Onírico, deseo, realidad / El mundo de ayer se recoge en septiembre /Javier Celorrio

En septiembre, acaso por la decadencia que hay en todo final de verano, releo «El gatopardo» y «Bearn o La sala de las muñecas». El verano es una estación que termina siempre con una pequeña traición: nos hace creer que la vida es la terraza, el bullicio, la luz derramada sobre las fachadas, y después recoge los manteles y deja las sillas mirando a la nada. Septiembre es el mes en que el presente empieza a tener memoria.

Releo Bearn, acaso una novela mucho más excelente que El gatopardo, aunque sin la repercusión de la primera. Lampedusa tuvo la fortuna de convertir una intuición histórica en una frase que se volvió contraseña. Villalonga, en cambio, escribió una novela donde la decadencia no entra por la puerta principal de la Historia, con sus uniformes y sus banderas, sino por el pasillo de una casa, entre muebles que ya no saben para qué fueron hechos y conversaciones que parecen el último humo de una chimenea.

Don Toni de Bearn y el príncipe de Salina son dos hombres que asisten al derrumbe de su mundo con una elegancia que no es exactamente dignidad, sino una forma superior de desconcierto. Saben que el tiempo no negocia. El mundo cambia de manos, de modas, de discursos; ellos contemplan cómo cambia también de temperatura. En «El gatopardo», la historia se presenta como una mudanza de muebles. En Bearn, como una casa que empieza a quedarse sin habitaciones. En ambos casos, lo que desaparece no es solamente una clase social, sino una manera de estar en el tiempo.

Y entonces aparece Stefan Zweig, con «El mundo de ayer», un libro escrito desde el exilio como quien escribe desde una estación cuyo tren ya no existe. Zweig no recuerda únicamente una Viena culta, musical, conversadora, confiada en la estabilidad de Europa. Recuerda la ingenuidad de quienes creían que el mundo en el que habían nacido era también el mundo en el que morirían. La historia le enseñó que una civilización puede convertirse en ruina sin que sus habitantes hayan terminado de comprender que estaban viviendo su última tarde.

En los tres libros hay una misma herida: la continuidad interrumpida. No es la nostalgia del pasado —esa enfermedad de los que creen que antes todo era mejor—, sino algo más preciso y más incómodo: la conciencia de que una sociedad puede perder las condiciones que la hacían reconocible. Que puede seguir existiendo y, sin embargo, haber dejado de ser la misma.

Por eso me han interesado unas palabras del arqueólogo José Criado Boado: “Con el capitalismo aparece la idea de que para permanecer tienes que cambiar. Y entonces el propio frenesí del cambio pone en riesgo tu continuidad porque altera el medio sobre el que estás. Prima el cambio y la transformación y para poderte transformar tienes que introducir políticas de desmemoria. Si no te olvidas de lo de ayer no puedes estar mañana haciendo lo contrario. Nuestro sistema está haciendo políticas de desmemoria. Hay contados ejemplos donde una sociedad elige no reproducirse, elige desaparecer”.

Hay frases que parecen escritas con un bisturí. Esta lo está. Para permanecer tienes que cambiar: he ahí el nuevo mandamiento, la pequeña tabla de la ley del capitalismo contemporáneo. Pero el cambio, cuando se convierte en frenesí, acaba por serrar la rama sobre la que se sienta. La transformación altera el medio que la hacía posible. Y entonces el sistema, como un hombre que corre para no caerse, acelera precisamente porque está perdiendo el equilibrio.

El capitalismo ha convertido la novedad en una especie de virtud teologal. Lo nuevo llega con su aureola de salvación, mientras lo anterior es enviado al desguace de las cosas inútiles. Hay que actualizarse, reinventarse, adaptarse, transformarse. El verbo de moda es siempre un verbo de mudanza. Nadie parece preguntarse qué ocurre con la casa cuando se cambian continuamente las habitaciones.

