Praxis para una alternancia / José María Sánchez Romera

El socialismo hace ya mucho tiempo que dejó atrás la edad de la inocencia, suponiendo que alguna vez lo fuera. Y desde luego nunca más a partir de que Lenin entendiera que la teoría es la praxis (el conocimiento objetivo, al modo de la ciencia, orienta la acción) y que ésta debe servir a los fines del movimiento revolucionario. Alcanzar el poder es lo único que puede dar sentido al socialismo, no en vano Lenin perpetró dos golpes de estado en pocos meses, primero para tomar el gobierno y después para eliminar toda oposición cerrando la Duma a punta de bayoneta. La transformación a la que aspiraba el socialismo según Lenin sólo podía llevarse a cabo bajo la dirección de una vanguardia política que impidiera toda veleidad desviacionista que en última instancia consolidaba el statu quo capitalista utilizando como moneda de cambio mejoras materiales para los trabajadores. Derivación necesaria es que mediante el ejercicio del poder se pueden imponer distintas y aun contradictorias jerarquías mientras que sirvan a las necesidades del gobierno socialista. En el caso de España “diálogo social” significa actualmente que dos previamente de acuerdo deciden las obligaciones que mandarán cumplir a un tercero sin que nada de lo diga éste importe lo más mínimo. También el rigor de los principios se puede dosificar con el único límite de no abandonar el poder, esto con el tiempo se ha bifurcado: hay formas dictatoriales de evitar perderlo y otra más sutil, que, admitiendo la alternancia, trata a la vez que la esencia del sistema se identifique con el propio socialismo. De esa forma lo que contradiga su práctica política convierte al contradictor en enemigo del sistema democrático. No tenemos que proyectar nuestra mirada hacia el exterior para entender a lo que hacemos referencia y reconocer la probada efectividad del método, inversamente proporcional al éxito en los resultados. Una deslumbrante falacia.

El esquematismo descrito en el párrafo anterior se introdujo desde el inicio en la Transición política en España haciendo que el pensamiento liberal-conservador, frente a esa pétrea voluntad de poder, haya afrontado la dialéctica política con un sentido de inferioridad que ejerce una función de lastre en sus decisiones tácticas y estratégicas. Es el gran cinturón de hierro que sigue aún pendiente de romper y cuya superación debería comenzar por alejarse de todo acomplejamiento ante esa idea inane de lo “social”, que siempre significará lo que interese a la izquierda, en la esperanza de que su impregnación programática pueda terminar por convencer al no convencido. Cualquier gobierno de centro-derecha se sentiría hoy día acorralado por las noticias que se van conociendo y sin embargo hay un cierto síndrome de Sísifo que mina la fe para superar ese anacrónico “largocaballerismo” que la izquierda elige para defenderse en los malos momentos, porque supone, y la Oposición de algún modo confirma, que existe un electorado ideológicamente cerril que no va a cambiar su voto por la polarización como incentivo, pase lo que pase. Esto es un error y un mal análisis de la capacidad general de la sociedad para percatarse de las cosas que son evidentes. Comparte la misma falta de perspicacia que cuando se atribuía al electorado andaluz una ciega vinculación al socialismo que luego se ha demostrado falsa. Sin duda pueden existir nichos de voto poco dados a cambiar sus preferencias, pero hay un amplio espacio intermedio de gente que no comulga con ruedas de molino. Es básico ante todo huir del derrotismo que significa pensar que ciertas concesiones o renuncias pueden ampliar sin más el número de votantes. La credibilidad no se gana cuando se transmiten dudas respecto de la eficacia integral de lo que se postula.

Con esa confianza hay que abordar la crisis actual y no caer en el discurso del “fango” al que sus inventores acuden estratégicamente para esquivar el cepo con que la realidad y sus incoherencias les atrapan. La pólvora gruesa debe tener su espacio sin olvidar la formulación de propuestas que contengan una alternativa para la sociedad. En el recurso gubernamental al “y tú también” con el que se tratan de sortear las explicaciones hay una admisión casi explícita de los hechos que se denuncian, algo que no escapa a casi nadie, por lo que si se lleva todo a ese choque constante la insistencia se vuelve estéril. El caso del bulo de la bomba-lapa y el arriscamiento del Gobierno en no admitirlo lo delata, pero ni ese ni otros asuntos parecidos son decisivos para orientar el sentido mayoritario de los apoyos si no hay propuestas de cambio que se perciban como beneficiosas y útiles. Por eso hay que dejar a los hechos que trabajen por sí mismos mientras se va dibujando un futuro en positivo que a la vez se perciba realista. No faltan asuntos sobre los que meditar y proponer mejoras que están en la mente y son prioridad de una inmensa mayoría.

N.B.: Uno de los acontecimientos en curso que va a necesitar la preparación de una estrategia muy meditada será la que tiene que ver con la Ley de Amnistía que el Tribunal Constitucional tiene ya preparado avalar, un auténtico “regalo” para una futura mayoría parlamentaria distinta. El argumento central de la ponencia que se ha filtrado es que aquello que no está expresamente prohibido al legislador le está permitido en base a su representatividad democrática, el equivalente a decir que la verdad es lo que la mayoría decide, un sofisma lógico y jurídico de la peor ralea positivista que implica validar la tan denostada “ley de la selva” aplicada por una mayoría de votos. Además, la fingida ignorancia que hace el proyecto de sentencia sobre los verdaderos motivos de esa ley resulta un completo fraude moral. En descargo de la mayoría del Tribunal (seguidor también en sus votaciones de la ley de la selva) debe reconocerse que no engañaron a nadie: su objetivo no era interpretar el sentido de las leyes sino su “deconstrucción” sistemática para una mutación indolora del régimen legal sin necesidad orillando las mayorías constitucionalmente requeridas. Aunque esa sinceridad no será consuelo para las tempestades que se pueden desatar.

José María Sánchez Romera

 

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