Sánchez debería convocar elecciones antes de que sea demasiado tarde / Silvestre Soria

 

Hay momentos en política en los que resistir, tras dejar de ser virtud, empieza a parecer un error. Pedro Sánchez se encuentra ante uno de ellos. El presidente puede intentar agotar la legislatura, parapetarse detrás de la aritmética parlamentaria y confiar en que los problemas terminen perdiendo intensidad con el paso de los meses. Puede hacerlo y la ley le permite llegar hasta el final del mandato si no decide adelantar las elecciones. Pero una cosa es poder resistir y otra muy distinta que resulte políticamente conveniente.

Y ahí aparece la pregunta que cada vez resulta más difícil esquivar: ¿no sería mejor para Sánchez, para el PSOE y para el propio país convocar elecciones y dejar que sean los ciudadanos quienes decidan?

La crisis de Ceuta ha venido a añadir otra piedra, y esta de importante calibre, a una mochila que el Gobierno lleva demasiado tiempo cargando. La gestión de la llegada masiva de inmigrantes, las dificultades para recuperar la normalidad en la ciudad y las discrepancias entre administraciones han colocado al Ejecutivo ante una situación extraordinariamente incómoda. Casi un mes después del inicio de la crisis, el Gobierno continúa buscando espacios y soluciones mientras la tensión política y social permanece.

Pero ¿explica Ceuta el desgaste de Sánchez?. Obvio que el último capítulo de la serie: corrupción, investigaciones judiciales, controversias que afectan al entorno político y familiar del presidente, dificultades parlamentarias, dependencia de unos socios cada vez más exigentes y una sucesión de crisis que obligan al Ejecutivo a rectificar, negociar o explicar permanentemente sus decisiones han convertido la legislatura en una carrera de obstáculos.

El problema no es que un Gobierno tenga problemas. Todos los gobiernos los tienen. El problema aparece cuando la percepción de problema se convierte en percepción de agotamiento. Y esa es precisamente la frontera que Sánchez debería evitar cruzar. Porque un Gobierno puede sobrevivir a un escándalo. Puede sobrevivir a una derrota parlamentaria. Puede sobrevivir incluso a una crisis económica o territorial. Lo que resulta mucho más complicado es sobrevivir políticamente cuando una parte creciente de la sociedad comienza a interpretar cada nuevo episodio como una confirmación de los anteriores.

Ceuta, en este sentido, es especialmente peligrosa para La Moncloa porque devuelve al primer plano una cuestión en la que el Estado necesita transmitir exactamente lo contrario de la incertidumbre: capacidad, autoridad y control. Y la derecha ha entendido perfectamente la oportunidad. El PP y Vox llevan meses intentando convertir los problemas del Gobierno en un relato general de incompetencia. Y los sondeos ofrecen señales contradictorias, pero algunos han dibujado escenarios especialmente difíciles para el bloque de izquierdas. Un estudio de 40dB publicado en julio situaba a PP y Vox con más de doce puntos de ventaja sobre PSOE, Sumar y Podemos. Otro sondeo publicado en agosto tras la crisis de Ceuta situaba al PP cerca de los 150 escaños y a la actual mayoría de investidura por debajo de los populares. El CIS es la excepción que ofrece una fotografía radicalmente distinta y situaba al PSOE en julio en el 33% de estimación de voto, por delante del PP. Precisamente por eso sería un error interpretar una encuesta concreta como una sentencia electoral. Pero también sería un error ignorar la tendencia de fondo: el desgaste existe y es profundo y la derecha está encontrando cada vez más argumentos para convertirlo en una alternativa de Gobierno. Y aquí aparece la paradoja: si Sánchez cree que todavía puede ganar unas elecciones, debería convocarlas. Si cree que puede recuperar terreno, debería convocarlas. Si cree que el PSOE puede presentarse ante los españoles con un proyecto renovado, debería convocarlas.

Lo que dudamos es si la alternativa de ese proyecto renovado sería Sánchez Castejón.

 

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