
¿Por qué entrar? Solo para jugar. Un juego de reconocimientos. Saber qué y saber cómo era, cuánto debió ser, cuánto será. Pero quizá no para hacer una oferta, para regatear, no para comprar. Solo mirar. Solo vagar. Libre de preocupaciones. Sin nada en mente.
¿Por qué entrar? Hay muchos lugares como este. Un campo, una plaza, una calle recóndita, una armería, un aparcamiento, un muelle. Podría estar en cualquier parte, aunque se da el caso de que está aquí. Lleno de todos los demás lugares. Pero yo entraré por aquí. Con mis pantalones vaqueros y mi blusa de seda y mis zapatillas de tenis: Manhattan, primavera de 1992. Una experiencia rebajada de posibilidad en estado puro. Este con postales de estrellas de cine, aquella con su bandeja de anillos navajos, este otro con el perchero de cazadoras de aviador de la Segunda Guerra Mundial, el de más allá con los cuchillos. Las maquetas de coches de él, los platos de cristal tallado de ella, las sillas de junco de él, los sombreros de copa de ella, las monedas romanas de él, y allí… una joya, un tesoro. Podría suceder, podría verlo, puede que yo lo quisiera. Podría comprarlo como regalo, sí, para alguien. Por lo menos, habría sabido que existe y que apareció aquí. (Susan Sontag)
Lo anterior fue escrito por Susan Sontag en su novela «El amante del volcán». Creo que define perfectamente la experiencia de entrar a un mercado de viejo y la sensación que provoca de deja vu en los objetos que a la manera de un collage se exhibe sobre los tenderetes que flanquean nuestro paso entre ellos.
Así, los domingos en Almuñécar tienen un ritmo propio. Mientras las campanas marcan la primera misa y de los bares fluye el aroma del café, en el Paseo de Blas Infante ya se empieza a desplegar un ritual que no entiende de estaciones. A eso de las nueve, el paseo despierta en forma de rastro. Los puestos aparecen como setas bajo el sol: unas mesas cojas cubiertas con manteles floreados, cajas de madera abiertas a modo de escaparate, sillas plegables donde descansa el vendedor con gesto tranquilo.
Aquí, un hombre coloca con cuidado una pila de libros usados. Y de algunos sabes su historia, y no la narrada sino la que solo a ti acompañaron: un Herman Hesse de Alianza Editorial; el Manifiesto Comunista de cuando Marx era el texto de las utopías propias y ajenas y aquellos de la Editorial Bruguera de la colección Cadete en la que descubriste entre el texto y el comic a los clásicos de Stevenson, Verne, Salgari, Twain, Dumas o Rider Haggard, los sabes de memoria. Ahora los hojea un muchacho que apenas roza la veintena, sorprendido de encontrar ediciones amarillentas de autores que ya solo se leen en bibliotecas.
Un poco más allá, una mujer mira con ternura la portada de un vinilo de Serrat. “Este lo ponía mi padre los domingos por la tarde, cuando se echaba la siesta”, le confiesa al vendedor, que asiente con deferencia mecánica ante ese repetido mil veces oido de las nostalgias particulares de clientes. Los vinilos giran en las manos de los curiosos, con sus portadas descoloridas que son la memoria de cada cual.
No faltan las rarezas: relojes de bolsillo detenidos hace décadas, cámaras de fuelle que parecen salidas de una película antigua, teléfonos de baquelita que ya solo suenan en la imaginación. Una caja polvorienta guarda fotografías en blanco y negro: desconocidos sonrientes que ahora son papel desportillado y ayer fueron radiantes, parejas en su viaje de novios, niños en comunión. La gente las mira con fascinación, como si en esas caras sin nombre se reconociera a alguien de la propia familia y otros con la sorpresa ante artilugios que pertenecen a curiosidades de una época; curiosidades que fueron muy práctica en su entonces y que ahora simplezas decorativas.
Los muebles viejos, con la pátina del tiempo, se ofrecen a precios de ocasión. Mesitas que alguna vez sostuvieron jarrones de flores, espejos que han visto rostros de varias generaciones y reproducido sonrisas y lágrimas, cómodas con cajones que aún huelen a alcanfor. Muchos compradores no buscan utilidad, sino historia: llevarse a casa una pieza que conserve el encanto de lo vivido.
El paseo es también un teatro costumbrista. Los regateos se convierten en pequeñas escenas de humor:
—¿Diez euros por este candelabro? Si le falta un brazo…
—Precisamente por eso vale más, señora. ¡Ahora es único!
Las risas flotan entre los puestos. Niños corretean con juguetes de hojalata que acaban de descubrir, mientras los mayores se detienen en conversaciones interminables, acaso hilvanadas por recuerdos. Y los hay que en la búsqueda quieren construir un pasado historiado de familia de toda la vida.
Cuando el reloj se acerca al mediodía, el sol empieza a calentar y el rastro se despide poco a poco. Los vendedores recogen sus cajas, los compradores se marchan con bolsas cargadas de historias y el paseo recupera su calma. Queda, sin embargo, esa sensación de haber participado en un ritual sencillo y mágico: el de rescatar del olvido lo que parecía condenado a desaparecer, y darle una segunda historia entre nuevas manos.
Al fin y al cabo, el rastro de Almuñécar no es solo un mercado: es un puente entre generaciones, un museo al aire libre donde cada domingo se mezclan la memoria y la vida cotidiana, como si el tiempo decidiera detenerse para conversar con nosotros.
Y siempre que lo visito recuerdo el inicio de la novela Bajo el Volcán de Susan Sontag: Pero aquí puede haber algo valioso, aquí. Valioso no es la palabra. Algo que yo quisiera tener. Quisiera rescatar. Algo que me habla. Para mis anhelos. Que hable a, hable de. Ah…







