Telón / José María Sánchez Romera

La semana pasada cerramos por fin el maratón electoral que ha condicionado casi un año de nuestra historia más reciente. Por fin cayó el telón, aunque puede que la inercia de los acontecimientos lo levante de nuevo a no tardar mucho. No obstante, bien meditado no ha estado tan mal, mientras los políticos están pidiendo el voto no se dedican a ver qué pueden todavía pedirle a la gente que no se les haya ocurrido hasta entonces. La agitación electoral es como un huracán: en el interior (la sociedad) reina la calma.

En los últimos comicios, aunque elegíamos a nuestros representantes en el Parlamento de la Unión Europea, la cuestión dirimida ha girado en torno al honor de los Prizzi. En realidad, no sólo España sino en toda Europa, cada país ha votado en clave nacional para tomar la temperatura de sus votantes y su disposición a apoyar determinadas propuestas. En España hemos votado bajo el síndrome de la honradez, lo que puede conducir a muchos equívocos sobre la opinión que del resto de los asuntos encierra cada sufragio. Aunque casi todo el mundo cree tener una idea objetiva de lo que es ser honrado, su proyección interior la hace mucho más difusa y surgen zonas de sombra en las que se pueden entrever razones para la autojustificación. Calderón de la Barca lo dejó escrito: el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios. La cuestión ha quedado irresuelta, no podía ser de otra forma, porque la conciencia personal no se vota, es un ejercicio indelegable de cada cual consigo mismo que debería obligar a una actuación consecuente. Ha sido, en fin, un hitchcockiano “Macguffin” con el que mantener la tensión de unos votantes agotados en una cita con las urnas que suele ser escasamente motivadora.

Por tanto, si no hemos votado sobre el futuro que queremos para Europa que queremos ni sobre la honradez del Gobierno puesta en cuestión, parece que lo interesante es dilucidar el sentido en que se han pronunciado quienes acudieron a las urnas el pasado domingo. A tenor del resultado por bloques, encuadramiento en el que ha trabajado y sigue en ello el Gobierno con dedicación estajanovista, el centro-derecha saca diez puntos a los partidos que forman el Gobierno. El apoyo del nacionalismo no cuenta porque se basa en pagos recurrentes y a tocateja que no podrán estirarse hasta el infinito. Ya han confirmado con hechos las palabras con las que antes desmentían la fábula gubernamental del reencuentro.

A partir de los números fríos se extrae que la tendencia del sufragio mantiene la del último año, el PP se consolida como la primera fuerza electoral del país y que el PSOE se mantiene a base de consumir las existencias de votos de sus socios. El voto en la izquierda baja y el porcentaje socialista se mantiene a base de dejar a lo que hay a su izquierda, indultada del adjetivo extrema, en las raspas. Esto lógicamente ha alarmado al Gobierno que ya ha puesto en marcha su estrategia: neutralizar a los medios críticos, reformar la ley del CGPJ para que la judicatura deje de facto de ser uno de los poderes del Estado y calificar como extrema a todo lo que hay a su derecha. Control gubernamental y un cósmico enemigo no son precisamente lo que se necesita cuando son otros los problemas que preocupan a los españoles y a los que esperan soluciones, entre otros muchos, los que conciernen a la economía con niveles de pobreza al alza. Los datos macro que tanto entusiasman a los responsables gubernamentales no se corresponden con lo que percibe en su día a día el ciudadano medio, la microeconomía cada vez se aleja más de un optimismo oficial apoyado en la artificialidad de los grandes números. La inflación que generan los excesos del gasto público se ceba con las rentas más modestas y el crecimiento del PIB, impulsa el endeudamiento del Estado y las ayudas europeas, utilizados para sostener gasto corriente y no para financiar inversiones que impulse la productividad es un camino de perdición como más pronto que tarde podrá comprobarse.

Y al igual que en Roma y Grecia los sonidos que emitían las aves permitía a los llamados arúspices anticipar el futuro, la confirmación de la estrategia en marcha para hacer frente a los malos resultados electorales ha venido por bocas de ganso cuidadosamente escogidas fuera del ámbito del Gobierno para ir creando el ambiente adecuado. Los encargados han sido Gabriel Rufián e Íñigo Errejón en el papel de subalternos que preparan la faena del maestro. Rufián se levantó el miércoles en el Congreso para pedir la represión de los medios críticos a base de sanciones, una forma de cercenar la libertad de expresión por asfixia económica en quien no ha cesado de pedir la derogación de la llamada “ley mordaza”. Nada de tribunales ni garantías procesales, multas en vía gubernativa para los medios lenguaraces y amnistía e impunidad para los atropellos legales de sus compañeros. Para Íñigo Errejón, se supone que tras analizar los escuálidos resultados electorales de su partido, lo que procede es modificar la ley del CGPJ sin el concurso de “la derecha” porque “no sabe perder bien cuando las urnas no les dan la razón” (sic). Es verdad que en este tiempo de verdades “sentidas” se corre el peligro de caer en alguna distorsión cognitiva, pero es dudoso que el dirigente de SUMAR no sepa quién ha perdido las elecciones. Desde luego es lícito promover cambios legislativos, lo que hay es que elegir sensatamente los argumentos, cuidando no reclamar que se cumpla la Constitución para algo determinado cuando se está dispuesto a hacer bolas de papel con el resto de sus artículos.

Ese es el plan. Vivimos montados sobre la tapia de la historia con los pies colgando mientras la contemplamos.

 

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