Se llama abril y florece en Luxemburgo. Fue mi amiga Paca Rimbau quien hace unos meses, muchos, me regaló algunos ejemplares de la revista abril. Me sorprendió. Primero por la pulcritud y originalidad de la edición y, sobre todo, por la variedad de registros y de autores.
abril no es una revista recién aparecida, lleva treinta y cinco años publicándose, desde 1991. He ordenado sobre la mesa los ejemplares según el contenido de cada número. Unos, siguiendo la tradición, son poemas y relatos de distintos autores y autoras. Otros se atienen a un criterio geográfico, Luxemburgo, Valencia, Granada, Cuenca. Algunos se ocupan de un solo autor, Gamoneda, Torrente Ballester, o tratan de un solo asunto, “Poemas de amor,” o recogen textos escritos por mujeres, “Ellas escriben”.
“Desde su aparición, abril se ha consolidado como un espacio de intercambio, descubrimiento y creación” (Paca Rimbau). En sus páginas se han publicado autores de treinta y cinco países y diferentes lenguas. “Un multilingüismo que se concibe (…) no como una yuxtaposicion de monolingüismos, sino como una convivencia productiva”, escribe Nathalie Jacoby. Testimonio de esa convivencia son los setenta y dos números (edición semestral) publicados hasta ahora. Y testimonio también del generoso empeño de su Consejo de Redacción y de los suscriptores, traductores, ilustradores que la mantienen en alto con una ayuda del gobierno luxemburgués.
Por eso escribo con admiración, como ya dije, por ese altruista y desinteresado esfuerzo. Porque abril es más que una revista de información y recopilación de títulos o una nómina de hombres y mujeres que escriben. Hay, en la selección, un cuidado por lo peculiar, la morosidad por el detalle, lo inesperado. He vuelto a leer esta mañana, mientras preparaba estas notas, los poemas en sefardí del poeta argentino Juan Gelmán. Conmueve leer las razones que llevaron al poeta, de origen judío, pero no sefardí, a escribir estos poemas. “Buscaba, dice, en la sintaxis sefardí un candor perdido y en sus diminutivos una fórmula de otros tiempos que está viva y por eso, llena de consuelo”. Y ruega al lector “que lea los poemas en voz alta en un castellano y en el otro para escuchar, tal vez, entre los dos sonidos, algo del tiempo que tiembla y que nos da pasado desde el Cid.”
Dejo, como muestra, esta estrofa:
¿ondi sta tu curasón agora?
Un árvuli di spantu balia
no más tengu ojus cun fanbre
y un djaru sin agua
¿Dónde está tu corazón ahora?
Un árbol de espanto baila
no tengo más que ojos con hambre
y un jarro sin agua.
Estos hallazgos, estos descubrimientos, nos muestran el hacer tranquilo y sosegado de esta revista que requiere igual tranquilidad, igual sosiego, para el placer de su lectura.
Tomás Hernández






