Narradores de fotografías / Un cartel de Marlon Brando / Javier Celorrio

 

Mientras mi amado descansa en su diván,
mi nardo exhala su fragancia.
El Cantar de los Cantares

Decíase aquel cine, con nombre singular de atolón del Pacífico y explosión atómica, y también parecido al de las dos prendas mínimas de baño femenino: BIKINI.

Un día—acaso el mismo en que la primera nativa se atreviese, enfundada en tan sugerente modernidad, a escandalizar a la bienpensante sociedad de aquellos tiempos—en dicho cine proyectaban una película de Marlon Brando. El verano estaba en sus mejores días: las fiestas patronales recién inauguradas y el pueblo entregado a la algarabía anual de las verbenas. La salida nocturna  entonces, era cosa rara reservada para Navidad, Semana Santa o para estos rigores estivales en que la caseta oficial de fiestas se convertía en santuario del ardor carnal bajo un palio de bombillas y guirnaldas de colores.

En los jardines del hotel llamado Sexi, el núcleo selecto de veraneantes bailaba boleros interpretados por una vocalista oxigenada en rubio subido, que se decía cubana y artista, y se anunciaba como Nora la Cubana. Bien podría haber sido venezolana o rumberita mexicana, pues tenía aquel descaro inconsciente tan propio de lo tropical de revista. Pero Nora—rubísima hasta lo indecible—era alpujarreña. Murmuraban señoras y señoritas que era algo pilingui o piculina: ni cantar Dos gardenias ni Anoche soñé contigo, luna daba para aquellos trajes de lentejuelas, ni para el tabaco rubio emboquillado, ni, mucho menos, para tanta tintura capilar.

Oíamos los niños, siempre al acecho en conversaciones de adultos, que los señoritos golfos decían que la Cubana tenía el vello púbico más rubio que el Vellocino de Oro. La propia Nora me lo negó décadas después; pero en mi fantasía adolescente sobrevivió para siempre aquella imagen húmeda de rubiedad íntima, imagen que no logró borrar nuestro trato posterior, cuando la bolerista ya era cuerpo inmenso, camastrón de alcohol, y sustentaba su vida alquilando habitaciones para holganzas de vejestorios y buscando chaperos entre la inmigración para señoras y señores provectos de una capital andaluza.

Pero aquella noche de principios de los sesenta—en que en el cine de verano ponían una peli de Brando calificada con cuatro erres—Nora era voz sensual, derramando Corazón de melón y Maringá, con la melena y el oscuro objeto del deseo teñidos de un fulgente rubio que la mitifica para siempre en estas memorias apócrifas de un pueblo.

En Almuñécar había otras rubias, suecas casi todas, que inflamaban la imaginación colectiva. Ya se sabe: el rubio y la sueca siempre dan mucho juego en estas cosas de erotismo veraniego, tanto en lo que nunca ocurrió como en lo que sí y que no pienso contar, porque me interesa más este ejercicio de memoria inventada—como casi todo lo demás.

Marlon Brando, en el afiche del cine, con la camiseta desgarrada de Un tranvía llamado Deseo, humedecía la noche. Muchas y algunos se imaginaban paseando sus labios y manos por aquel torso inmenso, a medio desnudar. Otros lo imitábamos: aquella guapura era virilidad suprema, llave de todas las seducciones. La seducción, claro, de esa niña que nos gustaba y que jamás nos prestaba atención.

Luego supimos que la niña nunca llegó a vernos como veían a Brando; es más, tampoco miraba el cartel con los ojos hambrientos de cierto aficionado. Con el tiempo uno descubre verdades pesarosas o no: más que parecernos a Brando, queríamos poseerlo.

Cerca del cine estaban los jardines del hotel, y desde ellos llegaba la voz de la bolerista. Marlon Brando—o Kowalski, qué más da—era más real así, porque el realismo de la camiseta de tirantes unido a la voz de Nora, conocida por todo el pueblo, hacía que la historia pareciese estar ocurriendo en cualquier salita de estar. Para alguna cabecita loca y mortificada, a lo Blanche, aquel realismo sudoroso podía encarnarse en cualquier vecino guapo y moreno cuyo torso, al aire en la azotea, abría sensualidades bajo la luna, entre sábanas tendidas y latas de conserva convertidas en macetas para geranios reventones.

Y entonces, la señorita—amparada por la oscuridad de su alcoba—gozaba al escrutar semejante estampa: carne desnuda y bronceada, anunciación potente de los secretos gozosos de dos cuerpos sobre un lecho matrimonial de lana mullida. El observado se sabía espiado y, narcisista, marcaba más su fuerza pectoral, reventando bíceps; se acariciaba el mentón y el poderoso cuello; hurgaba bajo la camiseta en el abdomen peludo, y remataba la escena posando la mano, sin discreción alguna, sobre el bulto del calzoncillo, mientras de los labios le colgaba la colilla del pitillo consumido. Luego, tras el éxtasis de la lluvia de estrellas, abandonaba la terraza en el instante en que la espectadora tras las rejillas de la persiana , María del Celindo, temblaba y ardía mientras el deseo estallaba mojando la noche de silencios y caricias huérfanas contra la almohada o su propia piel. Celindita, en ese momento supremo, era un poema sacro, gozoso, luminoso que amaba al amado con fragancia de nardo. Los ojos negros bajo espesas cejas, la barba cerrada y la violenta belleza del vecino perturbaban hasta el amanecer las manos de María Celinda, que se negaban a vestir santos o bordar ajuares. Se desvirgaban a sí misma con una vara de nardos robada al trono en la procesión de la Virgen de agosto.

