Onírico, deseo, realidad / Almuñécar vota al verano eterno / Javier Celorrio

Almuñécar vota al verano eterno

En Almuñécar las elecciones no se cuentan nunca del todo en votos. Se cuentan en terrazas llenas en enero, en urbanizaciones mirando al mar, en jubilados europeos paseando perros silenciosos por los paseos y en esa sensación de que la Costa Tropical vive desde hace años instalada en un verano político permanente: orden, estabilidad, propiedad, turismo y cierta desconfianza hacia cualquier discurso que huela a sobresalto.

Las autonómicas de 2026 no han hecho sino confirmar eso. El Partido Popular no solo gana, sino que convierte la victoria en una costumbre casi climática. Como el terral en Málaga o la humedad pegajosa de agosto, el triunfo conservador empieza a asumirse aquí como un elemento del paisaje. Ya no sorprende. Sucede.

Y mientras el PP se acomoda en una mayoría social amplia, Vox crece con ese voto áspero de la indignación tranquila. No es el voto bronco de las grandes ciudades ni el extremismo teatral de las redes sociales. Aquí adopta una forma distinta: propietarios cansados de impuestos, pequeños empresarios que hablan de inmigración entre cafés y hombres maduros que creen que Andalucía ha sido demasiado tiempo una promesa incumplida. Vox avanza porque logra conectar con una sensación de malestar cotidiano que no siempre aparece en los discursos oficiales, pero sí en las barras de los bares y en la conversación callejera.

El PSOE, entretanto, parece condenado a una melancolía administrativa. Sube algo, resiste algo, recupera algo, pero sin entusiasmo ni épica. El socialismo andaluz en la costa vive rodeado de nostalgia. La nostalgia de cuando gobernar Andalucía era tan natural como que amaneciera sobre el Mediterráneo.

La izquierda alternativa continúa fragmentándose en pequeñas patrias ideológicas, cada una defendiendo su pureza doctrinal mientras el electorado mira más el precio de la vivienda, el empleo estacional o el miedo a perder la tranquilidad que las grandes consignas de transformación social. En Almuñécar la revolución siempre llega con retraso, quizá porque el mar adormece las urgencias colectivas.

Y sin embargo hay algo profundamente literario en esta Costa Tropical que vota mayoritariamente a la derecha mientras conserva una estética de palmeras, paseos Ikea, chiringuitos y maletas rodantes sobre el adoquinado urbano. El turista ve un paraíso lento. El residente percibe otra cosa: el precio imposible de la vivienda, los hijos que no pueden emanciparse, los trabajos precarios de temporada y una economía demasiado dependiente de la hostelería, sin el ladrillo de antes.

Pero las urnas, como el verano, suelen premiar más la promesa de tranquilidad que la de cambio. Y ahora nos vamos al Rocío que para eso hemos votado.

Quizá por eso Almuñécar ha votado de nuevo continuidad. Porque en tiempos inciertos el electorado no busca profetas. Y porque esta costa, tan dada al hedonismo y a la contemplación del mar, sospecha siempre de quienes vienen a alterar demasiado el orden de las olas. Pero cuidado, que aunque la política aquí se parece mucho al Mediterráneo al atardecer aparentemente calmo, puede que debajo existan corrientes invisibles que algún día podrían cambiarlo todo aunque desde El Gatopardo no cambia nada.

 

También podría gustarte