El viento. Mejor: los vientos. En Almuñécar de marzo a junio el viento ha tenido siempre su protagonismo venga de cualquier punto de los cardinales. En los últimos años, dos, tres o cuatro, el pertinaz viento primaveral pareciera que había cesado en alacridad, pero la cabra tira al monte y esta primavera vuelve el crujir a las osamentas de los añosos; con los años se nota mucho en la madera y los huesos chasquean en las articulaciones como latigazos de dominatrix que se emplea restallante sobre la artritis.
Una abuela mía llamaba al viento, fuese brisa o vendaval, corrientes de aire. Y hasta en invierno, al calor del brasero de cisco, tenía un abanico a mano como instrumento higiénico que utilizaba frecuentemente cuando tenía visita. Al caso, una de aquellas visitas le decía a mi madre a sottovoce algo sobre esa chaladura del abanico con el brasero ardiendo, aludiendo quizás a la edad octogenaria de la abuela. Al escucharlo no reparó en diplomacia alguna y ofendida por el comentario le espetó sin cualquier rubor, que no fuera el de la maledicente, que si se lavara más no tendría que abanicar el aire. Para ella el abanico, aparte refrescar, era botafumeiro que aventaba la emanación fétida de la otra. Y de igual manera, para ella el viento era como un arma higiénica que abrillanta y limpia el aire. Eso sí, el terral, siempre aspero, era su gran enemigo porque ofuscaba las mentes y dejaba un color «Isabelle» en el ambiente. En el planeta político hay un actualísimo terral que hace remolinos de arena, de papeleríos varios, turbión de cosas que una vez cesa deja las plazas, las calles de ese color «Isabelle» que es un blanco amarillento a lo Isabel de Castilla y esa leyenda negra de no lavarse hasta acabar la reconquista.
A mi el viento me parece molesto, pero he de reconocer que la única ocasión en la que la gaviota, pájaro que me resulta antipático, aparenta elegancia es cuando adapta sus vuelo a las corrientes de aire planeando sin dificultad en el pasadizo aerodinámico: es una bailarina cargada de plumas, aunque sin el efecto del cisne. Una vez retraté una gaviota que iba supersónica y me salió como Victoria de Samotracia o «como la flecha del viento». Esto me lo dijo alguien que visitó la exposición donde la imagen se exhibía, uno de esos que quieren quedar brillantes con una metáfora demasiado sobada.
En la pintura, Joaquín Sorolla ha plasmado magistralmente las pinceladas del viento sobre sus figuras, dando movimiento a los linos, algodones, gasas de las modelos que se ve que son veraneantas del tiempo aquel en el que los veranos eran largos y las señoras paseaban
por la orilla de la Malvarosa por ver si la testosterona del pintor o de Blasco Ibáñez les ponía oleo o tinta a la sensualidad de sus calenturas refrescadas de brisa que es como Eolo soplaba la nave vieira en la Venus de Botticelli. El viento en Sorolla es amable y burgués y en Goya es ventisca fría y social en el cartón La Nevada donde aparecen tres lugareños y una mula cargando con un cerdo. El levantino es para el verano de los señores y el aragonés es el invierno crítico de los pobres. El viento, como todo, es también un asunto que afecta más o menos a las clases sociales.
También el viento es para las banderas; una bandera caída sobre el mástil parece difunta, mientras que al ondear por una racha ventosa le da prestancia de Séptimo de Caballería en las películas de Hollywood, donde un general Custer u otro parecido atacaba a los comanches. Pero cuidado, que si la banderola está en jirones da aspecto de indigencia, descuido, penuria y derrota.
De momento, el marzo ventoso del refrán ha sido pleno en lluvias, esperemos que abril sea sólo ventoso para tener un mayo florido y hermoso. Digo yo.
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