Onírico, deseo, realidad / Los enterradores de la verdad / Javier Celorrio

 

La política española se ha convertido en una extraña romería con romeros que caminan sobre estiércol. Cuando uno cae en el barro, no intenta levantarse. Lo primero que hace es señalar al vecino y gritar que él también está embarrado. Entonces aparecen los portavoces, los asesores, los expertos en comunicación y los fabricantes de argumentarios para explicarnos que la suciedad, cuando es colectiva, deja de ser suciedad.

Vivimos la época del ventilador. Ese ingenio que convierte la porquería particular en clima general. Un ministro, un consejero, un alcalde o un dirigente cualquiera aparecen envueltos en alguna sombra y, de inmediato, la conversación deja de girar en torno al hecho. Lo importante pasa a ser encontrar una sombra más grande en el adversario. El país entero parece una lavandería donde nadie lava nada porque todos están demasiado ocupados enseñando las manchas de los demás.

Hesíodo, que observaba a los hombres cuando todavía no existían los gabinetes de prensa, escribió que el mejor es quien comprende por sí mismo las cosas; bueno, quien escucha a quien sabe; e inútil, quien ni entiende ni aprende. Si levantara la cabeza y contemplara una tertulia televisiva probablemente volvería a la tumba por voluntad propia. Porque el problema no es la corrupción, ni siquiera la mediocridad. El verdadero problema es la desaparición de la inteligencia como valor político. Hoy la apariencia ocupa el lugar del pensamiento. El político ya no necesita comprender. Necesita parecer que comprende. No necesita gobernar. Necesita aparecer gobernando. No necesita tener razón. Necesita controlar el encuadre de la fotografía.

La política se ha convertido en una rama menor de la publicidad. Los programas son folletos. Los discursos son eslóganes. Las convicciones son atrezo. Y los ciudadanos asistimos a esta representación como quien contempla una serie que lleva demasiadas temporadas sin saber ya cuál era el argumento original. Detrás de todo ello se alza la gran catedral burocrática de los partidos. Esa maquinaria silenciosa que fabrica dirigentes como una cadena de montaje fabrica tornillos. El aparato. Esa palabra tan española. El aparato que premia la obediencia y castiga el talento. El aparato que asciende al disciplinado y sospecha del brillante. El aparato que prefiere al fiel antes que al inteligente porque la inteligencia suele hacer preguntas incómodas.

Las organizaciones políticas han terminado pareciéndose a viejos ministerios del siglo XIX: pasillos interminables, jerarquías rígidas y funcionarios del poder que confunden el interés general con la conservación de su despacho. Allí se aprende pronto que pensar demasiado puede ser peligroso para la carrera. Por eso abundan los profesionales de la política y escasean los hombres de Estado. Los primeros saben perfectamente dónde colocarse en la foto. Los segundos suelen terminar fuera de ella.

Mientras tanto, España continúa girando sobre sí misma como una peonza cansada. Los problemas reales esperan turno en la sala de espera de la historia. La vivienda se encarece. Los jóvenes retrasan la vida. La productividad bosteza. La natalidad se desploma. Pero el gran debate nacional consiste en averiguar quién robó primero, quién mintió antes o quién tiene el expediente más voluminoso.

La tragedia no es moral. Es intelectual. Porque una democracia puede sobrevivir a muchos errores, pero difícilmente sobrevive a la sustitución del pensamiento por la propaganda. Cuando la apariencia se convierte en profesión y la burocracia en destino, los partidos dejan de ser instrumentos de la sociedad para convertirse en fines en sí mismos.

Y entonces ocurre algo terrible: la verdad deja de importar. Nadie la busca. Nadie la espera. Nadie la exige. Se convierte en una víctima más del combate.

Quizá por eso Hesíodo sigue pareciendo contemporáneo. Porque tres mil años después seguimos rodeados de hombres que no comprenden por sí mismos, que tampoco escuchan a quienes comprenden y que, sin embargo, aspiran a dirigir la vida de los demás. Son los enterradores de la verdad. Y trabajan a jornada completa. El ventilador sigue girando.

 

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