Narradores de fotografía / Relato de un viajero del siglo pasado / Javier Celorrio

Relato de un viajero del siglo pasado (Extracto de «Cosas que nunca sucedieron y un «Hotel llamado Sexi»)

Parece ser un hecho general que cada nuevo estado evolutivo va más allá que sus predecesores pero, no obstante, para ello debe incluirlos e integrarlos en su propio orden, de un nivel manifiestamente superior. Como dijo Hegel, «Superar es, al mismo tiempo, negar y conservar». Ken Wilber

 

Entonces, la parada de la línea de autobús entre Granada y Almuñécar tenía su destino a mitad del llamado paseo del Altillo o de José Antonio Primo de Rivera nombre impuesto por la época. Aquel mediodía bajaron dos pasajeros: una señora que me contó durante el trayecto que era maestra y yo. El mar estaba allí mismo, a un paso de la acera: azul metálico, deslumbrante, con el olor intenso de las redes recién sacadas y las algas secándose al sol. No pude contenerme y bajé a la playa donde los pescadores reparaban las redes con ese ritmo lento de las agujas sobre la trama como gesto ritual de una paciencia aprendida de padres y abuelos. Nadie me dedicó más que un vistazo rápido. En un pueblo como este, el forastero no es más que un paréntesis: aparece, pregunta, mira y se marcha. Lo que permanece es la marea, las redes, el trabajo de siempre.

La pensión que me recomendaron estaba a pocos pasos del paseo. Costa Azul, rezaba un letrero pintado a mano. La mujer que la regentaba me recibió con cortesía seca de quien ha visto ya demasiados viajeros y no quiere excesiva familiaridad: me condujo a un cuarto estrecho, cama de hierro pintada de blanco, sábana blanca con algún zurcido visible y manta áspera a los pies, una silla solitaria delante de una mesa de madera y un armario desvencijado cuya puerta sostenía un espejo de azogue muy deteriorado; en la ventana, una vista parcial del mar recortado entre tejados. “Aquí estará bien”, dijo, y desapareció sin dar más explicaciones.

Tras dejar la maleta, emprendí la subida hacia el altozano histórico. La pendiente se empinaba en calles estrechas, pavimentadas a medias con piedra y polvo. Las casas encaladas, apiñadas unas sobre otras, se ordenaban en terrazas irregulares, coronadas por la silueta desdentada del castillo árabe de San Miguel que curiosamente acogía el cementerio del lugar. El aire olía a cal húmeda y a ropa recién lavada que desprendían el olor a sol. Desde los balcones y ventanas colgaban geranios que se servían de latas conserveras haciendo de macetas, los únicos colores vivos en aquel laberinto blanco de arquitectura lineal y en cuyas terrazas colgaban en hilera la plata de boquerones y sardinas y pulpos de matices sepias como amuletos de ritos ancestrales secando al sol. En las puertas, las mujeres cosían a la sombra. Los niños corrían con pelotas de trapo, algunos descalzos, con las rodillas ennegrecidas por el juego de las canicas. Algún anciano dormitaba en una silla baja, encajado en la penumbra de un portal. El tiempo parecía detenido. Nada, salvo el rumor lejano de las olas, la monotonía cantora del macho de cigarra y el balido ocasional de algunas cabras, rompía el silencio que se adueñaba de las calles.

Desde lo alto, junto al castillo, la vista se abría al sur. El mar avanzaba sobre el pueblo en dos lenguas que formaba la avanzada de unos farallones de rocas que dividían al pueblo en dos playas, mientras que al resto de los puntos cardinales la vega extendía su verde de cañas y chirimoyos en el salteado de huertos pequeños, trabajados con paciencia por hombres encorvados, regados por acequias que aún conservaban trazas moriscas. Allí crecían tomates, pimientos, melones tempranos: un puñado de tierras repartidas en parcelas diminutas, acaso desde las reparticiones que se hicieran en tiempos de los Reyes Católicos.

Manuel, un chico para todo que trabajaba en la pensión y acaso con anhelo de propina, mostraba su eficiencia poniéndome al día de las particularidades del entorno, y hablaba de esos agricultores, mientras me servía la cena: hombres que bajaban al alba con sus mulas, que cavaban bajo el sol hasta que la espalda se doblaba como un arco, y que regresaban al atardecer con un saco de verduras. Muchos de ellos, al atardecer pescaban por su cuenta en verano y volvían contentos si el capacho llevaba la suerte de una melva o verderón, lisa o doblá y que la mujer guisaba a la noche en la parrilla sostenida sobre el anafre a la puerta de la casa o en la azotea refrecada por la brisa de la noche el calor del sol que achicharraba el día.

La convivencia entre pescadores y hortelanos, decía el chico, no era que se dijera muy amigable. Así, los pescadores -marengos les llamó- vivían en la parte más alta y sur del roquedal en el que el pueblo más antiguo se alzaba, mientras que en la parte norte eran los propietarios de pequeñas labradías quien la habitaba. Y quizá esa distinción también se imponía en el mercado del pueblo, situado en una plazuela que presidía la fachada deslucida de un antiguo convento, y donde los pescadores gritaban mercancía y precios desde una pila central de piedra, mientras los los hortelanos ofrecían tomates aún húmedos, pimientos que olían a tierra fresca y frutas de la temporada desde los portales que flanqueaban la plazoleta Entre ambos, las mujeres regateaban, hacían cuentas, decidían qué entraba y qué no en la olla del día. La plaza era un hervidero breve y después volvía el silencio.

Solía subir al altozano al anochecer. El castillo recortaba su silueta contra el cielo encendido de rojo. Desde allí vi cómo el verde de la vega se oscurecía poco a poco, mientras la bahía reflejaba la última paleta de púrpuras de la tarde. El pueblo entero parecía recogerse sobre sí mismo en canto gregoriano: las calles se vaciaban, los niños desaparecían tras las puertas, las cabras regresaban a los corrales y los marengos iniciaban su jornada de pesca de mamparra en las embarcaciones, que cercanas a la orilla esperaban.

Y sin embargo, en medio de aquella calma, el rumor de la posguerra estaba presente al igual que el futuro iba dibujándole la mortaja de un mundo condenado a desaparecer. Pues ya, en alguno de los tabernucos dispersos por el pueblo se hablaba de forasteros que venían de más allá de la frontera, gentes rubias que pagaban en una tarde lo que aquí costaba ganar en semanas. Algunos vecinos vendían ya pequeñas parcelas junto al mar, convencidos de que nada cambiaría en el interior. Otros se encogían de hombros, dudosos, con una desconfianza instintiva hacia todo lo que prometía demasiado, al menos para ellos.

Desde lo alto, contemplando el contraste entre el verde de los huertos y el azul intenso del mar, pensé que aquella armonía era frágil, casi ilusoria. El paisaje, que había sido hasta entonces horizonte y sustento, se preparaba para convertirse en mercancía. El pueblo, con su castillo árabe, sus pescadores y sus hortelanos, se hallaba al borde de una transformación que ningún lugareño sabía nombrar todavía.

La noche cayó despacio. Las luces amarillas se encendieron en las casas, tímidas, dispersas. El silencio regresó como un manto espeso. Desde mi ventana en la pensión escuché el rumor constante del mar, y pensé que tal vez, dentro de unos años, aquel sonido se perdería entre motores, radios y músicas extranjeras. Y que lo que ahora veía con ese estilo puro que gasta lo sencillo, anclado en siglos de repetición, era algo que en el futuro se volvería irrepetible.

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