Polarización, palabra de 2023 / José María Sánchez Romera

La Fundación del Español Urgente (FundéuRAE), promovida por la Real Academia Española y la Agencia EFE ha decidido recientemente que “polarización” es la palabra de 2.023. Como método de estudio para decantarse por el término han acudido, citamos la web de FundéuRAE, “a su gran presencia en los medios de comunicación y a la evolución de significado que ha experimentado. En los últimos años se ha extendido el uso de esta voz, que está recogida desde 1884 en el diccionario académico, para aludir a situaciones en las que hay dos opiniones o actividades muy definidas y distanciadas (en referencia a los polos), en ocasiones con las ideas implícitas de crispación y confrontación”. A esa forma de configurar tal ranking cabe hacerle dos objeciones: una, que su extensión en los medios (sin precisar cuáles ni su orientación) no implica necesariamente que sea socialmente trasladable; y segunda, que el sesgo que cada medio dé al vocablo no tiene que ser coincidente y que lo realmente polarizado sea el propio uso de la palabra para atribuirla a un grupo concreto que será quien la provoque. El resto de palabras tomadas en consideración fueron amnistía, ecosilencio, euríbor, FANI, fediverso, fentanilo, guerra, humanitario, macroincendio, seísmo y ultrafalso, alguna de las cuales muchos no habrán oído ni leído en su vida y causa bastante sorpresa que hayan podido siquiera plantearse como las más usadas en los medios de comunicación, tal sería, por ejemplo, el caso de “ultrafalso”. Extrañamente, la palabra mentira no ha sido considerada y no será porque en la terminología política, en la mediático como forzoso reflejo de la política y en el lenguaje coloquial no haya sido utilizada hasta la náusea (debiendo precisar que la náusea es provocada por el mentiroso contumaz). Pero, ¿de quién depende EFE? Pues ya está.
Una simple búsqueda en Google nos dice que la palabra polarización cuenta con 15.600.000 resultados y mentira 291.000.000 de resultados. Una diferencia sideral cuya explicación podría aventurarse en los estragos de la posmodernidad hasta el punto de considerar la relevancia de lo numérico el vestigio de un conocimiento científico decadente. O, lo que sería una explicación sin duda muy rebuscada, que no quisieran señalar a nadie, aunque esto es muy improbable porque cambiar de opinión no es lo mismo que mentir y sería erróneo pensar que pudiera provocarse esa asociación de ideas. Sea como fuere, lo cierto es que esta recreación de un Gran Hermano semiótico conduce sin querer al asunto que consideramos que pudiera tratar de eludir, precisamente el de la mentira, con la que guardaría con la polarización una relación de causa-efecto.
Antes, y para no hacernos trampas a nosotros mismos, no debemos incurrir en la deliberada elipsis que realiza la FundéuRAE-EFE. Al hablar de polarización en España nos estamos refiriendo a la que afecta a la vida política. Es dudoso que las referencias de los medios a la polarización aludan a comunidades de vecinos, colas en supermercados o las disputas por reservar mesa en un restaurante. Descartados tales supuestos, habría que preguntarse por qué los medios recurren tan insistentemente al término para referirse a las divergencias entre partidos y si es adecuado su uso recurrente. En una democracia parlamentaria la dialéctica Gobierno-Oposición se basa en la discrepancia y eso de por sí no tendría que desbordar los límites propios de ideas contrarias observadas con la naturalidad de un sistema que tiene como uno de sus soportes vitales la libertad de expresión. En tal sentido la polaridad está implícita en el sistema, más allá de los modos, expresiones o utilización que de las instituciones democráticas haga cada uno para dar a conocer sus proposiciones a la sociedad. El que todo eso se llame “polarización” puede ser una forma de profecía autocumplida en el sentido de que se llama polarización a lo que se quiere que lo sea, obedeciendo a estrategias de comunicación que despierten el interés de la gente obligados por el modelo de negocio actual basado en la digitalización. Otra palabra de utilización muy extendida para referirse a los debates en las Cortes es la de “bronca”, demostrando un oceánico desconocimiento de la dinámica parlamentaria mantenida a lo largo de la historia (una secuela inevitable de enseñarla tan mal –la historia- hoy día).
Pero lo más erróneo es hablar de la polarización como si fuera un objeto, algo que está por sí mismo entre otras de las muchas cosas de la vida. No es así, la polarización es el efecto de una causa, nadie, ni nada, se polariza sólo y por sí mismo, surge frente a algo o alguien que actúa de manera que induce un comportamiento opuesto. Puede ser por algo que se considera injusto, ilegal, arbitrario o también por la utilización de una mentira que quiere imponerse a toda costa frente a la verdad. Y el año que terminamos no ha sido el de la polarización, sino el de la mentira, que no es nada complicado de definir: consiste en hacer lo contrario de lo que se ha dicho con el propósito de engañar. No existía controversia alguna sobre ello hasta que se tuvo que hacer de la necesidad virtud, de la ley un mercado persa y de los principios una cuestión inspirada por los Hermanos Marx. Por eso se polariza la política y una buena parte de la opinión pública, porque las verdades básicas que eran compartidas empiezan borrarse por puro afán de poder sin reparar en las consecuencias.
Por cierto, tampoco formó parte del elenco la palabra “fruta” en su más novedosa acepción. Un gusto gastronómico que tampoco ha surgido espontáneamente sino como resultado de atribuir falsamente actividades corruptas a quien ha sido exonerado por la justicia. Acción-reacción, Tercera Ley de Newton.
José María Sánchez Romera
 

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