
Texto. Elena Navas
Fotos: Javier Celorrio
Hace 3000 años…
Los caballos del mar se acercaban a la orilla, cabalgando entre las olas. Antes del anochecer entraron por el río verde para beber en la fuente de piedra.
La niña los observaba desde lo alto de los acantilados de Velilla sin poder creerlo; su abuela se lo había contado muchas veces, y ahora se hacía realidad. Corrió hacia el poblado para avisar a su padre y hermanos.
En el poblado exitano ya lo sabían, los habían visto los oteadores y habían soplado las caracolas para dar la señal de alerta. Apagaron los fuegos y cada guerrero se coloco en el lugar preciso, las madres callaron a los niños y el silencio lo inundó todo.
La niña, desde el tejado de su cabaña, situada en lo más alto del cerro, podía ver con sus ojos negros la playa que, durante la noche se lleno de hogueras, oyéndose a lo lejos voces y ladridos de perros.
Por la mañana temprano los caballos del mar se habían ido, dejando preciosos objetos en la arena que brillaban, tenían colores y olores exóticos, incluso había espejos, le fascinaba ver reflejada su imagen en ellos y jugaba a cazar un rayo de sol y colocarlo en otro sitio.
Durante todo el día, en el poblado se reunieron alimentos y se llevaron hasta la playa, en señal favorable. Mi abuela sabia que los caballos del mar volverían al día siguiente para recogerlos. La comunicación se había establecido…
La espalda morena del marino tirio brillaba bajo el sol, estaba tranquilo porque el oráculo lo predijo:”…echareis raíces en el territorio de los exitanos y una mujer de ojos negros será la madre de tus hijos, la primera generación de la estirpe exitana y tiria”. El presagio era una orden divina: “Dejarás Tiro y fundaras una ciudad al otro lado del mar, en el territorio de los exitanos a la que llamarás “SEKS”.
Al alba se echaron los augurios y los sacrificios fueron positivos, está vez podrían quedarse; la voluntad de Melkar se cumplía y el sería el próximo rey de Seks.









