
Iniciamos una nueva sección donde distintos narradores inspirados en fotos antiguas de Almuñécar nos cuentan la impresión que les causa la misma. En esta, que abre la serie, Anna María Castilla invade de misterio una foto de los años veinte tomada en la sexitana playa de la Puerta del Mar. Un hombre enigmático, un hotel, el tiempo
Texto: Anna María Castillo
Montaje Fotos: Javier Celorrio
Había algo en aquella tarde que parecía demasiado sutil para ser descrito con palabras comunes. Una luz plateada rozaba la superficie del agua como una emulsión de azufre y plata. La bahía descansaba en silencio, salvo por el murmullo de las barcas, alineadas como recuerdos, como restos de un sueño y alguna gaviota dejaba su sonido en el aire.
Y entonces, como una página arrancada de una novela olvidada, aparece él. Camina desde el agua, no a través de ella, sino desde ella, como si el mar no fuera una frontera, sino un pasaje. Vestía un abrigo que colgaba de sus hombros como un secreto, y en sus ojos —aunque nadie se atreviera a mirarlos directamente— brillaba el mismo cansancio elegante que tienen los hombres que han vivido demasiado.
Nadie dijo su nombre. Nadie preguntó de dónde venía. Porque era evidente —con esa certeza que no se discute en pueblos donde el mar ha enseñado a callar— que aquel hombre no pertenecía al presente. Era como si el tiempo, en un gesto caprichoso, hubiera cedido un instante para que él volviera a cumplir una promesa hecha al borde de una vida que ya no existe.
Anduvo hasta las barcas deteniéndose frente a una marcada con letras desvaídas: «El Encuentro». Tocó la madera como quien acaricia una sensación recobrada, el sueño de una amante perdida. Y por un momento, tan breve que podría no haber ocurrido, el mundo se queda inmóvil y las olas contienen la respiración ante el visor de la cámara del fotógrafo anónimo que retrata la escena.
Después (veo) caminó hacia el hotel Palace, bajo las murallas antiguas del pueblo, y que cuando escribo esto y contemplo la foto de poder sumergirme en ella invocaría los fantasmas de quienes un día habitaron sus habitaciones de techos altos y ventanas abiertas a los ruidos de la costa. Y observo al hombre que alza su bastón, golpea tres veces la puerta y tras abrirse desaparece en la penumbra sin mirar atrás. La puerta no volverá a cerrarse; suspendida en el tiempo de la fotografía, invitando a pasar y desvelar el enigma. Y puede que yo misma algún día intente flanquear el vano y adentrarme en la sorpresa.
Hasta entonces, en las noches en que la luna balancea su reflejo en el mar, creo ver una silueta en la playa, mirando al horizonte con una nostalgia que no pertenece a este mundo. Quién sabe qué busca. Quizás ni él mismo lo sepa. Pero en cada ola que rompe, en cada brisa que acaricia los mástiles dormidos, se adivina la pregunta sin respuesta de ese hombre que vino del mar, y que tal vez —como todos nosotros— solo quiere regresar a aquello que ya no existe.
¿Seré yo, que como el Orlando de la Woolf va recorriendo la Historia y en época es hombre y en otra mujer?







