Narradores de fotografía / La vieja foto encontrada en un puesto de naufragios / Cesarión Stuart

 

 

«Es natural que el tiempo lo borre todo, desde los sueños a las promesas y desde las estrellas a las fotografías».
Julio Llamazares

Texto: Cesarión Stuart

Foto archivo Costadigital.es

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A veces pienso que las fotografías no conservan el pasado, sino que lo condenan. Lo fijan en una quietud que ya no existe y, al hacerlo, nos obligan a mirar de frente aquello que el tiempo decidió llevarse sin pedir permiso. Esta imagen —amarillenta, casi frágil— es una de esas pruebas. Un fragmento del mundo detenido justo antes de desaparecer y que descubrí en puesto de libros viejos en la Cuesta de Moyano de Madrid.

Donde hoy se alza una hilera de bares modernos, con terrazas alineadas como sonrisas ensayadas y música que se derrama hasta la madrugada, hubo una vez silencio, trabajo y sal. El mar no era un decorado: era un oficio. Y la playa no era una promesa de ocio, sino un espacio ganado al cansancio. A ese trozo de arena lo llamábamos el Jardincillo, un nombre pequeño para un lugar que contenía todo lo que éramos.

En la fotografía, el hotel llamado Mediterráneo se levanta sobrio, recoleto, casi tímido, mirando al mar como quien aún no sabe que un día será testigo del desfile de turistas, maletas con ruedas y veranos de alquiler. Entonces no era símbolo de nada, tan nada como hoy desaparecido. Era simplemente un edificio blanco, firme, convencido de que el futuro se parecería mucho al presente. Nadie sospechaba que sería sustituido por luces de neón y cartas multilingües anunciando cócteles imposibles y que toda esa clientela del futuro desconocerá las raíces de ese espacio por el que se mueven. Espacio de hoy, que por otro lado, nadie recordará dentro de cien años o acaso mucho menos.

A la izquierda, apenas insinuada por la sombra de una araucaria, está la casa que perteneció a mi familia. Desde allí aprendí a medir el tiempo no por los relojes, sino por las mareas, por las estaciones del pescado, por la manera en que el sol saludaba los amaneceres de veranos desde el monte del fondo. Esa casa olía a salitre, a jazmín, a ropa tendida y a historias que se repetían como si así pudieran durar más. Hoy no queda nada de ella, salvo esta imagen y una punzada suave —pero persistente— cada vez que la recuerdo.

Los hombres que caminan por la arena son ajenos a su propio destino. Algunos recogen redes, otros miran al suelo, como si buscaran algo que se les hubiera caído sin saber exactamente qué. No sabían —no podíamos saber— que el tiempo los borraría con la misma naturalidad con la que borra las huellas en la orilla. Tampoco sabían que, décadas después, ese mismo espacio sería ocupado por mesas altas, copas frías y conversaciones vocingleras y fugaces.

Hoy paso por allí y me reconozco extranjero. El pueblo pesquero y agrícola se transformó en postal, y la postal en negocio. La autenticidad fue sustituida por una versión más cómoda de sí misma, más rentable, menos verdadera. No es una queja: es una constatación: el progreso no pregunta por los nombres antiguos de los lugares ni por las historias que no cotizan.

Y sin embargo, cuando cae la tarde y el mar adopta ese color indeciso entre el azul y la melancolía, algo del pasado insiste en quedarse. Tal vez sea el Jardincillo, resistiéndose a desaparecer del todo. Tal vez sea yo, intentando convencerme de que, aunque el tiempo lo borre todo —los sueños, las promesas, las estrellas y las fotografías—, hay una forma secreta en la que ciertas cosas sobreviven: es la memoria, que no es fiel, pero sí obstinada. Es «estar desaparecido que es como ser fantasma pero sin acabar de serlo», solía decir un amigo sobre los recuerdos obstinados en permanecer, aunque todos ellos hubiesen ido con el tiempo recubriéndose de capas, tal que una cebolla, y que iban mutando con cada una de ellas y finalmente transformando la una y sola realidad de lo que ciertamente fue.

Como en las novelas de juventud que uno relee sabiendo que ya no es el mismo, miro esta imagen con nostalgia elegante y triste, consciente de que el verdadero lujo no era el futuro que llegó implacable aunque no impecable, sino aquel pasado sencillo que nunca supimos valorar mientras aún nos pertenecía.

 

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