
Almuñécar tiene esa manera antigua de despedir sus fiestas: primero saca a la Virgen al mar y luego prende fuego al cielo. Como si después de tantos días de feria, de música, de terrazas, de cuerpos sudados y de noches que empiezan cuando en otras ciudades ya están cerrando las persianas, la ciudad necesitara una última exageración. Una última llamarada. Un último ruido antes de volver a la vida ordinaria.
La Virgen de la Antigua salió ayer de Puerta del Mar porque las obras de La Caletilla han obligado este año a cambiar el itinerario de siempre, pero las fiestas tienen algo de indestructible: se cambia el muelle, se cambia el recorrido, se cambia el decorado, pero la gente sigue acudiendo a mirar cómo la patrona entra en el Mediterráneo. Almuñécar tiene dos iglesias para sus devociones: una de piedra y otra de agua.
La procesión marítima fue avanzando por la bahía entre embarcaciones iluminadas, pequeños yates, barcos familiares y ese ejército sentimental de luces rojas, verdes y blancas que convierte por unas horas el mar en una ciudad nocturna. Desde tierra se veía la procesión como se mira una película muda: una línea de barcos, una Virgen navegando y miles de ojos siguiendo el movimiento.
Y luego estaba el Peñón del Santo, negro contra la noche, como siempre, ejerciendo de notario mineral de las cosas de Almuñécar. Porque aquí hasta las piedras tienen memoria. Y no sabemos si la pirotecnia es buena o es que el escenario los convierte en excelencia.
La Virgen y su barroquismo de plata velazqueña y pedrería de alta costura, regresaba a tierra y entonces comenzó la segunda parte del ritual: la pólvora. Los fuegos artificiales fueron el gran exceso final, la firma en oro y rojo de unas fiestas que durante una semana han vivido entre el fervor y la verbena. El cielo se abrió en abanicos, coronas, palmeras de fuego y explosiones sucesivas. El mar, abajo, repetía cada estallido con una caligrafía líquida. Era imposible saber dónde terminaba el espectáculo y dónde empezaba su reflejo. Durante unos minutos, Almuñécar dejó de ser una ciudad turística para convertirse en una ciudad teatral. Una ciudad que se contempla a sí misma mientras mira hacia arriba.
Porque estas fiestas tienen mucho de eso: de representación colectiva. La Feria de Día volvió a convertir las calles en una prolongación de las terrazas, con música, baile, comida, calor y esa alegría ligeramente fatigada de agosto, cuando el cuerpo ya lleva varios días de fiesta y todavía se le pide una noche más.
Después llegaron los conciertos. Café Quijano, Antonio José, El Arrebato, Rosa López, King África, Ariel de Cuba, Dani Márquez y otros artistas pusieron voz y ritmo a unas jornadas en las que la Caseta Oficial volvió a funcionar como una especie de parlamento nocturno: allí se habla, se canta, se baila, se bebe, se recuerda y, sobre todo, se aplaza la hora de volver a casa.
Rosa López hizo cantar. Antonio José puso romanticismo. King África devolvió a la multitud aquella gimnasia elemental de las canciones de verano. El Arrebato y Café Quijano aportaron la banda sonora de otras generaciones. Y en la Feria de Día la ciudad se entregó a ese género tan español que consiste en bailar a pleno sol como si el sol no existiera.
Así pasan las fiestas: entre una canción y otra, entre una copa y otra, entre la Virgen y la pólvora. La tradición y el espectáculo dándose la mano, aunque uno venga de siglos atrás y el otro dure apenas unos minutos.
Anoche, sin embargo, todo parecía destinado a desaparecer. La última embarcación regresó. La música se fue apagando. El humo de los fuegos comenzó a deshacerse sobre la bahía. Y la multitud empezó a dispersarse por las calles, con ese cansancio feliz de quien sabe que al día siguiente ya no habrá excusa.
Queda el verano. Queda el mar. Queda la pólvora flotando todavía en la memoria. Y queda Almuñécar, que después de una semana de feria, de música, de devoción y de exceso vuelve a ponerse la cara de todos los días, aunque durante unas horas haya tenido la extravagancia de incendiar el cielo para despedirse.
Las fiestas se han terminado. Pero todavía huele a pólvora.







