
El día 10 de septiembre La Vanguardia (otrora española) nos arroja este titular lisérgico: “El CNI avisó de llamamientos masivos pero sin calibrar la gravedad”. Una manipulación exculpatoria para la inacción gubernamental que no resiste el análisis de cualquiera con sus facultades cognitivas intactas y unas elementales nociones de sintaxis porque le resultaría fácil advertir que un “llamamiento masivo” en el contexto de un posible asalto a la frontera lleva implícita su gravedad sin necesidad de una mención expresa. Esa exhibición de disonancia lógica para defender al Gobierno “malgré lui”, resulta una autodelación innecesaria para quien comparte sumisión al poder con el diario independiente de la mañana. La legítima aspiración de alcanzar el primer puesto en la jerarquía del personal de servicio, que bien podría resolverse mediante un amistoso reparto “ex aequo” con la competencia, debería tener como límite que se presuma del lector un cierto grado de comprensión lectora, aun cuando lo pongan en duda los informes PISA. Algo parecido sería:” Se advirtió de la presencia de un león suelto por el barrio, pero nadie calibró el peligro”. De lo que se sigue que los transeúntes atacados deambularon completamente tranquilos porque la presencia del león no había sido “calibrada”. Entre estos sutiles engaños y los bulos, mejor los últimos, es un tipo de mentiras que por burdas se descubren fácilmente.
Para quienes tenían dudas sobre la intención que tenía el empleo de expresiones como “crisis migratoria”, “catástrofe humanitaria”, “avalancha migratoria”, “oleada de inmigrantes”, “emergencia migratoria”, ya han podido salir de dudas y resumirlas todas en un único sintagma: Ceuta tiene que admitir la presente “realidad estructural” (P.S. dixit). Teníamos machismo estructural, racismo estructural, colonialismo estructural, etc., todos estructuralmente indefinibles, por el contrario, la definición de la ocupación de Ceuta como realidad estructural implica la plena aceptación del hecho consumado. Ya no se van a tramitar expedientes de expulsión por entrada ilegal en el territorio español, sino que se van a construir albergues para consolidar la situación (P.S. dixit). Ceuta ciudad abierta, los ceutíes ya se pueden adaptar a la nueva normalidad, habíamos avisado que vendría tras el anuncio de una Ceuta “más fuerte” a partir de la crisis, e ir buscando psiquiatras que los curen de su “inseguridad subjetiva”.
Los que habían agredido la integridad territorial de España por la frontera de Ceuta han dejado de ser oficialmente invasores para convertirse en migrantes en busca de un futuro mejor. No será arriesgado aventurar que dentro de un tiempo se les pueda llamar demandantes de empleo en expectativa de destino o cualquier cosa parecida. Ya estamos en la fase donde queda implantada una relación funcional entre el lenguaje y la realidad de tal forma que las palabras deben condicionar los marcos mentales donde las representaciones de la conciencia individual son sustituidas por la fuerza persuasiva de los relatos. La persistencia en pensar y actuar conforme a lo que nuestros sentidos, experiencia o ideas nos indican va contra ese orden supuestamente racional que ha sido elaborado “ex profeso” para comprender el mundo. El castigo ha venido a ser esa neoexcomunión pagana llamada cancelación, una forma de violencia híbrida, muy en línea con los tiempos que vivimos.
Ocurre que, en ocasiones, por mucha que sea la audacia semántica mediante la que se conforma una narrativa, no puede ocultarse la imagen dantesca que ofrece un espacio convertido en caos, es preciso que ceda el ánimo haciendo aflorar el sentimentalismo más primario y la vergüenza de uno mismo. Eso comporta que haya de agitarse sentimiento de culpa por falta de humanidad que paralice toda reacción si se quiere contrarrestar la evidencia innegable de desolación en una ciudad como Ceuta abandonada a su suerte, devastada física y anímicamente, desesperada. No importa poner en juego todo el cinismo que sea necesario para hacer escarnio de los desmoralizados ceutíes dándoles lecciones de moral. Ni que el humanitarismo sólo vuelva su mirada hacia unas personas e ignore a otras porque no son útiles a las conveniencias políticas e ideológicas del poder. Esa realidad que se está componiendo, que ya se sabía que se iba a tratar de componer, no es más que una sucesión de falacias para hacer decorado que no permita reparar en la gravedad de la tragedia.
Nadie sabe cuánta gente hay en Ceuta, no se conoce su procedencia, capacidades o situación material en la que se encontraban antes de llegar a Ceuta. Sin embargo, los portavoces de ese “humanitarismo” de rostro doctrinal no precisamente anónimo y que en este caso no distinguen entre llamar a la puerta para pedir ayuda y derribarla exigiendo ser atendido, parecen saber a ciencia cierta que todos en tanto que definidos en síntesis unívoca por su condición de “migrantes” lo que buscan es poder trabajar y mejorar sus condiciones de vida animados por las mejores intenciones. El encuadramiento dentro de ese esquema tan maniqueo a todos ellos sin conocerlos de nada tiene una respuesta muy sencilla: el esquema es falso, no es posible definir a miles de individuos bajo una categoría construida sobre cualidades personales arbitrariamente elegidas. A partir de dicho esquema se crea de la nada un pseudo problema ético, que en teoría involucra a cientos de millones de individuos cuya situación material objetiva es inferior a la de los españoles por el simple hecho de desearlo. Semejante absurdo no escapa a la imaginación de sus promotores cuyo objetivo, salvando a los que de buena fe no llegan a plantearse la dimensión imposible de ese propósito, es crear una ruptura social para silenciar a los señalados como indiferentes ante las penurias de los inmigrantes y así ir afianzando posiciones políticas travestidas de valores. Esa particular forma de entender la solidaridad, por supuesto, nada tiene de neutral ni apolítico que desplaza el egoísmo de lo personal a lo ideológico y convierte en agentes de sus objetivos ideológicos a quienes ni siquiera han manifestado adhesión a los mismos. Si prescindimos del aspecto político de la cuestión y la consideramos en sí misma, la mera idea de caridad (solidaridad) impuesta a través del Estado tampoco es aceptable porque un ente de razón carece de sentimientos, esa concepción antropomorfa conduce a otra consecuencia indeseable como es eludir una responsabilidad personal para trasladársela a los demás convirtiéndola, por error de juicio o comodidad, en un asunto colectivo. La tranquilidad de conciencia no tiene más camino que convertir en actos eso que Kant llamaba imperativos categóricos, donde no hay más compensación que el cumplimiento de un deber sentido.
Se cambia la palabra que designa el hecho, se modifica la perspectiva desde la que aquel se juzga y la resultante parece una evolución natural de las cosas cuando no es más que el producto anticipado por las palabras previamente elegidas. El lenguaje, como se ve, es muy eficaz cuando se quieren romper las costuras de la realidad.
José María Sánchez Romera






