Onírico, deseo, realidad / De lo cursi al kitsch / Javier Celorrio

 

 

En la sociedad del escaparate permanente, del selfi como certificado de existencia y de la emoción convertida en mercancía, quizá el verdadero viaje de nuestro tiempo no sea del progreso a la modernidad, sino de la cursilería al kitsch y del kitsch a la decadencia. El sociólogo y ensayista, Gilles Lipovetsky ha descrito con lucidez este tránsito: la hipermodernidad no elimina la estética, la multiplica hasta saturarlo todo. Ya no hay objetos bellos en un mundo utilitario; hay un mundo entero convertido en objeto de seducción. Y cuando todo quiere seducir, todo termina pareciéndose.

La cursilería de otros tiempos tenía una cierta inocencia, aún siendo el principio de todo kitsch que se precie, era el exceso sentimental de la pequeña burguesía, que imitaba a la aristocracia, el deseo de adornar la vida con flores artificiales, versos empalagosos y fotografías coloreadas a mano. Había impostura, sí, pero también una aspiración: parecer más refinados, más sensibles, más humanos. El cursi todavía creía en algo, aunque fuera en una versión azucarada de la belleza. Y la industrialización hizo el resto con su cadena seriada de productos.

El kitsch contemporáneo es distinto. Lipovetsky, en La estetización del mundo, explica que el capitalismo actual ya no vende solo productos: vende experiencias, emociones, estilos de vida. El mercado ha comprendido que la belleza superficial es más rentable que la profundidad. Por eso los cafés se diseñan para ser fotografiados, los viajes para ser compartidos y hasta las personas para ser consumidas visualmente. La frase “good vibes only” resume una época entera: una civilización que ha decretado que la tristeza, la duda y el silencio son fallos de diseño.

Guy Debord vio venir este proceso mucho antes que las redes sociales. En La sociedad del espectáculo escribió una de las frases más proféticas del siglo XX: «Todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación». No hablaba de Instagram, pero parecía estar describiéndolo. La experiencia ya no importa por sí misma, sino por su capacidad de convertirse en imagen. Comemos para fotografiar, viajamos para publicar, amamos para demostrar que somos amados.

La cursilería era todavía doméstica; el espectáculo es industrial. Debord entendió que el capitalismo avanzado no se conformaría con organizar la producción de mercancías: organizaría también la producción de apariencias. Y en ese régimen de apariencias, el kitsch deja de ser una anomalía estética para convertirse en la gramática oficial de la sociedad.

Basta mirar cualquier paseo turístico en pleno agosto. Luces de neón, música de fondo, cócteles fluorescentes, tiendas idénticas desde Granada hasta Dubái, rostros inclinados sobre el teléfono buscando el ángulo correcto. No es la fiesta popular de otros tiempos; es una escenografía global. El mundo entero empieza a parecerse a un decorado pensado para no incomodar a nadie y para no exigir nada de nadie.

Lipovetsky no es un apocalíptico. Reconoce que esta democratización de la estética ha traído más creatividad, más diseño, más acceso a formas de belleza antes reservadas a las élites. El problema aparece cuando la estética sustituye al sentido. Cuando la cultura deja de ser una búsqueda y se convierte en un accesorio. Cuando la sensibilidad se reduce a reacción inmediata.

Debord lo formuló con una dureza que hoy resulta incómoda: «El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes». Ahí está el núcleo de la decadencia contemporánea. No se trata de que existan demasiadas pantallas, sino de que nuestras relaciones, nuestros deseos y nuestra autoestima pasan cada vez más por ellas.

La decadencia comienza cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre ser y parecer. El prestigio ya no nace de la obra, sino de la visibilidad; la verdad compite en igualdad de condiciones con la ocurrencia; la cultura se mide por el número de reproducciones. Hemos creado una democracia de la exposición donde cualquiera puede hablar, pero casi nadie tiene tiempo para escuchar.

Y, sin embargo, la decadencia actual no tiene el dramatismo de Roma incendiándose ni el perfume oscuro de los decadentes del siglo XIX. Es una decadencia sonriente, higiénica, llena de emoticonos y mensajes motivacionales. Debord advirtió que el espectáculo se presenta como una realidad positiva e indiscutible: «Lo que aparece es bueno; lo que es bueno aparece». La apariencia no oculta la realidad: la reemplaza.

Por eso la crítica resulta tan difícil. Quien cuestiona el espectáculo parece un aguafiestas; quien reclama profundidad es acusado de elitista; quien pide silencio en medio del ruido parece un extraño. La sociedad hipermoderna tolera casi todo excepto la interrupción de su flujo de entretenimiento.

Hay algo particularmente melancólico en esta transformación. Nunca se habló tanto de autenticidad y nunca se imitó tanto; nunca se defendió tanto la singularidad y nunca se produjeron identidades tan estandarizadas; nunca estuvimos tan conectados y nunca costó tanto sostener una conversación larga sin consultar el teléfono.

La tecnología no es la única culpable. El problema es más hondo: hemos aceptado que el valor de una experiencia depende de su capacidad de ser mostrada. Y cuando la vida se vive para ser mostrada al escenario, termina vaciándose por dentro. Como esos decorados de cine que deslumbran desde la cámara y revelan su fragilidad cuando uno los observa por detrás.

Quizá el verdadero gesto de resistencia en nuestro tiempo sea sorprendentemente humilde: leer un libro sin interrupciones, contemplar un paisaje sin fotografiarlo, conversar sin pensar en la respuesta, crear algo que no dependa de los “me gusta”, conservar una zona de intimidad no colonizada por el espectáculo.

La cursilería, a su manera, quería embellecer la vida; el kitsch quiere hacerla consumible; la decadencia empieza cuando olvidamos que la belleza no es solo brillo, sino también verdad, memoria y profundidad. Entre Lipovetsky y Debord se dibuja así el retrato de nuestra época: una civilización estéticamente exuberante y espiritualmente fatigada, rodeada de imágenes y hambrienta de significado.

Y tal vez esa sea la pregunta que queda flotando cuando se apagan las pantallas: si todavía somos capaces de vivir algo directamente, o si hemos terminado convirtiendo incluso nuestra propia existencia en una representación más del gran espectáculo contemporáneo.

 

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