Para que ese movimiento no encuentre resistencia, hace falta una política de desmemoria. No necesariamente quemar los archivos, sino dejar de abrirlos. No prohibir el pasado, sino volverlo incómodo, convertirlo en una pieza de museo que nadie quiere tocar porque todavía conserva polvo en los dedos. La desmemoria es el detergente de las contradicciones: lava las convicciones de ayer para que las decisiones de hoy parezcan inevitables.

Zweig sabía algo de eso. Su mundo no desapareció de una vez, como desaparecen las ciudades en los mapas de una guerra. Fue perdiendo sus certezas, sus costumbres, sus lugares de reunión, sus nombres. Primero se deshizo la confianza; después, la patria; finalmente, la posibilidad de regresar. El mundo de ayer es el inventario de una casa que ya no tiene propietario, pero cuyos objetos siguen hablando. Y quizá su grandeza consista en que no convierte esa pérdida en una postal sentimental: la convierte en una pregunta sobre la fragilidad de la civilización.

En Bearn, la casa es también una forma de memoria. Los muebles, los libros, los criados, las habitaciones, las viejas conversaciones: todo parece sostener una arquitectura que se desmorona sin estrépito. La decadencia no necesita dinamita. A veces basta con que los herederos dejen de reconocer el valor de aquello que reciben. Y en El gatopardo, la ironía es que la historia puede cambiar de uniforme sin cambiar de piel. Se proclama la revolución, pero el mundo encuentra la manera de seguir siendo dueño de sí mismo.

Quizá ahí esté la diferencia entre cambiar y desaparecer. Cambiar es modificar una forma para conservar una continuidad. Desaparecer es perder la continuidad y llamar a esa pérdida transformación. Una sociedad no se extingue solamente cuando deja de tener habitantes. También puede extinguirse cuando deja de reproducir sus vínculos, sus costumbres, sus lenguajes, sus formas de reconocerse. Cuando ya no quiere transmitir nada porque considera que transmitir es una manera de quedarse atrás.

La frase de Criado Boado sobre las sociedades que eligen no reproducirse, que eligen desaparecer, tiene algo de profecía y algo de acta notarial. No habla de una catástrofe que viene de fuera, sino de una renuncia que puede nacer dentro. De una sociedad que, fascinada por su propia transformación, termina por considerar prescindible aquello que la sostenía. Como si una casa decidiera que sus cimientos son demasiado antiguos y los sustituyera por una pantalla.

No se trata de idealizar el pasado. Este está lleno de injusticias, de miserias y de cosas que merecían desaparecer. Pero una cosa es corregir una herencia y otra quemar el testamento. Una cosa es cambiar el mundo y otra quedarse sin mundo que cambiar. La memoria no es una cadena: es el hilo que permite distinguir una transformación de una simple sucesión de ocurrencias.

Y entonces pienso que el gatopardismo de nuestro tiempo quizá no consista ya en cambiarlo todo para que nada cambie. Quizá consista en cambiar tanto que ya no quede nada que conservar. El príncipe de Salina comprendía que la historia podía mudar de traje. Don Toni sabía que una casa puede quedarse sin futuro. Zweig descubrió que una civilización entera podía convertirse en recuerdo. Nosotros, más modestos y más veloces, hemos hecho del cambio una obligación y de la memoria una molestia.

Vuelvo a Bearn, a El gatopardo, a El mundo de ayer. Los tres libros hablan de mundos que se extinguen, pero también de la mirada de quienes todavía pueden reconocer lo que se está perdiendo. Quizá esa sea la última elegancia: recordar sin arrodillarse ante el pasado, cambiar sin arrodillarse ante la novedad y comprender que no todo lo antiguo merece ser salvado, pero que una sociedad que olvida demasiado deprisa acaba por no saber qué está destruyendo.

El verano se marcha. Las terrazas se vacían. Las casas permanecen un poco más. Y uno contempla el mundo con la sospecha de que la historia no siempre avanza: a veces, simplemente, cambia de decorado.

 

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