Ortega y Gasset escribió en “Historia como sistema” que los siglos XV y XVI fueron de una enorme desazón y de “atroz inquietud” porque se había perdido la fe religiosa, lo que le provocó una crisis de la que se salió mediante una fe nueva, la fe en la razón, en las “nouve scienze”, de las que el hombre recaído renació. No es cuestión de negar los enormes méritos y aportaciones de Ortega a la filosofía, el ensayo e incluso la reflexión estética (La deshumanización del arte), pero ese tránsito del “hombre”, entendido como totalidad de la especie, de una fe a otra resulta, como aquello de España es el problema y Europa la solución, una reflexión equivocada fruto posible del elitismo del pensador que le llevó a confundir a la parte con el todo. El hombre de la época no eran los Descartes, Hobbes, Spinoza o Erasmo, que se plantearon cuestiones relacionadas con el conocimiento y comprensión del mundo que los rodeaba (sin cuestionar aún, por cierto, la existencia de Dios, por lo que esa fe en lo trascendente siguió viva). El verdadero hombre de la época era el que cultivaba el campo, fabricaba calzado, fabricaba instrumentos, ejercía el comercio y también, sin tanta sofisticación, trataba de entender su entorno, es decir, la inmensa mayoría de la humanidad de entonces. El que determinadas ideas terminen permeando y siendo preponderantes en la sociedad con el paso del tiempo no quiere decir que constituyan, al momento de ser pensadas, el espíritu de la época.
Esta España que arde abandonada a la fatalidad dogmática del cambio climático, ante el que sucumbe sin lucha el mito intervencionista de un Estado del Bienestar que no busca más que sus profecías autocumplidas, sirve como metáfora de lo nos muestra la dialéctica nacional en la que nos encontramos. Hay un demos que vive su realidad cotidiana, intenta situarse frente a ella lo que puede o lo dejan, a veces con escasos medios para entenderla y en no pocas ocasiones confundido por las falsas señales procedentes de emisores encargados de tergiversar cuáles son los verdaderos problemas que les afectan. Al hombre que maneja, pero no elige, sus circunstancias, se opone desde el poder un “hombre orteguiano” que se construye agobiado por el calor en verano (¡), el racismo, el heteropatriarcado o víctima de los acaparadores de vivienda con el objetivo de romper como sea el proceso voluntario de cooperación social creando incertidumbres y avivando el miedo a un futuro donde el desamparo estatal dejará inerme a la mayor parte de la población. Cuando algo tan elemental como una gesta deportiva une incondicionalmente al país sin que se mediaticen esos sentimientos que siguen ahí compartidos, se encienden las alarmas y se invocan los peores demonios, incluido Hitler (¿también el que se entendió con la Unión Soviética comunista?). Y no hay que engañarse, la ideología puede jugar un papel importante a la hora de decidir cómo se abordan los conflictos y sus soluciones, en estos momentos es, sin embargo, una coartada, una forma de evadir el compromiso con las normas escritas de la democracia (reclamar en estos momentos las morales sería de una estupidez insuperable), basta comprobar cómo se responde ante las responsabilidades políticas y judiciales según sea a quien afecten para despejar las dudas.
Los fuegos se acaban extinguiendo, aunque no sea más porque se termina el combustible que los alimenta, pero no está tan claro que los incendios históricos tengan un final, menos aún que ese final sea previsible, sobre todo si consideramos que el espíritu humano es una potencia inagotable dispuesta a servir de materia inflamable para el conflicto social. España arde físicamente porque lleva demasiado tiempo políticamente en llamas, es imposible operar con éxito a un enfermo si el cirujano decide prescindir del anestesista o no se habla con el que debe suministrarle el instrumental. Por desgracia hay grupos políticos que confían obtener la hegemonía basada en el empeño de que media España no se hable con la otra, pese a una realidad de vida cotidiana que no reproduce esa dicotomía más que en la división ficticia que los medios de comunicación difunden por impulso político. El debate y la discrepancia no comportan necesariamente la ruptura social en una democracia, al contrario, se racionalizan, cuestión distinta es que haya a quien le interese propalar esa ficción para ocultar sus fracasos e insuficiencias. Los procesos revolucionarios en marcha o en peligro de fracasar suelen exacerbar los enfrentamientos para conjurar el riesgo de colapso que su propio extremismo ha generado. En tanto en cuanto ese proceso no consigue trasladarse a la sociedad, salvando el caso del submundo post-ETA que se aplica en la violencia tan pronto ve una oportunidad, se lleva el choque a las instituciones poniendo en cuestión su funcionamiento o impidiendo su normal desenvolvimiento. El Gobierno es impune frente al Parlamento que lo invistió y los organismos de control del poder son objeto de colonización partidista con el fin de prefigurar en la mayor medida posible sus decisiones.
Coincide este mes con el mismo que hace noventa años contempló el hundimiento de la Segunda República. Fue un régimen nefasto y pendular de principio a fin ya que nació inspirado por un sectarismo desde el que la izquierda, con su funesta pulsión por la tabla rasa (con especial fijación en los católicos), pretendió solucionar los supuestos males seculares de España, que no dejaban de ser muy parecidos a los del resto de países de su entorno político y cultural. El mencionado Ortega, que puso todo su prestigio intelectual para traer la República, al poco tiempo se vio obligado a escribir un artículo, “No es esto, no es esto”, avisando de la deriva a la que los más extremistas de entre los republicanos la llevaban, lejos de optar por compromisos sensatos que acogieran a una mayoría de la nación. Es evidente que todavía hay una parte de la izquierda que se niega a aprender de la historia, piensan de hecho que cuando no se desarrolla conforme a sus planes la que se ha equivocado es la historia, por eso recurre a falsearla, por eso incurre en los mismos errores.
José María Sánchez Romera






