Hay en la política española —y en casi toda política— una especie de picaflor institucional que no figura en los manuales de zoología, pero sí en los de protocolo. No es ave de paso, aunque vive como si lo fuera: siempre en tránsito, siempre suspendido en el aire de la oportunidad, siempre libando donde hay cámara, foco o presupuesto.
El colibrí, criatura delicada, bate las alas con una prisa que parece ansiedad metafísica. El político, su versión de corbata o de chaqueta entallada, también aletea sin descanso, pero no para sostenerse en el aire, sino para no caer en el olvido, que es una forma moderna de muerte civil. Ambos viven de flor en flor, aunque el primero busca néctar y el segundo titulares.
Hay algo fascinante en ese vuelo inmóvil del colibrí, ese quedarse quieto en el aire como si el tiempo le hiciera un favor. El político ha aprendido el truco: quedarse quieto en el discurso mientras todo cambia alrededor. Dice lo mismo, con leves variaciones de color —hoy verde, mañana azul, pasado rojo desvaído— y cree que así engaña al jardín entero.
El picaflor besa la flor y se va; el político la promete, la inaugura, la clausura y vuelve a prometerla. Donde el ave deja polen, el político deja palabras, que son un polen estéril, de legislatura en legislatura. Y, sin embargo, ambos tienen algo hipnótico: uno por su belleza mínima, otro por su capacidad de supervivencia.
No pesa el colibrí; no pesa el político. Esa es su ventaja. La gravedad —la de la realidad, la de los hechos— apenas los roza. Viven en una levitación continua, sostenidos por el aleteo de los asesores, por el viento artificial de los aplausos. Si se posaran demasiado tiempo, quizá se descubriría que no hay raíz, que todo es vuelo y figuración.
Pero cuidado: el colibrí, al menos, cumple su función secreta en el ecosistema. Poliniza, fecunda, sostiene la continuidad de lo vivo. El político-picaflor, en cambio, a veces parece limitarse a revolotear sobre un jardín ya exhausto, confundiendo el movimiento con la acción y el zumbido con la idea.
Y así seguimos, mirando ese pequeño prodigio natural sin entender del todo si admiramos su belleza o su impostura. Porque en España —país de metáforas inevitables— hasta los pájaros acaban teniendo biografía parlamentaria.







