Segunda República: ilusión, olvido y fantasía

 

Aunque somos conscientes de que ahora hay otras urgencias coincidirán conmigo en que es conveniente y procedente recordar que este 14 de abril hace noventa años se proclamó en este país la Segunda República. Con un final que no estuvo a la altura de su civilizado principio —el rey Alfonso XIII salió hacia el exilio sin corona pero con cabeza— y que tras la Guerra Civil, la dictadura franquista nos trasladó una imagen de fracaso histórico de España, la Segunda República no debería ser denigrada ni reivindicada, sino analizada.

Es constatable que, con la excusa de las próximas elecciones autonómicas en Madrid, se está recrudeciendo la polarización de los dos bandos al que hacía referencia el siempre vigente e inolvidado Machado cuando exteriorizaba su pesar en estos versos medulares “españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón” y es oportuno que reflexionemos hacia donde debemos ir como país.

ILUSIÓN. – Como recordarán en aquel lejano 1931 se registró en España un cambio político sorprendente: unas elecciones municipales precipitaron un cambio de régimen en menos de 24 horas. En realidad, aquellos comicios locales que tuvieron lugar el domingo 12 de abril, fueron un verdadero plebiscito sobre la monarquía del mediocre Alfonso XIII. Los resultados comenzaron a conocerse el lunes 13 y el martes 14 de abril se precipitó todo. Multitudinarias manifestaciones espontáneas y festivas se produjeron en las principales ciudades y pueblos. Para muchos españoles esa etapa venía cargada de ilusión y debía ser el camino ancho y limpio que desterrara el fantasma de la revolución y el de la represión de quienes querían seguir viviendo con anacrónicas desigualdades. Un período corto en su duración pero apasionante por los cambios socioeconómicos que se realizaron: apuesta por la educación ( Misiones pedagógicas, creación de más escuelas que en todo el reinado de Alfonso XIII, coeducación, fomento de la lectura y de las bibliotecas públicas), derechos civiles (sufragio femenino, regulación del divorcio, el matrimonio civil y los derechos de los hijos ilegítimos.), cambios políticos (no se votaba a partidos sino a personas, no había Senado, agilizando la aprobación de leyes, y las listas eran abiertas en cada circunscripción, con un sistema establecido para elegir mayorías y minorías y había dos vueltas en las elecciones para fomentar el pluralismo. Además, se llevó a cabo la separación Iglesia-Estado, se comenzó una inaplazable reforma agraria, así como una reforma militar,

OLVIDO. – Pérez Reverte se lamenta: “La Segunda República, que con tantas esperanzas populares había empezado, se vio atrapada en una trampa mortal de la que no podía salvarla ni un milagro. Demasiada injusticia sin resolver, demasiadas prisas, demasiado desequilibrio territorial, demasiada radicalización ideológica, demasiado político pescando en río revuelto, demasiadas ganas de ajustar cuentas y demasiado hijo de puta con pistola”. Su traumático final nos hace entenderla como un proyecto inacabado, frustrado, incompleto, de oportunidad perdida. La dictadura se encargó de que la imagen y la memoria de la Republica fueran indisolublemente unidas a la de su etapa final: la Guerra Civil. La peripecia republicana, por tanto, ha sido descrita con una narrativa del fracaso, una memoria negativa que compartieron de un modo u otro todos los protagonistas de la tragedia. La República significaba cambio, modernidad y ampliación de derechos, el estado republicano se representó a sí mismo como la sincronización histórica de España con la Europa democrática pero sus errores fueron también muchos y su final traumático, según el historiador García de Cortázar, “no solo se debe a la soberbia de las clases conservadoras y la conspiración de la derecha sino también a la ceguera sectaria y a la incompetencia de una gran parte de las fuerzas consideradas progresistas”. Su herencia positiva — voluntad de modernizar España— se obvió o se ocultó durante la Transición, hasta el extremo de que desde los sectores más conservadores se pretendió y se pretende erigirla en contramodelo del régimen actual,

FANTASÍA. – En la España actual con la convulsa situación política y social, con la monarquía en entredicho y con la sociedad cada vez más polarizada, considero que es momento de abrir un proceso de reflexión para que, una vez debatido en profundidad, y que nuestros eximios dirigentes practiquen la cultura liberal del pacto y nos oferten la posibilidad de pronunciarnos sobre el modelo de estado que deseamos. En este sentido reivindico la talla intelectual, la integridad, el compromiso y, a pesar de José Bono, al intelectualmente brillante Julio Anguita, cuando en su libro Conversaciones sobre la III República nos hace llegar sus propuestas para un nuevo tiempo en las que, entre otros fines, defiende: una sociedad republicana amplia, federal, cosmopolita y solidaria en la que se respeten los Derechos Humanos. Una democracia plena e integral, que se tenga a la Paz como objetivo, ámbito y programa. Que la administración que gobierne sea austera y equitativa. Que se establezca una sociedad laica y que Europa e Iberoamérica compartan un mismo proyecto en un mundo sostenible.

Considero que estas propuestas pueden ser suscritas por una amplia base social que anhele un estado más justo y más democrático, en el amplio sentido de la palabra y que vuelvan a ser vigentes las esperanzas, los problemas y las soluciones que se suscitaron en España de la Segunda República entendida como la antítesis de la Monarquía. Fue una República apresurada e imperfecta en su accidentada construcción, pero una democracia viva y real, al fin y al cabo. Esperemos que los que habitamos este país casi un siglo después, podamos estar a la altura de lo que la historia nos demanda.


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