
Me ofrecen más interés la revistas cuché de años pasados que las actualísimas, vistiendo éstas últimas del puritanismo que lo impregna todo entre lo inclusivo, lo woke y la autocensura por temor a ser cancelado. Y puede que por ello la calidad se resiente: o no hay tanta creatividad o la que hay no me gusta. Guardo Vogues, Vanity Fair, DC, GQ y algunas otras de ese tipo. De ellas me han interesado el trabajo fotográfico, el diseño espacial, sus enfoques publicitarios y en algunos casos como el de Vanity sus estupendos reportajes sobre personajes del pasado que ya apenas recordamos y que en su día fueron la creme de la creme en todo cuché que se preciara. ¿Cómo desdeñar las fotos de saraos de los años cincuenta y sesenta con las poses de las maggioratas italianas recién salidas de Cinecitta; la procacidad de las y los stars de la France en trance de yeyés y esos parvenues en su momento estrellazgo fotográfico en residencias del Hollywood way of life con la firma de Tony Duquette, y sus dorados, como interiorista estrella?. ¡Una gozada!, que diría un marquesón cayetano de los sesenta.
Por otra parte, y como la publicidad las bañaba en dinero, podían contratar los mejores periodistas, fotógrafos y escritores. Gay Talese, Irving Penn o Gore Vidal por citar tres han sido colaboradores en reportajes que han tenido de protagonistas a los personajes del momento o los menos asequibles a la prensa. Al caso, el viaje que realizó Jon Lee Andersón con Hugo Chávez en su jet presidencial en 2008 y en cuyo reportaje hay un destacado de un opositor al desaparecido dictador que dice» Chávez es bipolar. Una parte su cerebro es girondina y la otra jacobina». El asunto tiene su cosa, y pareciendo purita antinomia, frase y destacado son un hecho que encuadra a un gran número de políticos del es y será.
Pero Vanity, tiene para roto y descosido, en el mismo número (2 de su edición española de 2008) nos informa del monumental pleito organizado alrededor de la herencia del tenor Pavarotti cuya fortuna ascendía a 50 millones de dólares a su muerte y por la que su exmujer y la joven viuda andan «enfrentadas», dice eufemísticamente el subtitular de la revista, cuando lo que andaban era a una gresca monumental que no sé como acabaría aquello. Obvio, que entre ricos hay que meter algo de tragedia y ordalía, y en otro destacado se dice que «Una amiga intima de Lucciano, Lidia, acusó a la segunda esposa de aislarlo». Siempre hay una amiga a la que ni le va ni le viene el asunto, pero que sonsacándola un poquito, labor de un buen reporter, va y casca lo que nadie cuenta y lo que demuestra que los ricos también lloran y pierden los modales cuando hay en juego un importante patrimonio inmobiliario en New York, Italia y Montecarlo. Y lo que no sabemos, pues como apuntan las periodistas en el atrio al reportaje: ¿Dónde está el patrimonio del maestro? ¿Por cuántos ríos se ha dispersado? ¿Quién custodia los recuerdos más preciosos? Tres interrogantes que me acongojan incluso cuando ya han pasado más de tres lustros de aquellos sucesos y sobre todo escama el interrogante de la dispersión en los ríos cuando sabemos que los peces beben y vuelven a beber. La pregunta, a mi entender sería ¿Qué peces se bebieron la fortuna de Lucciano? Lo desconozco, señor juez. Y aunque entre la ex mujer y la joven viuda hubo riña de la que tampoco sé el desenlace; no creo que fuera el de juicio de Salomón: para una el hoyo y para la otra el bollo. En cuanto a lo de los recuerdos más preciosos, los herederos tienen la suerte de guardarlos en discos, en nubes, en cosas y no veo mayor problema. Siempre les quedará Lucciano.
Estas revistas son una mina de inspiración para todos aquellos que les interese enredos, confidencias, conspiraciones, astucias de la ociosidad y su fauna, del poder y su selva, de los políticos y sus laberintos, de la fama y sus miserias. Y para aquellos creadores que tengan el horror vacui de la página en blanco y en vez de barnizar muebles quiera derribar muros. Muchas de las grandes obras han surgido de noticias aparecidas en prensa como Madame Bovary o «La hoguera de las vanidades» de Thomas Wolfe, maestra para este tipo de publicaciones. Pero también recomendable lectura para evitar el consumo masivo de antidepresivos en horas bajas. Aunque, cuidado con la sobredosis de cuché, ya sabemos como acababan «La educación sentimental» y «Las ilusiones perdidas».







