El año de los jueces / Tomás Hernández

La mañana del 10 de septiembre, jueves, mientras los más menudos de cada casa colgaban sus mochilas a la espalda, lo más granado del poder judicial descolgaba sus togas, blanqueaba el encaje de las puñetas y elegía sus condecoraciones más prestigiosas y rimbombantes. Ellos, como los niños y niñas somnolientas, también estrenaban curso. Si algo destacó del solemne acto para este analfabeto jurídico, fue la reiterada petición de respeto para nuestros jueces. Respeto, sobre todo, de parte del poder ejecutivo, el gobierno, que no sólo disentía públicamente de algunas sentencias, sino que se atrevía a criticar algunos procedimientos judiciales y a los jueces ejecutantes. Eso era insoportable, o algo así, dijeron, pero, sobre todo, esa actitud era peligrosa para la democracia. Así lo afirmó la presidenta del Poder Judicial y así lo ratificó la del Tribunal Supremo ante los ojos en blanco del ministro de justicia, Félix Bolaños, el rostro impenetrable ante la adversidad, como Marlon Brandon en la película de igual título. Desacreditar las instituciones es dañino para la sociedad y más, cantaron las dos presidentas a dúo, si se hace desde el poder ejecutivo. Bolaños, impasible, no tenía que esforzarse mucho para entender la advertencia.

Nadie puede estar en desacuerdo con esta exigencia de respeto hacia los jueces y, también, hacia los inculpados. Pasará a los anales de la historia, como se dice desde antiguo, el proceso y juicio contra el fiscal Álvaro García Ortiz. Desde la profecía cumplida de Ayuso y su ventrílocuo MAR, hasta el espectáculo procesal en que se convirtió el juicio. La arrogancia displicente de algunos miembros del tribunal, el trato discriminatorio con los testigos según beneficiaran o perjudicaran al acusado y la traca final de una sentencia redactada a vuela pluma: “Si el fiscal no es el asesino, se le parece mucho”.

Así, señorías de la Fiscalía y del Supremo, también se corrompe el respeto a la institución judicial. Se tira por las alcantarillas más bien y mancha las togas y el blanco encaje de las bocamangas.

Alguno de los oradores afirmó, con rotundidad, que los jueces no existen. Y lleva toda la razón. Los jueces, como los hombres, las mujeres, son sustantivos de colectividad que remiten a lo abstracto. Dijo este orador que en España hay unos cinco mil quinientos jueces, que desde el juzgado más pequeño del pueblo más perdido hacen su trabajo con honestidad y los escasos medios de que disponen. Y eso también es cierto, pero todos sabemos, y los miembros de la Fiscalía y el Supremo más que nadie, donde está el poder.

Saben esos jueces de las alturas jurídicas que no se puede ni se debe incoar un proceso con recortes de prensa, pero lo hacen y van a sentar a Begoña Gómez en el banquillo por ser quien es y se ha iniciado, ya lo verán, la causa general contra Pedro Sánchez con el mismo propósito, acusado de traición a la patria. Un disparate, pero ya encontrarán dos o tres jueces complacientes y no muy escrupulosos con la prevaricación .

Que los jueces se manifiesten entogados a la puerta de las instituciones para protestar contra una ley, la de amnistía, que aún no había sido presentada en el Parlamento, sí que parece una clara injerencia del poder judicial en el ejecutivo.

¿De qué se quejan sus altas señorías? ¿De qué nos acusan? Y Bolaños sonríe.

Tomás Hernández

 

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