Tema de debate / Turismo o vecindad: cuando el barrio se alquila por noches

 

El turismo ya no llega: irrumpe. Ya no visita: ocupa. Lo que fue barrio es ahora booking, lo que fue plaza es ahora terraza, y lo que fue hogar es ahora “alojamiento con encanto”. Encanto para el turista, desahucio sentimental para el vecino. Así se está escribiendo la nueva geografía de muchos municipios del litoral español con maletas, sin censos.

El político local, siempre atento al turista como antes lo estuvo al cacique, confunde crecimiento con engorde. Mira las cifras de ocupación hotelera como quien mira un ecocardiograma: mientras marque actividad, todo parece vivo. Pero la ciudad puede morir de éxito, que es una muerte elegante y fastidiosa y muy española

El turismo masivo, sin correa y sin modales, ha colonizado los centros históricos y las zonas tensionadas con la eficacia de una plaga y la cortesía de un folleto institucional. Se habla de impacto económico, pero no de impacto doméstico: ¿dónde vive el camarero ?, ¿dónde duerme la limpiadora de un hotel?, ¿en qué barrio se permite respirar al joven que trabaja para servir vacaciones ajenas? ¿Se preguntan eso?

La vivienda ha pasado de derecho a souvenir. El alquiler sube, toca la usura, mientras el vecino baja. Y el Ayuntamiento, que debería planificar, contempla. Porque regular molesta, limitar enfada y pensar a largo plazo no da votos. La gentrificación no es un accidente: es una política por omisión, una decisión tomada por omisión y miedo a que las encuestas no sumen próxima temporada. Los precios del alquiler suben como sube la marea: sin hacer ruido y sin pedir permiso. Y cuando el vecino pregunta por qué ya no puede vivir donde nació, la respuesta es técnica, fría y muy moderna: “es el mercado”. El mercado, esa divinidad laica que siempre justifica al poderoso y nunca protege al débil.

Los barrios dejan de oler a café y empiezan a oler a crema solar. Cierran panaderías y abren tiendas que venden lo local fabricado a miles de kilómetros. La ciudad se convierte en postal, y la postal —como toda mentira bonita— necesita que la realidad se aparte.

Se nos vende el turismo como tabla de salvación económica, pero nadie advierte que es también tabla de expulsión social. El empleo es estacional, precario y agradecido, como un favor que hay que devolver con silencio. Se sirve al visitante mientras se echa al residente. Economía de bandeja, democracia de mantel. Qué es necesario el turismo, obvio que nadie lo discute, pero planificado, razonado y teniendo en cuenta que el cortoplacismo no es la solución económica, ni la manoseada «marca» una letanía de salvación de todo futuro.

La Costa Tropical, al igual que todas las costas, corre el riesgo de convertirse en una playa sin pueblo y en un pueblo sin vecinos. Porque cuando todo se orienta al turista, el ciudadano estorba. Y cuando el vecino estorba, la ciudad deja de ser ciudad para convertirse en escenario.

Decía Umbral que lo grave no es cambiar de ideas, sino cambiar de vida sin darse cuenta. Eso está pasando aquí: hemos cambiado la vida cotidiana por el rendimiento turístico, la comunidad por el dato, la planificación por la propaganda. El turismo no es el enemigo. El enemigo es su idolatría. Porque un municipio que expulsa a quienes lo sostienen no progresa: se alquila. Y un pueblo que se alquila por noches termina perdiendo el día.

 

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