Dice la maldición que “ojalá te toque vivir tiempos interesantes” y desde luego no puede negarse que en ello estamos. A falta de un terremoto histórico como pudiera ser una guerra mundial, asistimos a las distintas etapas de un cambio de paradigma global cuyo asentamiento no se vislumbra por el momento habida cuenta de la combinación de cambios tecnológicos, conflictos bélicos, reequilibrios políticos, movimientos sociales y culturales, una suma desconcertante por momentos que ha ido condicionando la historia de los últimos cuarenta años. Si hubiera que elegir un hito histórico de inicio al que se habrían ido añadiendo sucesivamente el resto de acontecimientos que nos han traído a este punto, habría que poner, desde luego, la caída del bloque comunista. Muchos hechos son independientes de ese evento, pero nada podría entenderse sin el derrumbe que ha llevado la distribución de poder global a una sucesión de situaciones no previstas para los que no se disponía manual de respuestas.
Por esa razón todo juicio con visión de microscopio sobre lo que cuanto va ocurriendo suele conducir a conclusiones erróneas, por eso lo aconsejable si no se parte de la seguridad que los hechos conocidos nos proporcionan. Este miércoles el Presidente de Gobierno en contra de aquella vieja máxima que recomendaba no hacer mudanza en tiempos de turbación decidió dar un salto al vacío soltándose de la mano de la principal referencia, militar y económica, del mundo occidental para situar a la Nación española en una equidistancia imposible. El mundo de la geopolítica y la diplomacia no funciona a base de apretones de manos y golpes afectuosos para el gran público, son las alianzas basadas en la lealtad lo que cotiza, estar cada vez en un sitio te convierte en una pieza inútil del tablero. Es importante que los países que comparten valores tengan también intereses porque en realidad estos son reflejo de los primeros. Los valores refuerzan los intereses, compartir una idea de democracia y libertad favorece el comercio y los intercambios al responder las leyes de las partes a principios homogéneos. La defensa de los intereses nacionales y de sus habitantes forma parte de los principios de todo gobierno tiene que proteger.
El Presidente del Gobierno ha dicho “entendemos que los gobiernos estamos aquí para mejorar la vida de la gente, para aportar soluciones a los problemas, no para empeorar la vida de la gente”. Esa expresión difusa no podría dar respuesta a lo que hoy conocemos que fueron las consecuencias del Pacto de Múnich en 1.938. Porque dentro de esa lógica de diplomacia sin límites debió la Alemania nacionalsocialista habría llegado más allá de los Urales y habría tomado Gran Bretaña, la esvástica habría ondeado desde la Península de Kamchatka hasta la Torre de Londres, cosa que podría haber ocurrido merced al pacto de Hitler con Stalin que creyó haber comprado la impunidad de Rusia suministrando a los alemanes las materias primas para que tomara los Países Bajos y Francia, esa nación en perpetua derrota desde Sedán, que fue liberada de la ocupación nazi por unos americanos frente a los que exhibe desde entonces una arrogante “independencia” con olor a traición siempre que puede.
El primer Ortega escribió “o se hace literatura, o se hace precisión o se calla uno”, en ese sentido las afirmaciones de Pedro Sánchez de que todo cuanto vino tras la Guerra de Irak fue negativo no lo sostiene más que el interés político de un discurso ajeno al ahora y que se sitúa en 2.027. Obviamente de aquella intervención militar se derivaron problemas, muchos, pero también se eliminaron muchos otros. Con el derrocamiento de Sadam Hussein se puso fin a un régimen que desató dos guerras, una contra Irán (que costó cientos de miles de vidas) y la invasión de Kuwait que trajo la Primera Guerra del Golfo, aparte de reprimir a su pueblo y exterminar con gas letal a los kurdos. No está tan claro que con la eliminación del dictador iraquí le fuera mal a todo el mundo, no al menos para quienes sufrieron en sus carnes las consecuencias de aquella tiranía, algo fácilmente trasladable de forma intuitiva a los sentimientos que deben albergar muchos millones de iraníes en estos momentos, así como libaneses y palestinos sometidos por proxys iraníes, que han vivido las masacres causadas por sus propios dirigentes como antes lo padecieron los iraquíes. Son cuestiones que una vez situados en el terreno de los principios no pueden ser eludidas sin que un alto grado de oportunismo quede de manifiesto.
No es cuestión de repetir aquí cuanto ya se ha dicho y escrito sobre el interés político que ha primado en la postura del Presidente del Gobierno como lo prueba la forzada solemnidad de su alocución, delatada al poco con la vuelta a esa simplicísima consigna del “No a la guerra” que deje en evidencia un trágico agotamiento gubernamental retrocediendo más de veinte años en el tiempo para tomar algo de impulso político y busca recrear aquel ambiente de movilización que hizo de Zapatero un Presidente por accidente (no por sus cejas como ha presumido hace poco). El asunto cobra tintes más oscuros si se opta por salir de lo concreto para categorizar el discurso Presidencial, porque entonces toda esa grandilocuencia moralizante queda en nada. Cuando Pedro Sánchez habla de la primacía del derecho internacional, lo más reciente en esnobismo político, tendría que plantearse si es coherente con la decisión de abandonar sin dar explicaciones las responsabilidades de España en el Sáhara o si sosteniendo que las cosas no pueden arreglarse a base de conflictos puede a su vez dirigir un Gobierno cuya idea basal era atizar los conflictos ideológicos entre conciudadanos simbolizados en el levantamiento de un muro.
Y, concluyendo por el inicio, el arranque de la alocución presidencial dirigida a sus “compatriotas” no puede conducir más que a la melancolía teniendo en cuenta los socios con los que fundó el Gobierno, si bien siempre le cabrá el consuelo de pensar que estar en política consiste en cabalgar contradicciones. PNV, ERC, JUNTS, BNG y gran parte de esa izquierda a su izquierda siempre disgregada, víctima inevitable de su gen disgregador, constituyen una urdimbre difícilmente compatible con esa apelación a la ciudadanía común frente a la que todos exhiben auténtica pasión por extinguirla y mantienen una idea de soberanía nacional bajo la que chirría la noción de compatriota. Aunque puede darse nada por perdido, Rufián convertido en el nuevo maître a pénser de la izquierda alternativa nacional española, ha transitado desde el separatismo catalán a promover una Commenwealth española sin mayores trastornos. El afán por el progreso vence cualquier obstáculo, sobre todo si de lo que se trata es de ponerse de acuerdo con uno mismo.
José María Sánchez Romera







