Crónicas de San Telmo / La zarza

Texto: Javier Celorrio

Cuando el Enviado se me acercó, estaba yo en la barra de un bareto de un pueblo de verano en temporada baja oyendo a David Bowie. El enviado no llevaba ni alas ni plumas, vestía como Kym Barret vistió a los personajes de Matrix, PVC y charol. Cierto es que quedé algo perplejo, puesto que si te aparece lo sobrenatural esperas o al menos, en mi sentimentalidad particular, angelitos bellos como los pintores siempre han hecho y que Machín les reprochaba cuando cantaba aquello de «Pintor de santos de alcoba siempre que pintas iglesias pintas angelitos bellos, pero nunca te acordaste de pintar un ángel negro». Pero no, iba con estilo Wabi-Sabi. Entonces fue que descubrí que para que el Ángel te hable no necesariamente hace falta mucho incienso, nada de sedas renacentistas, ni rosarios de cuentas de azabache: lo superior te habla en llano y sencillo para decirte vengo del «Yo soy El que soy» y luego: !Despierta gilipollas! Y lo hace con una sinfonía de Bowie sin necesidad de su colega Mozart y vestido a lo New Age. A continuación, el visitante, me invitó a subir al peñón de El Santo y allí una zarza ardiente bajó de las alturas y el aparecido adentrándose en su fulgor desapareció sin decir condios y sin abducirme. Que digo yo, podría haberme invitado a entrar en el zarzar. No obstante quedé en el éxtasis como Santa Teresa diciendo: «Quiero muriendo alcanzarle, pues tanto a mi Amado quiero, que muero porque no muero». Que no deja de ser en mí algo de novelería a lo madame Bovary.

Luego, viene la duda si es Dios el que te ha enviado al Ser o es que estás perdiendo la cabeza tras haber visto La Mesías de Ambrosi y Calvo; pero una vez que acaba el salmo del Rey del Glam persiste el estado de gracia y es cuando te haces consciente de que algo en ti se ha manifestado y mi interior se revuelve, a la par que la iluminación te sostiene. Entiendo que no me creáis, pero ante el deslumbramiento todo da igual, hasta la credibilidad de los creyentes en parusías improbables. El Alado, con algo de levitación en sus movimientos, de igual a igual te ha dicho que tú eres como él, pues a su semejanza te han creado y tus dudas e inseguridades son las suyas, y que por mucho que te creas, eres tan grande o insignificante como lo es su sobrenaturalidad.

Una reflexión de Montaigne , un largo párrafo de Proust, una frase corta de Baroja tienen la esencia de Dios cuando se hace eucaristía en ti y solamente la brillantina de un idiota es la que te confunde. No serviré a señor que se me pueda morir, dijo Francisco de Borja ante el cadáver de Isabel de Portugal, y entiendo la sublimidad ante ese momento en que el santo fue tocado de la gracia de saber lo perecedero del parecer y lo eterno de lo intangible que es en definitiva lo que nos contiene y a lo que prestamos escasa atención: no somo felices, no somos perfectos, somo misterio y cambio y en su búsqueda está la satisfacción, aunque no sea la felicidad que pregonan los sicólogos de lo positivo, ni esos cambios súbitos y a conveniencia de  Sánchez presidente.

Ante esa ola de la felicidad a ultranza que predican los profetas del bienestar a todo trapo y que tuvo su apogeo en el inicio del milenio, ha sucedido las superticiones más insensatas y vergonzosas ocurrencias de cualquier tarambana con millones de likes en las redes sociales y que como torre de Babel confunde al personal y los embauca en la insulsez más disparatada, pues una invención conveniente al receptor termina por atenderse como real. «Tal vez –decía Marañón de la fascinación que el éxito puede provocar en nuestra visión de alguien-, porque los hombres llevamos siempre escondido, pero alerta, un espíritu servil que nos pone ante los ojos un cristal de color rosa». Indefinible belleza que se desprende de la alegría, del entusiasmo y del éxito, aunque la triada sea sucedáneos. Al caso este digital, en su inocentada de 2023 publicó que algún grafito de río Seco tenía la firma de Picasso y hubo quien se escandalizó de que el Ayuntamiento no pusiera protección al hallazgo. Lo cierto es que la inocentada estaba bien trabada.

Al Santo, donde me llevó el Alado, que ya digo no llevaba alas, pero que como tenía un algo de levitación en sus movimientos puede que las llevara y yo no las viera, si servidor tuviera responsabilidad turística en mi pueblo lo presentaría el roquedal en  Fitur como lugar de avistamientos, a la manera que los catalanes llevan Montserrat. Total: un grano no hace granero pero ayuda a hacerlo. Ahí lo dejo.

 

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