La desconfianza de los jóvenes hacia la clase política ya no es una sensación pasajera: se ha convertido en una constante generacional. En casi todos los países, los estudios de opinión muestran un patrón similar: los menores de 35 años creen que los políticos “no entienden sus problemas” y que “solo piensan en sí mismos”. Y lo cierto es que resulta difícil contradecirlos.
Los discursos grandilocuentes sobre el futuro contrastan con una realidad de salarios precarios, alquileres imposibles y crisis climática. Mientras los jóvenes viven en la incertidumbre, buena parte de los dirigentes parecen más preocupados por sus batallas partidistas o por el próximo ciclo electoral. La consecuencia es obvia: un divorcio emocional y político entre quienes deberían representarnos y quienes deberían sentirse representados.
Pero la desconfianza no significa indiferencia. Las nuevas generaciones no han abandonado la política; simplemente han decidido hacerla a su manera. Ya no confían en los partidos tradicionales, pero sí en las causas concretas: el feminismo, la justicia climática, la defensa de los derechos LGTBIQ+ o las luchas contra la desigualdad. Su activismo se expresa en redes sociales, en manifestaciones o en plataformas ciudadanas, no necesariamente en las urnas.
La clase política, sin embargo, parece no haber entendido esta transformación. Sus estrategias siguen ancladas en la vieja política de promesas ambiguas, lemas vacíos, perfiles optimizados a la manera de un concursante de reality televisivo y escenificaciones de poder partiendo de un superego que además viene retocado por el ciento y la madre de asesores. En un mundo hiperconectado, donde cada decisión pública es analizada y debatida en tiempo real, esa falta de autenticidad se percibe con claridad. Y cuando la coherencia desaparece, la confianza también.
Reconstruir el vínculo con la juventud no será fácil, pero tampoco imposible y para ello habría que no confundir la cercanía con raves y demás banalizaciones de carácter seudo cultural y apostar más por la cultura, la educación y el dialogo. Por lo tanto se requiere transparencia, empatía y valentía para renovar estructuras y discúrsos.Y por supuesto, no se trata solo de incluir a más jóvenes en las listas electorales (como capciosamente se hace con mujeres o gais convertidos en cupo y no en ciudadanos igualitarios. Lo mismo que se trata de hacer con el edadismo) sino de escucharlos de verdad, de darles espacio en la toma de decisiones y de asumir sus preocupaciones como propias.
Porque si la política sigue dándoles la espalda o maquillando propuestas a la manera que hacen los llamados influencers con la supuesta autenticidad de sus vidas expuestas al minuto y a la carta diseñada por ellos, los jóvenes seguirán buscando fuera lo que no encuentran dentro. Y cuando una generación entera deja de creer en la política, lo que peligra no es solo la credibilidad de los partidos, sino la salud misma de la democracia. Y de seguir así, esto no anda lejos.








