Narradores de fotografía / Recuerdos y una carta / Luisa G. Huertas

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Texto: Luisa G Huertas

Fotos: Archivo Costadigital.es

La tarde caía despacio sobre Almuñécar. Las barcas flotaban casi sin moverse, como si también descansaran. Una de ellas tenía el nombre de una mujer pintado en letras torpes. Otra parecía más vieja, con la madera oscura, salpicada de alquitrán seco. Los niños jugaban cerca de las rocas. El mar se abría detrás de ellos, azul y silencioso, y el sonido de las voces llegaba roto, como si viniera de muy lejos. Uno de los niños subía a la piedra más grande y se quedaba un momento mirando el horizonte. Tenía la espalda delgada, tostada por el sol. Luego saltaba al agua y el resto lo imitaba con gritos agudos.

Las mujeres estaban en la sombra, cerca de los barcos varados. Hablaban bajo, con un gesto cansado en los ojos. Algunas limpiaban pescado en cubos de zinc; otras hilaban la conversación con los brazos cruzados, como si no esperaran mucho. Llevaban delantales desteñidos y el pelo cubierto con pañuelos. No miraban el mar, sino las redes extendidas sobre la arena, como si supieran que todo lo importante ya había pasado por allí.

Yo estaba sentada en la orilla, recogiendo conchas. No eran bonitas, pero las guardaba igual. Al fondo se oía una radio. Alguien la había traído desde una de las casas del paseo. Tocaban una canción triste, pero nadie parecía oírla. Una señora delgada, con los pies en el agua, tenía la mirada fija en el horizonte. Era como si esperara algo, aunque no supiera bien qué. Los hombres, cerca del agua, hablaban entre ellos. Uno de ellos tenía la camisa abierta y el pecho quemado por el sol. Reían a veces, pero después se callaban de golpe, como si el silencio les fuera más natural. El vino corría de mano en mano. El mar, mientras tanto, seguía allí, inmóvil, suave, como una sábana muy antigua.

Cuando el sol se escondió del todo, las sombras se alargaron sobre la playa. Los barcos comenzaron a balancearse de nuevo. Uno encendió una luz pequeña, amarilla, que no servía para alumbrar. Era sólo un punto en la oscuridad. Me quedé mirando cómo se alejaban. Nadie se despidió, ni tampoco tú. Y algo dentro de mí se deshizo un poco, como si hubiera querido marcharse también.

Carta sin destinatario

Almuñécar, una tarde de julio, 2025 (50 años después)

Querido —(no sé bien cómo llamarte ya)—

Hoy ha sido uno de esos días en que el mundo parece no avanzar, como si todo se hubiese quedado quieto en una fotografía. He bajado sola a la playa. Era temprano, pero el calor ya se colaba entre las calles como un pensamiento que no se puede quitar de la cabeza.

Las barcas ya no estaban allí. Así mejor, no cambian, ni envejecen. Las reconozco por sus formas, por el ruido que hacen cuando se mueven con la marea, por los nombres gastados que alguien escribió hace mucho, seguramente pensando en alguien que tampoco está ya. A ellas como a ti los imagino.

Me senté junto a la piedra grande, esa donde tú una vez me dijiste que el mar parecía respirar. He pensado mucho en eso. En cómo el mar sigue, aunque no lo miremos. En cómo nosotros cambiamos y todo lo demás no.

Un niño jugaba solo con una red vieja. Me recordó a ti, de pequeño, cuando decías que ibas a ser marinero aunque odiabas el pescado. Pensé que si estuvieras aquí, te habría hecho reír. O tal vez no. Ya no sé bien cómo ser contigo.

He estado un buen rato sin hacer nada. Sólo mirando. Imaginando a las mujeres discutiendo precios en voz baja, secando sardinas al sol como todos los veranos. Sus voces no tenían prisa. Parecía que lo decían todo sin decir nada.

Pensé en escribirte. Pero no sabía si te acordarías de esta playa. O si todavía quieres hacerlo.

Yo sí me acuerdo.

Me acuerdo de cuando saltábamos desde las barcas y nos reíamos por cualquier cosa. Me acuerdo del ruido del agua contra los remos. Y de las promesas que hacíamos, sin saber que se romperían como las redes viejas, esas que nadie repara ya.

No sé si recibirás esto. Tal vez no tenga sentido enviarlo.

Pero esta tarde, mientras el sol bajaba y las barcas imaginadas se alejaban poco a poco, he sentido que aún podía hablar contigo. Aunque sólo fuera por un rato. Aunque sólo fuera en esta carta que se quedará guardada, como las conchas aquellas que recogía sin saber por qué.

Con algo parecido al cariño,
L.

 

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