Onírico, deseo, realidad / Polibio en la plaza / Javier Celorrio

Hay autores que envejecen mal y autores que envejecen tan bien que resultan incómodos. Polibio pertenece a esta segunda categoría. Uno abre sus *Historias*, escritas hace más de dos mil años, y tiene la desagradable sensación de estar leyendo el periódico de mañana. El griego observó una cosa elemental: que los pueblos tienen memoria corta y las pasiones largas. Primero llega una minoría que gobierna para todos. Después gobierna para sí misma. Más tarde el pueblo se harta. Luego aparecen los salvadores. Y finalmente todos terminan preguntándose cómo han llegado hasta allí. Polibio no hablaba de izquierdas ni de derechas porque todavía no se habían inventado esos muebles ideológicos. Hablaba de seres humanos, que es una materia mucho más volátil. Sabía que el poder engorda el ego como la humedad engorda las paredes. Sabía que las oligarquías terminan creyéndose eternas y que las masas terminan creyéndose infalibles. Y sabía, sobre todo, que ambas cosas son mentira. La democracia nace siempre con el entusiasmo de una mañana de primavera. Los ciudadanos descubren la libertad, celebran la igualdad y brindan por el futuro. Todo parece posible. El problema es que las generaciones siguientes heredan esos logros como quien hereda una casa familiar: dejan de ver el esfuerzo que costó levantarla. Entonces la libertad ya no es una conquista. Es un mueble más. Y cuando la libertad se convierte en mobiliario comienza el deterioro. Aparecen los profesionales del aplauso, los mercaderes de promesas, los fabricantes de indignación. Gente que no ofrece soluciones sino emociones. Vendedores de fuegos artificiales políticos. Especialistas en transformar el resentimiento en programa de gobierno. Polibio los conocía perfectamente aunque no hubiera televisión, ni redes sociales, ni tertulias. La tecnología cambia; la naturaleza humana suele mantenerse fiel a sí misma. La multitud, fascinada por quienes le prometen todo, acaba exigiendo cada vez más. Los dirigentes, necesitados de aprobación, prometen todavía más. Es una subasta sin límite. Nadie pregunta quién paga la factura porque la música sigue sonando y la fiesta parece eterna. Hasta que deja de serlo. Entonces aparece otro personaje antiguo como el mundo: el hombre fuerte. El que ofrece orden frente al caos. Seguridad frente al ruido. Autoridad frente al desgobierno. La multitud, cansada de la confusión que ella misma ayudó a crear, lo recibe como a un salvador. Y el ciclo vuelve a empezar. Por eso resulta tan inquietante leer a Polibio. Porque no describe una época. Describe una tentación permanente. La tentación de creer que la historia ya no va con nosotros. Que los errores de los antiguos pertenecen a los antiguos. Que somos demasiado modernos para caer en los viejos agujeros. Pero los agujeros siguen ahí. Quizá la verdadera lección del historiador griego no sea política sino humana. Los pueblos no suelen perder la libertad de golpe. La van dejando olvidada en pequeños descuidos, en renuncias aparentemente inocentes, en entusiasmos excesivos y en miedos oportunamente administrados. Dos mil años después, Polibio sigue sentado en una esquina de la plaza observando a la multitud. No habla mucho. No le hace falta. Sabe que, tarde o temprano, volveremos a darle la razón.

El siguiente pasaje pertenece al Libro VI de las Historias de Polibio, dentro de su explicación de la anaciclosis, el ciclo de transformación de los regímenes políticos. El fragmento dice:

«Porque si alguien se apercibe de la envidia y del odio que la masa profesa a los oligarcas y se atreve a decir o a hacer algo contra los gobernantes, encuentra al pueblo siempre dispuesto a colaborar. Inmediatamente, tras matar a unos oligarcas y desterrar a otros, no se atreven a nombrar un rey, porque temen todavía la injusticia de los pretéritos; no quieren tampoco confiar los asuntos del Estado a una minoría selecta, pues es reciente la ignorancia de la anterior. Entonces se entregan a la única confianza que conservan intacta, la radicada en ellos mismos: convierten la oligarquía en democracia y es el pueblo quien atiende cuidadosamente los asuntos del Estado. Mientras viven algunos de los que han conocido los excesos oligárquicos, el orden de cosas actual resulta satisfactorio y se tienen en el máximo aprecio la igualdad y la libertad de expresión. Pero cuando aparecen los jóvenes y la democracia es transmitida a una tercera generación, ésta, habituada ya al vivir democrático, no da ninguna importancia a la igualdad y a la libertad de expresión. Hay algunos que pretenden recibir más honores que otros; caen en esto principalmente los que son más ricos. Al punto que experimentan la ambición de poder, sin lograr satisfacerla por sí mismos ni por sus dotes personales, dilapidan su patrimonio, empleando todos los medios posibles para corromper y engañar al pueblo. En consecuencia, cuando han convertido al vulgo, poseído de una sed insensata de gloria, en parásito y venal, se disuelve la democracia y aquello se convierte en el gobierno de la fuerza y de la violencia; porque las gentes, acostumbradas a devorar los bienes ajenos y a hacer que su subsistencia dependa del vecino, cuando dan con un cabecilla arrogante y emprendedor, al que, con todo, su pobreza excluye de los honores públicos, desembocan en la violencia. La masa se agrupa en torno de aquel hombre y promueve degollinas y huidas. Redistribuye las tierras y, en su ferocidad, vuelve a caer en un régimen monárquico y tiránico.»

 

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