Onírico, deseo, realidad / La máquina de fabricar cosas que duran cada vez menos / Javier Celorrio

 

Hay una sospecha instalada en la vida cotidiana que se repite delante de una lavadora que deja de funcionar a los seis años, de un teléfono que empieza a dar problemas cuando todavía parece nuevo o de una impresora que se convierte, de pronto, en un objeto casi imposible de reparar: ¿están fabricando las cosas para que duren menos?

La respuesta probablemente sea menos novelesca que una conspiración universal, pero quizá más inquietante. No hace falta imaginar a un ejército de ingenieros reunidos en una habitación secreta calculando el día exacto en que debe morir una tostadora. Basta con un sistema económico que premie vender otra tostadora antes que fabricar una que dure treinta años.

La llamada obsolescencia programada se ha convertido así en uno de los grandes fantasmas del capitalismo de consumo. La idea es sencilla: diseñar productos con una vida útil deliberadamente limitada para provocar su sustitución y mantener el ritmo de las ventas. Y aunque algunas de las historias que circulan sobre productos concebidos expresamente para romperse en una fecha determinada han sido exageradas o simplificadas, la lógica de fondo sí aparece en numerosas formas de obsolescencia.

Puede ser técnica, cuando reparar un aparato resulta más caro que comprar otro. Puede ser estética, cuando un teléfono, un automóvil o una prenda perfectamente funcional empieza a parecer viejo porque el mercado ha decidido que pertenece a otra temporada. Puede ser tecnológica, cuando las actualizaciones dejan de llegar o un dispositivo pierde compatibilidad. Y puede ser comercial: esa forma mucho más sofisticada de decirnos que lo que tenemos ya no sirve porque existe algo nuevo.

Pero aquí conviene introducir una idea de Gilles Lipovetsky que hace el asunto todavía más interesante. El filósofo francés ha descrito la sociedad contemporánea como una sociedad de consumo dominada por la seducción, la renovación permanente y la búsqueda de novedades. El consumidor ya no compra únicamente para satisfacer una necesidad práctica: compra también experiencias, emociones, identidad y la sensación de estar al día.

Ahí es donde la obsolescencia deja de ser exclusivamente industrial para convertirse en psicológica. No basta con fabricar objetos que puedan ser sustituidos. Hay que conseguir que deseemos sustituirlos.

Lipovetsky ha explicado cómo la moda ha desbordado el territorio de la ropa para convertirse en una lógica general de la sociedad. Todo está sometido a la aceleración de la novedad: los teléfonos, los automóviles, la decoración, los restaurantes, los viajes, los lugares de ocio e incluso determinadas formas de comportamiento. La mercancía tiene que llegar con fecha de caducidad simbólica. Una camisa puede seguir impecable y, sin embargo, haber envejecido socialmente. Un teléfono puede funcionar perfectamente y, sin embargo, parecernos antiguo. Un automóvil puede cumplir todavía su función y empezar a transmitirnos la incómoda sensación de que pertenece al pasado. La obsolescencia, entonces, ya no necesita romper el objeto: basta con conseguir que nos avergüence seguir utilizándolo.

Esta es quizá una de las grandes sofisticaciones del hiperconsumo que analiza Lipovetsky. La sociedad de consumo contemporánea no funciona únicamente mediante la necesidad, sino mediante el deseo. Y el deseo tiene una característica extraordinaria: nunca termina de satisfacerse. El objeto nuevo produce una pequeña euforia. Después llega la familiaridad. Y tras la familiaridad aparece otra novedad que vuelve a despertar el deseo: una rueda que gira y nosotros corremos detrás. De ahí que la obsolescencia más eficaz pueda ser aquella que no necesita incorporar ninguna pieza defectuosa. El producto puede funcionar perfectamente y, sin embargo, haber quedado obsoleto en nuestra imaginación.

Una sociedad así produce una contradicción formidable. Por un lado, la tecnología permite fabricar objetos cada vez más sofisticados, eficientes y potencialmente duraderos. Por otro, la economía de la renovación permanente necesita que esos mismos objetos sean sustituidos con rapidez. Una nevera que funciona veinte años es una magnífica noticia para quien la compró. Para un mercado que necesita vender continuamente nuevas neveras, no necesariamente lo es. El consumidor satisfecho durante demasiado tiempo puede convertirse, paradójicamente, en un mal consumidor.

