A pie de foto / ¡Qué covid!… el problema es el nombre de las calles

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Tras la fiebre de ponerle calles a nuestros royals deviene la de quitarlas. La Monarquía, esa forma de estado que nos llegó de manera espuria jurando los Principios Fundamentales del Movimiento, se deshizo pronto del juramento para convertirse en una monarquía parlamentaria que hizo posible la democracia. Sin ese deslizamiento a lo cobra, estulticia y mucha diplomacia lo que parecía ser una monarquía que sucedía a una dictadura pasó a ser una constituyente y restaurada, tras la renuncia de don Juan III en su hijo Juan Carlos I, que entonces sí se convirtió en rey de estirpe de toda la vida y no en el sucesor de un militarón golpista con señora con ínfulas de provincias.

Entonces todos los salones de los pasos perdidos fueron pasos reencontrados de súbditos alza colas que morían por una palabra de SS.MM, por una campechanía de sinfonía borbónica sobre aquellas muelles alfombras de cuando a una reina el pueblo la llamaba Isabelona y al consorte Paquita la Pastelera, que ya es ser pueblo homofóbico tanto como antimonárquico.

Ahora, los alzacolas, a los salones le quieren quitar la broza borbónica de los ricos tapizados y cambiarlos por ese slogan de felpudo que reza Republica Independiente de mi casa. Digo qué alguna orla le pondrán en los extremos para no dejar una República demasiado minimalista. Que ya se sabe que ese «menos es más» siempre sale del magín de un diseñador carisísimo.

La otra tarde, en una tertulia radiofónica, que es lo que se oye en los pueblos mayormente por un quedar de vanguardia vintage y rebotica de los tiempos de Pla, los comunicadores de la tarde se ocupaban del coste entre una monarquía o una república. No obstante, el matiz que más me sorprendió de todo aquel cúmulo de números, donde se hablo de probables amantes del exjefe del Estado, (evidentemente larga mención al affaire Corinna) servidor recordaba a Miterrand y su petit meuble de palacio, y de otros gastos de obligada representación; pues el matiz que ya digo más me sorprendió fue aquel que sugería que al menos a un jefe de Estado se le podía elegir cada cierto tiempo al no ser de caracter vitalicio. ¡Cambiaban las caras! exclamó un comentarista en cuestión que nunca ha puesto en duda dictaduras altamente longevas como por ejemplo la de Fidel que cada cierto tiempo se elegía el mismo. O sea, el problema era que una cara vista mucho tiempo aburre. ¡A qué nivel el razonamiento!

Luego pasaron al supuesto corretaje del Emérito por las inversiones realizadas por empresas españolas en los Emiratos y que fue un desembolso para el país de miles de millones de euros y cuyo supuesta comisión nunca salió de las arcas del Estado, esto último no lo solapan y siguen erre que erre con la confusión. Esa corrupción extrema, en un país en el que parece nadie ha metido la mano en el saco, era infamante desde cualquier perspectiva. Nada que decir de dónde se financian los partidos, de qué cajas salió el dinero de tantas y tantas tramas corruptas cobijadas por los partidos ni, por supuesto, cuanto menudeo no se ha perdido bajo el epígrafe de la prescripción del delito de hurto y prevaricación generalizados.

Ahora el problema mayor de España, no hay otro, es bajo cual organigrama se estructura el Estado. Volvamos al XIX, que ha sido el mejor siglo para la historia de la infamia nacional y de ahí el XX. Que regresen los pronunciamientos militares, los gobiernos de meses e incluso semanas, la algarabía y dialéctica de las pistolas, las tiranías y dictaduras, el mosaico de nacionalismos, el patio de Monipodio. Bueno, éste supuestamente creo ya está y hasta tiene leones. Desmontemos la transición en el Ministerio del Tiempo y veamos que habría pasado. No creo que nos gustara.

Pensaba que hoy por hoy el problema era el maldito bicho (para el que cada maestrillo tiene su librillo cuando sé que no sé nada), pues no, es cerebral y Goya lo pinto bien en aquella pelea a palos. El cuadro puede presidir el Salón de Pasos Perdidos con alfombra, ya sabemos, en tonos morados, rojos y amarillos en expresionismo abstracto. Y por favor que la guardia de corp esté formada por psiquiatras, por un poner comité de sabios que siempre da lustre al deslustre.

El otro problema es el tiempo que se va a perder en las disputas por el cambio de nombre a tanta calle, plaza y avenida. Propongo que cada municipio lo haga en referéndum, que siempre da tema que hablar mientras se deja crecer la cola de pobres. Eso es lo que hay que solucionar: la cuerda de pobres, los hospitales sin camas ni sanitarios, el paro que ahoga. Lo que me da igual es un Borbón que ya ni está, pero que estuvo y mucho. Gracias, Señor. Y ahora queda decir aquello de que ni soy monárquico ni lo espero.

Tengamos un poquito más de cabeza y seamos conscientes  que lo de la Monarquía ahora no toca. Y Mucho menos cuando Irene Montero, en Vanity Fair, dice tener alguna coincidencias con la reina Letizia, esperemos que una de ellas sea Caprile que es un gran modisto.

 

Javier Celorrio