luego vino el lunch, que es la forma burguesa de celebrar la hidráulica, y los concejales pagaron, porque la política entonces aún invitaba con su dinero o con el nuestro. Los jóvenes —los “pollos” los llama el cronista, palabra que hoy ya no sabría bailar— improvisaron un baile en el teatro, cedido galantemente, porque toda inauguración necesita música para creerse eterna.
Al anochecer, el pueblo se iluminó como si acabara de descubrir la electricidad de sí mismo. Faroles venecianos rodearon la fuente, dibujando arabescos de luz, y el agua, multiplicada por los reflejos, parecía querer quedarse para siempre.
Pero no se quedó. Ni la fuente, ni la ninfa, ni la prosa de Carrasco, ni aquellos jóvenes que bailaron creyendo que el porvenir era una cosa estable. Todo se fue, como se van las infraestructuras y las ilusiones. Solo queda la fotografía del paseo, este texto y la sospecha de que, durante un instante de 1883, Almuñécar creyó que el agua podía vencer al olvido. Todo vino y todo se fue. El tiempo no tiene prisa, es el olvido quien lo tiene, leí una vez en las memorias de Eliá Ehrenburg.