Y aquí aparece una cuestión que también conecta con la crítica de Lipovetsky: el consumo ha dejado de ser únicamente una cuestión de necesidad para convertirse en una forma de relación con uno mismo. Compramos para sentirnos actualizados. Para recompensarnos. Para diferenciarnos. Para parecernos a los demás. Para dejar de parecernos a los demás. Para estrenar. Para cambiar de escenario. Para experimentar. La mercancía ya no vende solamente materia y sí estados de ánimo. Por eso hemos terminado confundiendo innovación con sustitución. No siempre cambiamos de teléfono porque el anterior haya dejado de funcionar. A menudo lo cambiamos porque el nuevo tiene una cámara ligeramente mejor, una pantalla distinta o una función que hace unos meses ni siquiera necesitábamos. El automóvil se sustituye antes de que el motor haya agotado su vida útil. La ropa se descarta aunque todavía pueda utilizarse. Los electrodomésticos se reemplazan porque la reparación resulta económicamente absurda.

El capitalismo de consumo ha conseguido una operación casi perfecta: transformar la suficiencia en insatisfacción. Y quizá ahí se encuentre la verdadera dimensión de la obsolescencia: no necesariamente en una conspiración para destruir físicamente los objetos, sino en una estructura económica y cultural que acelera su sustitución.

Un producto puede no haber sido diseñado para romperse y, sin embargo, haber sido diseñado para no ser reparado. Es una diferencia importante. Porque la obsolescencia más sofisticada ya no necesita necesariamente un reloj interno que active la autodestrucción. Puede consistir simplemente en fabricar un aparato cuyas piezas estén pegadas en lugar de atornilladas, dificultar el acceso a la batería, no ofrecer determinados repuestos o hacer que la reparación cueste casi lo mismo que comprar el modelo siguiente. Entonces aparece el consumidor ante dos posibilidades: pagar una reparación de 180 euros o comprar un aparato nuevo por 250.

Y mientras tanto, los residuos crecen, los recursos naturales se consumen y toneladas de objetos perfectamente aprovechables terminan convertidos en basura. La paradoja resulta casi literaria: hemos construido una sociedad tecnológicamente capaz de fabricar cosas extraordinariamente sofisticadas y, al mismo tiempo, culturalmente incapaz de soportar demasiado tiempo la misma cosa.

Lipovetsky habla de una sociedad marcada por la aceleración de los ritmos y por la creciente importancia de lo efímero. En ese mundo, la novedad se convierte en una especie de religión laica. Lo nuevo no tiene necesariamente que ser mucho mejor; basta con que sea nuevo. Y quizá por eso la obsolescencia programada tenga una hermana mucho más poderosa: la obsolescencia deseada. La primera estaría en el objeto. La segunda, en nosotros.

No hace falta que alguien haya calculado exactamente cuándo debe morir nuestro teléfono si nosotros mismos hemos decidido que, después de tres años, queremos otro. Esta distinción permite mirar el problema con mayor profundidad. Culpar exclusivamente al fabricante resulta demasiado sencillo. Pero culpar exclusivamente al consumidor también. Entre ambos existe todo un ecosistema formado por publicidad, crédito, moda, innovación tecnológica, redes sociales, competencia empresarial y una cultura que ha convertido el cambio permanente en sinónimo de progreso.

El resultado es una economía que necesita que las cosas circulen cada vez más deprisa. Y una sociedad que necesita aprender a desearlas cada vez con más premura, pero por la presión dictada por la publicidad y sus políticas de marketing. Quizá por eso la verdadera pregunta no sea solamente cuánto dura un producto, sino cuánto tiempo somos capaces de seguir deseándolo después de comprar puesto que el modelo ya es otro y mejorado y el snobismo del comprador dependiente de la tiranía social des status. Y por eso la lavadora no siempre muere porque alguien haya programado su muerte.A veces somos nosotros quienes hemos aprendido a enterrarla antes de tiempo.

Y ese quizá sea el triunfo definitivo de la sociedad de consumo: haber conseguido que confundamos lo nuevo con lo necesario, lo reciente con lo mejor y lo que todavía funciona con aquello que ya no queremos.

 

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