Señuelo / Tomás Hernández

Han tenido que secarse los grifos para que volvamos los ojos a lo real y los apartemos del señuelo del día, del exabrupto parlamentario o de la bufonada del gracioso. La de hoy la ha protagonizado la presidenta Ayuso. Sí, una vez más. Que dice que donde no hay toros, viene la sequía. En el Siglo de Oro, y antes, decían los moralistas que el teatro traía la peste. Bufonadas aparte, no sé quién dijo que la realidad se impone lentamente. Fuera quien fuera, cuánta razón. La sequía ha dejado de ser una amenaza para convertirse en desnuda y seca realidad.

Nos engañan con palabras que ocultan realidades, como hemos ocultado el despilfarro del agua. De mis años de infancia me queda una costumbre, que aprendí en las temporadas que conviví en un cortijo con unos amigos de mis padres. Si quedaba un poco de agua después de lavarte, se echaba siempre en el alcorque de una planta, nunca al suelo. La palabra sequía suena a pobreza, mejor no mencionarla y hablar de campos de golf, la Costa del Golf creo que ha propuesto otro presidente, el de Andalucía, llamar a estos litorales cada vez más resecos, a estas tierras de almendros y vides, ahora trasformadas en huertos tropicales. Las aves ya no beben en Doñana, después de años de pozos ilegales y los campanarios han vuelto a los pantanos vacíos.

Se ha hecho del estruendo mediático una falsa realidad. La palabra amnistía se ha convertido en el mantra de estas semanas. En todos los medios. ¿Es nuestra realidad, nuestra preocupación, ese mantra? La amnistía no es un problema, el problema es Cataluña. El intento de secesión cuyas consecuencias estamos pagando ahora, tras una nefasta gestión política y judicial.

La justicia nos preocupa más que la amnistía, creo yo. Debería preocuparnos que suene a escándalo bíblico las críticas al comportamiento de algunos jueces. Que se pretenda que no se pueda opinar sobre sus sentencias o sus procesos ni mencionar sus nombres. Que los jueces elijan a sus jueces, nos proponen, como casta sagrada. Y que los muertos entierren a sus muertos, que dicen los Evangelios.

Se censura, con escándalo, la crítica a algunos jueces y con el aspaviento por el insulto, se entierra la realidad, las tramas de espionaje y el acoso policial y mafioso a políticos molestos.

“Algo huele a podrido en Dinamarca”.

 

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