Las instalaciones fabriles de la vega de río Verde (II) / Alejandro Irurzun Montoro

Las instalaciones fabriles de la vega de río Verde (II)

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Las instalaciones fabriles de la vega de río Verde (II). Siglos XVII y XVIII

La historia de trapiches e ingenios a inicios del siglo XVII, nos viene dado, entre otros, por Francisco Henríquez Jorquera que en su Anuario de Granada, que comprenden desde 1588 a 1646, afirma que Almuñécar “labra gran cantidad de azúcar en dos ingenios”, uno de tracción hidráulica y otro de tracción animal, algo que confirma el manuscrito anónimo titulado “Almuñécar ilustrada y su antigüedad defendida” de 1658, que señala la existencia de una parroquia en advocación a San Sebastián en la que oyen misa los trabajadores del Ingenio del Agua mientras dura la molienda de las cañas de azúcar, y poco más distante a ella, se encuentra otra ermita, en este caso dedicada a San Lázaro, en la que igualmente oyen misa los trabajadores de otro ingenio.

En cuanto a la evolución de la propiedad de los ingenios, en el Consejo de Población dentro del Archivo Histórico Provincial, en 1623 hay registrada un Petición en relación a un pleito del Hospital de San Juan de Dios sobre una partida que se le debe de los Ingenios de Gaspar Rodríguez y Octavio Espínola, vecinos de Almuñécar. Unas décadas más tarde, en 1669, en la Real Audiencia y Chancillería de Granada, se cita una Información Sumaria que implica a Manuel y Alonso de Oseguera, vecinos de Granada, propietarios de los ingenios de fábricas de azúcar de Almuñécar, contra Juan López Marroqín, alcalde de mayor, Pedro Galeote y Bartolomé de Salcedo sobre el aprovechamiento de aguas.

En 1788, la ciudad de Almuñécar propuso al Real Acuerdo de la Chancillería granadina la constitución de un Montepío, que tenía un doble objetivo. Por un lado, conseguir que en el tiempo de las reparaciones de los ingenios y trapiches tuviesen los dueños la posibilidad de proveerse de comestibles, maderas, hierros, cobre, espartería, ganado, operarios, etc. Por otro, atender a los labradores que necesitasen cantidades para el cultivo de la caña, incluidas obras de construcción de acequias de mampostería que condujesen las aguas del río Verde, se lograra así aumentar la capacidad de riego, y con ello, poner más tierras en cultivo de cañas, lo que redundaría en el progreso de la industria azucarera. La Chancillería remitió la propuesta de la ciudad de Almuñécar “para fomentar en aquel partido las cosechas y fábricas de azúcar, que se hallan en la mayor decadencia”.

El alcalde mayor, en su informe justificativo del Montepío señala que “Mas si V. M. atendiendo no sólo a la conservación de estas fábricas, sino a su mayor aumento y perfección, por ser las más necesarias de todo el reino, y que no tiene otro ningún monarca de Europa, conceda y permita el establecimiento de un Montepío, para invertirlo en aviadores (que eran los empleados a cargo de la evaporación de los jugos) y cosecheros”.

Se adjuntó también un informe sobre el estado de la industria, en el que constata que lo “calamitoso de los tiempos ha sido la causa de que los bastimentos y utensilios que gastan los Ingenios, ya para mantener las máquinas, metales, maderas, etc., ya para mantener los maniobrantes, ganados y alimentos, se han encarecido más de una tercera parte, y era una de las causas de la decadencia de la industria. Por otra parte, el aumento de los impuestos había determinado, especialmente a los fabricantes que llevaban los ingenios en arriendo, el que éstos no se arreglasen, lo que iba provocando que “de año en año se aminoraran las plantíos”.

A finales de 1786, la situación se agravó por culpa de una epidemia que se abatió sobre la ciudad. Nadie se había preocupado, ausente el alcalde mayor, de buscar la forma de poner en marcha los ingenios, y sólo al volver el alcalde, este encargó a los labradores que se encargasen de su explotación. Con ello se aprecia que el movimiento comunitario de explotación fue algo habitual, principalmente porque de ello dependía la suerte de la cosecha de un fruto que no tenía otra salida que su transformación en azúcar.

Tras conseguir el Montepío se arrendaron los dos ingenios de Almuñécar. Uno a don Manuel Jiménez, que lo abandonó debiendo más de doscientos mil reales a los cosecheros, y el otro, a don Miguel Iriarte, que dejo también sin reintegrar a los cosecheros las cantidades que les correspondían. Para resolver el problema, se encargó a don Mateo de Lezaeta y Zúñiga, juez de azúcares de Salobreña y Almuñécar, para que nombrara encargados de los ingenios a Bartolomé Morales y Francisco Gillén. Las dificultades, no obstante, continuaron hasta principios del siglo XIX, en que las fuentes señalan la recuperación paulatina de la industria del azúcar en Almuñécar.

Bibliografía


-Birriel Salcedo, M. M. (1988) La tierra de Almuñécar en tiempos de Felipe II. Universidad de Granada; (2015). Tecnología, conocimiento y propiedad. Los Molinos de aceite en el Reino de Granada (S. XVIII). Chronica Nova, 30.
– Calero Palacios, M. C. (1986). Regesta de las Actas del Cabildo del Archivo Municipal de Almuñécar; (2010). El libro de repartimiento de Almuñécar. Estudio y edición; (2010). Ciudad, memoria y escritura: los Libros de Actas Capitulares del Cabildo de Almuñécar (1552-1582).
-De Jorquera, F. H. Anales de Granada, de 1588 a 1646 (Manuscrito de la Biblioteca Colombina).
– Garzón Pareja, M. (1971). Notas sobre el azúcar de caña en Granada. Saitabi, 21.
-López de Coca Castañer, J. E. (1987). Nuevo episodio en la historia del azúcar de caña. Las Ordenanzas de Almuñécar (siglo XVI), en La España Medieval, 10.
-Luna Díaz, J. A. (1991). Población, profesiones y nivel de vida en Almuñécar durante el Siglo XVI. Chronica Nova, 19.

 

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