Puigdemont o la virtud de la necesidad / José María Sánchez Romera

Cuando el 23 de julio de 2.023 se terminó el conteo de votos la voluntad popular quiso que cualquier gobierno que quisiera formarse pasara por los siete votos de Junts, el Partido del Sr. Puigdemont, ya que el PNV estaba descontado que seguiría apoyando al PSOE para conservar el Gobierno de la Comunidad Autónoma Vasca y el resto de partidos, excepto VOX y algún diputado más, sumarían sus votos a los socialistas. Si este escenario era algo ya acordado entre socialistas y neoconvergentes para permitir a Pedro Sánchez seguir en el poder aún está por saberse, en todo caso la euforia socialista pese a perder las elecciones frente al PP (123 escaños versus 137), sintetizada en ese “somos más” proclamado la noche de aquel 23 de julio, permite pensar con fundamento en alguna clase de acuerdo previo con Junts para impedir un gobierno de centro-derecha aun a costa, como se día a día, de gobernar sin programa. De esa aporía consistente en un conjunto de conjuntos que siendo algunos de derechas se niegan a votar a la derecha para pactar con toda la izquierda, salió el actual Gobierno y de ahí que salvada, pero no resuelta, tal contradicción del logos, al haber obtenido la investidura, el Presidente Sánchez haya afirmado sin ningún problema que había ganado las elecciones frente a la evidencia de los números, una paradoja en verdad menor comparada con la primera.

Naturalmente en política semejantes círculos no pueden cerrarse de forma tan abrupta y necesitan de toda esa sofistería que en la comunicación moderna proporciona el imprescindible apoyo de una imagen “poderosa”, donde lo que se diga o haga, por más incongruente que sea, pase desapercibido si se expresa apoyado en el marco visual adecuado. Así, todo da inicio con un viaje de la Vicepresidenta Díaz a Bruselas para fotografiarse con el Sr. Puigdemont a fin de anunciar, con amabilidad derretida, una suerte de diálogo “habermasiano” consistente en “hablar de todo”, pero no con todos, sostenido en la nada, sin ataduras constitucionales, descalzos por el parque como Fonda y Redford, en una conversación perpetua que el filósofo alemán neomarxista (Jürgen Habermas) denominó “democracia deliberativa” tratando de descontaminar la ya deteriorada “democracia popular”. Por supuesto, aquellas conversaciones belgas no iban a ser perpetuas ni se deliberó, se trataba de conocer lo que exigiría el “President en el exilio” a cambio de retener el Gobierno nacional. La parte socialista del Gobierno se declaró ajeno a ese encuentro, una negativa de manual tan poco creíble como que el interés de formar un nuevo Gobierno con SUMAR era un objetivo común.

La contrapartida de la investidura pronto se supo cuando la palabra amnistía entró en el lenguaje diario de políticos y periodistas para ir moviendo la ventana de Overton hasta conseguir que la hasta entonces inaceptable exoneración de los delitos cometidos por los independentistas catalanes sublevados, se trocara en el conjuro que acabaría con los desencuentros históricos entre España y Cataluña, aun a costa de sortear el hecho de que siendo una misma cosa la primera y la segunda, España y Cataluña, una no puede chocar con la otra, al igual que algo no puede impactar contra sí mismo, aceptando así el pensamiento mágico de esa terra separada con la que fantasean los secesionistas. De donde se sigue que los muros mentales son más sólidos que los físicos. El proceso revisionista culmina en el Comité Federal donde Pedro Sánchez reconoce abiertamente lo que todos ya sabían: que la investidura pasaba por la amnistía y el argumento fuerte era que había que hacer de la necesidad virtud sin el menor coste moral por ello por más que los principios declarados innegociables hubieran sido negociados. Poca virtud podía salir de aquella necesidad y visto el curso de los acontecimientos no puede descartarse que todo termine como la tragedia de Shakespeare con aquel tardío y desesperado “mi reino por un caballo” a cambio de la mera salvación personal.

Como el independentismo ya no necesita mentir una vez que mostró sus cartas en 2.017 tras muchos años de simular que su política estaba guiada por el pragmatismo, JUNTS dejó claro, por si había dudas, que la amnistía quedaba saldada como pago único por la investidura, de lo que viniera después se hacía borrón y cuenta nueva. Desde entonces y como estaba anunciado, las exigencias, de forma y de fondo, no han parado de sucederse y eso ha convertido al Gobierno de España en un contorsionista descoyuntado y sin norte que ha terminado por perder el “sentido de Estado” y hasta la sindéresis.

Para continuar con esa carrera sin otra meta conocida que sostener la legislatura el Sr. Illa se ha desplazado a Bruselas como Presidente de la Generalidad, haciendo y diciendo todo lo contrario que tiempo atrás, al objeto de entrevistarse con el Sr. Puigdemont dando carácter institucional a un acto que no puede serlo en función de su interlocutor. Usando unas dependencias públicas, con un par de plantas sustituyendo a las banderas, se ha dado rango oficial a una reunión con alguien cuya seña de identidad más relevante y conocida es la de ser un prófugo de la justicia. Bajo las sedicentes expresiones de “normalización” y “normalidad” se esconde la orden imperativa del huido para ser cumplimentado con honores de autoridad en ejercicio. Unas ideas de normalidad y respeto institucional que el Sr. Illa parece reservar para la exportación ya que antes del viaje concedió una entrevista a los medios catalanes Radio Catalunya y TV3 para decir que la Comunidad de Madrid lo que tenía que hacer era callarse y no interponer recursos contra la financiación singular de Cataluña, ya que todo el mundo sabe que la ingente deuda generada por la Comunidad catalana, que va a ser asumida en parte por el resto de los españoles, se la han gastado los madrileños y es lo justo que se callen. Se conocía que el Presidente catalán no es el cordero que finge ser porque las palabras siempre han ido en sentido contrario a su trabajada imagen, ahora descubre además una intransigencia con ribetes woke.

Resultaba imposible imaginar hace año y medio año que la virtud consiste en estar siempre necesitado.

José María Sánchez Romera

 

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