No ha llegado la paz / José María Sánchez Romera

Todo el que ha visto la película “Las bicicletas son para el verano” (basada en la obra teatral de Fernando Fernán Gómez) retiene en su memoria ese final dramático cuando en los estertores finales de la Guerra Civil el padre le dice a su hijo que no ha llegado la paz sino la victoria. Habría que añadir que, en casi todos los conflictos armados, especialmente los fratricidas, lo que viene indefectiblemente es la victoria de una facción. Ojalá la realidad se presentara siempre con la perfecta simetría que permite dibujar la ensoñación literaria.
Viene a cuento la referencia anterior a consecuencia de la intervención en el Congreso de los Diputados de la portavoz de Junts esta semana, Miriam Nogueras, que empieza a ser bien conocida por su lenguaje desabrido y su gestualidad prepotente. No sólo atacó alevosamente a jueces, policías y periodistas, era el día de pedir las cabelleras por hacer su trabajo, sino que exigió ceses y enjuiciamientos con la misma vehemencia que rechaza que se los apliquen al separatismo. Tampoco debe extrañar esto, el nacionalismo se alimenta del conflicto y en él cabe todo menos la coherencia y el equilibrio, al adversario se le saca del tablero de juego sin más. La cosa no va de tener razón y aunque se la dieran la despreciarían, les interesa más que el poder para dominar. Al secesionismo nacionalista nadie lo ha sacado de la legalidad salvo cuando se ha puesto deliberadamente al otro lado de ella, pero ese argumento no sirve para quien aspira al dominio total.
En la situación política de España los partidos centrífugos ventean la victoria al cabo de casi siglo y medio de intentarlo y lo último en lo que piensan es en la paz política. Y esto no es opinión, son hechos, sólo hay que escucharlos cuando hablan en vez de distorsionar con sesgos cognitivos de conveniencia lo que expresan con meridiana claridad. A la táctica de dar hilo a la cometa en la que seguramente piensa el Gobierno como mal menor, ya se anticipan diciendo que no van a caer en ese truco y que exigirán avances efectivos constantes en pro de sus aspiraciones. No habrá armisticio sino rendición, además reparaciones de guerra. Para ellos la actual coyuntura significa la victoria, lo que negocian ahora son las condiciones sin más concesión por su parte que regular la cadencia en la entrega de las contrapartidas.
En semejante tesitura los miembros de la coalición que gobierna gracias a tan oneroso apoyo no se dan nunca por aludidos ante las exigencias que en términos de amenaza reciben constantemente. Lejos de responder de forma explícita respecto a lo que están dispuestos a transigir y lo que consideran límites infranqueables en los pactos con el nacionalismo, emplean una doble táctica condenada al agotamiento porque ya les advierten que las concesiones en el plano formal no servirán de nada, sino que se les van a exigir hechos. Es importante recordar que la amnistía y los referéndums sobre la autodeterminación hasta el 23 de julio representaban límites infranqueables cuya no obtención por el nacionalismo hasta ese momento demostraba que el Gobierno no había cedido ni cedería en asuntos tan capitales. A día de hoy la amnistía es una de las barreras que ha caído (estrepitosamente) y las consultas plebiscitarias ya no se rechazan abiertamente, aunque su forma y contenido se mantengan de momento difusas, seguramente a la búsqueda de algún ménage semántico que, como en el caso de la amnistía, permita defender de alguna manera su constitucionalidad.
La doble táctica de la coalición de Gobierno a que se alude en el párrafo anterior responde por un lado al uso de palabras “muelle” como convivencia, pactos de progreso o tolerancia y por otro, responder a la chulería nacionalista no dándose nunca por aludidos y atacar acto seguido a la oposición. Una táctica y otra se complementan en la medida que, si la primera aspira a cierto grado la sutileza, la segunda es y quiere ser directamente tosca con el fin de crear dos bloques irreconciliables como método de no provocar fugas en la mayoría por falta de contundencia frente a la derecha. El empleo de términos que aparentemente llaman a la concordia constituye lo que se conoce como falacia de reificación, no son más que abstracciones a las que se quiere atribuir un contenido unívoco que naturalmente es el que define el Gobierno. De no aceptarse la convivencia en tales términos, es decir, reparar los ataques a los que se ha sometió al nacionalismo catalán, es porque no se quiere convivir y da igual que los secesionistas rechacen la concordia que se les ofrece, los culpables de todo siempre serán los otros. Por tanto, se asigna la responsabilidad de romper una coexistencia pacífica a quien sostiene que es contrario a la democracia cambiar apoyos parlamentarios por leyes de punto final y privilegios económicos, para lo que se ha hecho preciso también hacer desaparecer del neodiscurso progresista la palabra igualdad.
En cuanto al aspecto antropológico de la cuestión, éste presenta su faceta más interesante si se observa la expresión facial de los integrantes de la bancada gubernamental. Cuando se les critican sus copernicanos giros de opinión, es como si oyeran alguna extravagancia parecida a acusarles de haber atropellado una vaca en Marte.
¿Alguien puede pensar que ha llegado la paz?
José María Sánchez Romera
 

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