Texto y foto: Javier Celorrio
«Otra vez hay mar gruesa, y el viento sopla en ráfagas excitantes: en pleno invierno se sienten ya los anticipos de la primavera. Un cielo nacarado, caliente y límpido hasta mediodía, grillos en los rincones umbrosos, y ahora el viento penetrando en los grandes plátanos, escudriñándolos… .» Así se inició mi viaje a la Alejandría de Durrell
Hubo un tiempo —y los lectores que hayan pasado de los sesenta saben exactamente de qué hablo— en que leer era también viajar hacia una edad del mundo que parecía infinita. Uno abría las páginas de El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell y, de pronto, la vida se volvía más densa, más voluptuosa, más llena de perfumes orientales y de sombras morales, envuelto todo ello con el cromatismo mediterráneo de la luz, en todas sus facetados, sobre el aire en comunicación con las superficies.
El milagro del Cuarteto —Justine, Balthazar, Mountolive y Clea— consiste en algo que, cuando lo descubrimos con veinte años, nos pareció una revolución casi erótica de la narrativa: las mismas pasiones, los mismos personajes, las mismas traiciones vistas desde distintos ángulos- Como si dijéramos que la verdad es un objeto de cristal que cada mirada vuelve distinto: una narración poliédrica, que cuando la leí por primera vez fue un pequeño cataclismo íntimo.
Durrell no escribió simplemente una historia de amores complicados en una ciudad mediterránea. Lo que hizo fue levantar un monumento literario a una ciudad que ya no existe: la Alejandría cosmopolita de entreguerras. Aquella ciudad donde convivían griegos, judíos, armenios, italianos, ingleses, árabes y franceses como si el Mediterráneo fuese una gran sobremesa interminable.
La Alejandría que palpita en las páginas de Justine —la primera puerta del laberinto— tiene algo de sueño húmedo de civilización. Cafés donde se conspira, terrazas donde se ama, consulados para negociar pequeñas traiciones sentimentales y políticas. Todo envuelto en una luz que parece filtrada por el humo de los cigarrillos egipcios.
Pero lo verdaderamente audaz es que Durrell nos advierte pronto de que lo que creemos verdad quizá no lo sea. En Balthazar, el segundo volumen, el narrador revisa los hechos con nuevas anotaciones, como si la memoria fuese un manuscrito lleno de correcciones al margen, una sucesión de palimpsestos. De pronto descubrimos que las pasiones que creíamos entender tenían otras capas, otros secretos. Con veinte años aquello nos parecía el colmo de la sofisticación sentimental. Era la literatura enseñándonos que el amor no es una historia, es una polifonía.
El tercer volumen, Mountolive, introduce la política, las intrigas diplomáticas y ese mundo colonial que empezaba a resquebrajarse mientras los personajes aún bebían cócteles con una elegancia ligeramente decadente. Y cuando llega Clea, la novela se abre al tiempo, a la guerra y a una melancolía que anuncia el final de aquella Alejandría cosmopolita que la Historia estaba a punto de borrar.
Quizá por eso releer hoy el Cuarteto produce una nostalgia que va más allá de la literatura. No es sólo que nosotros ya no tengamos aquel entorno de los veinte años —ese pequeño detalle biográfico que siempre se interpone entre el lector y su biblioteca—. Es que el mundo que Durrell retrata también desapareció como el da todas las novelas que tanto nos marcaron y sin embargo nos fue y sigue alimentando.
La Alejandría multicultural fue arrasada por la Historia igual que tantas ciudades ambiguas del Mediterráneo. Las guerras, los nacionalismos, las expulsiones y las nuevas fronteras borraron aquel cruce de lenguas y de identidades donde la ambigüedad era una forma de vida. Lo curioso es que, cuando lo leíamos jóvenes, todo aquello nos parecía exótico. Hoy nos parece irrepetible.
Durrell escribió que las tres primeras novelas del ciclo mostraban los hechos desde diferentes dimensiones del espacio, mientras la cuarta añadía la dimensión del tiempo. Quizá sin proponérselo añadió también otra dimensión: la del lector que vuelve muchos años después y descubre que la verdadera perspectiva poliédrica es la que separa a quien lee por primera vez de quien relee con memoria. Porque entre aquellas páginas y nosotros también ha pasado el tiempo. Y si uno vuelve hoy a Justine, no sólo encuentra una historia de pasión y de espejos narrativos. Encuentra también el eco de aquel lector que fuimos: un joven que creía que el mundo sería siempre tan complejo, tan sensual y tan infinito como la Alejandría imaginada por Durrell.
Tal vez por eso siga regresando al Cuarteto. Para visitar una ciudad desaparecida. Y, de paso, visitar también a la persona que éramos cuando aún creíamos que la literatura podía cambiarlo todo. Lo sigo creyendo, a pesar ya creer en poca cosas.