El bellezón achulado tenía, no obstante, biografía de conquista amplia y extranjería abundante en su carnet de cama, de rebalajes nocturnos o rocas impracticables. Ya se sabía que las extranjeras, rubias todas suecas, no eran buenas ni decentes ni españolas, y mucho menos cristianas. Un día la Guardia Civil detuvo al vecino de azotea junto a un extranjero en una playa: se dijo que estaban haciendo cosas sucias al resguardo de unas rocas. Pecado nefando, un revolcón que tanto da al que lo recibe como al que lo ofrece. Nunca más se supo del actor de tal vergüenza, comentada e historiada por la autoridad que, en su tono cuartelero, añadía: “también hay que tener ganas de meterse a maricón con un viejo, extranjero y por tanto vicioso”.

Ante tanto escándalo el mocetón emigró a Alemania y con los años volvió casado con una matrona ,de lares donde Sissi fue rebelde de imperio, y con numerosa prole, desmintiendo la injuria. Pero para Celindita—que entonces vivía noches de orgasmo y desfloración solitaria, la imagen del macho de azotea hacía tiempo que se había secado en sus sueños. Aun así, entre sus sábanas de hilo bordadas con sus iniciales, guardaba el cartel robado de la película, con Marlon Brando en camiseta de tirantes y aquel imaginario perfumado de sobaquera masculina. Ese hurto inocente le costó el trabajo al chico que colocaba la cartelería por el pueblo: apenas una peseta diaria, pero vital para la talega de su casa, con madre viuda y tres hermanos. Es mala leche cargar sobre la casta y pía Celindita—hoy difunta—ese drama neorrealista de madre tuberculosa y niños famélicos. Ella jamás supo que su fiebre erótica provocó tal desgracia, tal neorrealismo digno de un Visconti, un Pasolini o hasta ese Fellini desbordado en Amarcord.

Eran cosas que sucedían: un chapero descubierto; una virgen enamorada que se desflora con une vara de nardo en artificio de sangre y gemidos; un chiquillo sosteniendo la casa; y una bolerista metida a puta por necesidad y que se teñía los pelos del coño de rubio para decir al pretendiente rijoso que lo tenía de oro, y por tanto más caro. Entonces a la peseta también se la llamaba rubia.

Ya digo que aquel verano, Marlon Brando se estiró en todos los sentidos, también en el tiempo. Y eso que, salvo dos entradas vendidas y servidor colado por estraperlo, nadie fue al cine aquella noche: en la caseta oficial elegían a la reina de las fiestas y en los jardines del hotel Sexi Nora la Cubana cantaba boleros para bailar pegados “con reparo”. En el cine, los dos únicos espectadores se ocultaron bajo un galán de noche para hacer bellaquerías. Quizá entonces los dueños del cine se convencieron de que aquellas películas de calidad no gustaban en Almuñécar por culpa del cura, que las anatemizaba desde el púlpito.

María de los Celindos buscaba a su vecino en la multitud del baile patronal, con alma de felina hambrienta por dentro y modosa gacela Lladró por fuera. Pero él estaba en una cala apartada dejándose babosear el sexo—excesivo y brillante de luna—por un viejales nórdico. Fue una felación frustrada por las linternas de una pareja de la Guardia Civil. Con los años hubo rumores semejantes, sucesos de moral antigua y reaccionaria que acababan en las páginas de la infamia. Escarceos sexuales y frescos que perturbaban a las mentes estrechas.

Celindita, aunque se desfloró sola en una de aquellas noches, murió en olor de doncellez. Su sobrino, decorador minimalista en París, heredó el ajuar y descubrió, feliz, que entre polillas y labores kitsch de bolillera, se guardaba un afiche de Un tranvía llamado Deseo envolviendo una apergaminada vara de nardo. Observó el cartel con fascinación mórbida: aquel Brando era distinto, como impregnado de un aire latino y salvaje, de deseo enigmático. Lo regaló a un amigo coleccionista de carteles y éste, siempre que lo muestra, asegura que en las noches de verano ese Brando extraño parece moverse, henchir el pecho, abultar los bíceps. Un suceso extraño, ciertamente.

En el pueblo nadie vio nunca el drama de Kazan y, por tanto, no conocieron la frase final de Blanche DuBois: “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”. Acaso, si Celindita se hubiese atrevido, habría reconocido que la bondad a la que Blanche se refería no era otra cosa que esa erótica salvadora que cualquier desconocido de paso puede otorgar a las almas en suplicio; esas en trance de querer ser comidas por el tigre. Pena, penita, pena que cantaba la Flores como jaculatoria de una ´época.

 

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