El hecho y el vacío / José María Sánchez Romera

No será fácil de superar para los ceutíes la sensación de inseguridad y desvalimiento en los que se han visto sumidos durante estos días de pesadilla. Cualquier estudio sobre las secuelas psicológicas que dejan una intrusión violenta a el espacio que antes se consideraba seguro nos enseña que quien lo padece genera un síndrome de vulnerabilidad y miedo persistentes. Una forma de convivir con el síndrome suele consistir en reforzar las medidas de seguridad de la vivienda y una constante alerta frente a cualquier signo que mueva sospechar otro ataque. Los habitantes de Ceuta, sin embargo, no podrán compensar por sí mismos ese sentimiento de falta de seguridad porque carecen de medios propios para dotarse de ese sosiego. La ciudad autónoma de Ceuta (y Melilla) es dependiente en lo que ahora le resulta más esencial, su plena integridad moral y material, que está en manos de un protector imprevisible dispuesto a convertir en un vacío conceptual cada hecho que lo pone en evidencia. Lo que explica el hecho es la vecindad con Marruecos y la jerarquía actual de su relación con España, las mafias son una falacia, resulta obvio que lo acontecido y su resolución no entraña para ellas negocio alguno.

Previamente, los habitantes de las zonas devastadas por los incendios desatados en los últimos días de julio fueron quienes sintieron que la tranquilidad de sus casas había dejado de ser una convicción razonablemente objetiva cuando vieron las llamas traspasar los límites de su propiedad. Un asaltante llamado emergencia climática les sacó de la plácida confianza que hasta entonces les había acompañado. El hecho no era un fuego favorecido por la falta de previsión y el diseño de una política que proyecta su intervencionismo sobre el hombre y no sobre las causas que originan la quema de los bosques, sino por la acción de fuerzas telúricas que la naturaleza desata en venganza hacia los humanos convictos de maltratar el medio ambiente. El hecho, la destrucción de la naturaleza por el fuego, es reconducido a una emergencia climática, cuyos efectos, según sus creyentes, no son la ausencia de medidas para paliarlos, sino que haya quien discuta las causas antropogénicas, algo que va contra una poderosa evidencia científica, con nombre de mujer, Greta, símbolo de la definitiva superación del conocimiento construido sobre una episteme heteropatriarcal. Nunca les faltará el optimismo de la voluntad: lo científico es dar por cerrado el debate científico.

Y de esa forma podríamos retroceder en el tiempo e ir examinando los acontecimientos de estos últimos años para llegar a la desalentadora conclusión de que hoy el Estado no es más que mera literatura, un Parnaso que busca la belleza inútil del mero relato para huir del compromiso y de toda acción coherente con las necesidades del momento, supeditadas a un corpus ideológico cuya idea de un final perfecto no tiene otro asidero que un voluntarismo pueril. Bajo ese disfraz, que tan sólo esconde un primario instinto de supervivencia, el Gobierno se ha transmutado en un tropo que en nada se identifica con el significado que es propio del término, el gabinete se parece a una scape room que se activa apretando un botón que se encuentra bajo el indicativo “extrema derecha”, último recurso mientras esquiva una realidad que deja su secuela inexorable. Ninguna responsabilidad ni acto propio alcanza al Ejecutivo por más que la autoría sea imposible atribuirla a otro, siempre habrá un indetectable enemigo en la sombra, alguien apostado en algún sitio, fantasmas del Contubernio de Múnich o de la famosa conspiración judeo-masónica (o tempora, o mores), dispuestos a impedir el curso inexorable hacia el triunfo de la total humanidad (el proletariado se demostró insuficiente) que indica la flecha de la historia progresista.

Pero el Gobierno de una Nación no puede ser ni actuar contra su propia esencia, de hecho, los enemigos no están fuera, sino dentro, y eso ha llevado a que el país hoy día se haya metamorfoseado en un pecio donde entre los restos yacentes se ve escrita la palabra España. Es el resultado de una dialéctica pervertida según la cual el país avanza por medio de una permanente confrontación interna basada en el miedo entre quienes tendrían que sumar los esfuerzos conducentes hacia el objetivo del bien común. Algo que en una sociedad sana y no contaminada por el mensaje constante de desafecto de unos frente a otros se produciría de manera espontánea. Basta repasar cualquier materia para confirmar de forma constante el recurso al conflicto artificial entre lo real y el uso de la semántica como método (totalitario) de debate social al margen de lo auténticamente tangible de la controversia. Pongamos ejemplos. El hecho, erradicar la violencia contra la mujer; el vacío, imponer que se acepte acríticamente la teoría del género cuya aplicación práctica no puede ser examinada porque hacerlo es lo que genera la violencia. El hecho, indiscutible, seguramente inevitable, de la inmigración; el vacío, convertir en odio e inhumanidad el proponer una adecuación de los flujos a los medios disponibles a través de una deliberación abierta (democrática) que permita buscar las mejores soluciones. El hecho, el cambio climático y, para afirmarlo, identificar con certeza sus causas, de donde vendrían necesariamente las soluciones más adecuadas; el vacío, lo eficaz no se alcanza con un debate científico abierto sino denigrándolo como actitud negacionista y señalando como culpables a quienes con la discusión no pueden querer otra cosa que su propio bien, incluso por aplicación de la lógica egoísta de quienes les acusan, y la refutación en nada les beneficia puesto que se serán igualmente perjudicados. Y así, todo cuanto pueda ser políticamente opinable en un sistema proclamado democrático, un hecho que también tiene su vacío una vez queda recluido en el puro término.

Contra lo que pueda parecer, no todo es improvisación forzada por la debilidad autoinfligida del Gobierno al elegir compañía para su singladura. Hay gente que lee y no tiene que ser un ministro, el método está escrito y justificado como legítimo, por eso es útil bajo cualquier circunstancia y pretexto siempre que se haga en nombre de las políticas adecuadas o, dicho de otra manera, de izquierdas. “La tolerancia represiva”, Herbert Marcuse (postmarxista, Escuela de Frankfurt), 1.965: “La privación de la tolerancia a los movimientos regresivos antes de que puedan llegar a mostrarse activos; la intolerancia incluso hacia el pensamiento, la opinión y la palabra, y finalmente la intolerancia en el sentido opuesto, esto es, hacia los autodenominados conservadores, a la derecha política…”, “la restauración de tal libertad (de pensamiento) también implicaría intolerancia hacia la investigación científica…”. Necedad y maldad siempre acaban confluyendo.

José María Sánchez Romera

 

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