Narradores de fotografía / Página de un diario encontrado en el derribo de una casa antigua / Raúl Efe García

Fecha de la página del diario18/08/1959

A menudo me ocurre que un objeto, inerte y silencioso, se convierte de pronto en llave que abre la cerradura del pasado. No es preciso que ese objeto sea precioso: basta con que conserve, inadvertidamente, una vibración de lo que fue. Así me sucedió con una fotografía antigua, hallada entre papeles amarillentos en un baúl familiar. Al principio, creí contemplar un grupo de desconocidos. La imagen mostraba una playa pedregosa, un farallón de roca y varias familias reunidas en torno a su sombra. Sus rostros, difusos, parecían condenados al anonimato. Y, sin embargo, apenas posé la mirada sobre aquel conjunto inmóvil, una sacudida me devolvió a mi infancia, como si yo mismo hubiera estado allí, como si la playa me reclamara desde la profundidad del tiempo.

El escenario era Almuñécar, aunque, visto en el desvaído blanco y negro, más bien parecía un sueño. Las rocas, que yo he conocido años después de otra manera —con turistas en maillots, con toldos de colores, con el bullicio de veraneantes—, se me mostraban desnudas, altivas, como murallas naturales destinadas a custodiar secretos. En ellas reposaban mujeres con vestidos largos, sus sombreros inclinados como flores de una extraña primavera, y hombres con chaquetas claras, apoyados en bastones o simplemente en la confianza de su postura. No hacían nada en particular, salvo esperar. Y, sin embargo, toda la eternidad parecía contenida en esa espera.

Recordé entonces la sensación precisa de sentarme sobre aquellas piedras, la aspereza que se mezclaba con la tibieza acumulada por el sol. El olor del mar, nunca idéntico a sí mismo, traía a la vez frescura y fermento, promesa y amenaza. Yo era un niño, y los ruidos del mundo adulto me llegaban amortiguados: risas que no entendía del todo, conversaciones que se perdían en el aire como olas que mueren en la arena. Lo que sí comprendía, con la inocencia de los primeros descubrimientos, era que aquel instante era valioso más allá de lo explicable.

Las mujeres abrían cestas de mimbre, de las que emergían frutas y panes. El sol arrancaba destellos en las sandías y el perfume que se mezclaba con la brisa salada. Yo mordía un trozo de pan y sentía que cada migaja se impregnaba del rumor del mar. Tal vez fue entonces cuando supe, sin saberlo, que todo alimento es también un sacramento de la memoria: cada sabor guarda dentro de sí un día, una hora, una mano que nos lo ofreció.

Lo que me resulta más vivo ahora, al rememorar, no son las palabras, sino los gestos: la inclinación de mi madre para atarme el sombrero bajo la barbilla, la mano firme de mi padre sobre mi hombro, la risa de mi hermana, que se alzaba ligera como una gaviota. Esos gestos, fijados en mi recuerdo, resisten mejor que cualquier relato, porque pertenecen al lenguaje profundo del cuerpo, ese que la memoria de mis ochenta añosgg guarda sin que se lo pidamos.

Y así, al mirar la fotografía, me descubrí buscándolos entre aquellas figuras inmóviles. ¿Era acaso mi madre la mujer que giraba la cabeza hacia el mar? ¿Era mi padre el hombre de perfil, apoyado en un bastón? O quizá no eran ellos, sino otros, y era mi propio deseo el que los proyectaba allí. Poco importa: en el fondo, toda memoria es invención. Lo decisivo es que, a través de esa imagen, sentí renacer en mí un tiempo que creía perdido, un tiempo que vuelve no con la claridad de los hechos, sino con la intensidad de la emoción.

Hoy sé que lo que llamamos infancia no es una sucesión de días, sino un espacio secreto en el que seguimos habitando, aunque no lo sepamos. Cada vez que el mar resuena en mis oídos, cada vez que el olor de una sandía abierta me sorprende en mitad de la tarde, regreso a esa playa de Almuñécar, a esas rocas que me acogieron, al murmullo de aquellos cuerpos que ya no existen pero que, en mí, continúan vivos. Y entonces comprendo que el tiempo, que creemos lineal y cruel, se curva sobre sí mismo, como una ola que vuelve una y otra vez a besar la misma arena.

Así, la fotografía, en lugar de ser un testimonio del pasado, se convierte en promesa de permanencia. Nada de lo que fuimos está perdido: basta con que una chispa —un sabor, un olor, una imagen— lo despierte. Y cuando eso sucede, el presente se dilata, se abre como una concha, y en su interior descubrimos la perla intacta de lo que creíamos olvidado.

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