La fotografía llega desde un tiempo en el que Almuñécar todavía no había decidido convertirse en postal. No hay paseos marítimos de diseño, ni terrazas alineadas frente al mar, ni el rumor constante de los coches. Solo la roca, la playa y el castillo. Lo esencial.
Allí arriba, dominando el paisaje como un vigía antiguo, aparece la fortaleza de San Miguel, más cercana a su condición de castillo fronterizo que al monumento turístico que hoy conocen los visitantes. Bajo sus murallas, la Caletilla se extiende desnuda, sin urbanizar, como una lengua de arena y cantos rodados que parece escaparse hacia el Mediterráneo. El mar golpea la orilla con la misma paciencia de siempre, porque el mar, ya se ha dicho, es quizá lo único que no cambia nunca.
Las dos mujeres retratadas sobre las rocas parecen ignorar que están posando para la memoria futura. Miran a la cámara, y sin saberlo inaugurando el selfie, como quien se deja fotografiar una tarde cualquiera pero excepcional por la fotografía que les están haciendo. Alrededor de ellas se está conservando un mundo entero. Un Almuñécar, al igual que ellas, que ya no existe. Un pueblo donde el castillo todavía era el centro visual y sentimental de la bahía y donde la Caletilla no había sido domesticada por la arquitectura ni por las necesidades del turismo. Ignoran que a los pocos años el mundo va a estallar en sangre.
Umbral escribió alguna vez que la memoria no es el pasado, sino la forma en que el pasado sigue respirando dentro de nosotros. Y esta imagen respira. Respira el olor a salitre, el color oscuro de las rocas, el silencio de una costa todavía virgen y aquella luz mediterránea que parecía filtrarse más despacio que ahora. Porque el tiempo moderno corre; el tiempo de las fotografías antiguas, en cambio, permanece a pesar de que su fijación química la encorsete de sepia en el blanco estampado de una y el medio luto de la otra y que según ella fue intermitente por los parientes que iban muriendo: «Mi juventud fue una sucesión de lutos por abuelos, tíos abuelos u otros familiares».
Mirando la imagen resulta inevitable preguntarse qué escucharían aquellas mujeres. Quizá el graznido de alguna gaviota, el rumor de las olas, las campanas lejanas del pueblo y el silencio. Nada más. La Caletilla era entonces un paisaje y no un proyecto urbanístico. Una geografía natural que descendía desde las laderas hasta el mar sin más intervención que la de los siglos.
Hoy, cuando el paseo marítimo forma parte inseparable de la vida cotidiana sexitana y nuevos proyectos anuncian transformaciones futuras, esta fotografía adquiere un valor casi arqueológico. Nos recuerda que bajo cada reforma, bajo cada adoquín y bajo cada generación, sigue existiendo aquel paisaje primigenio. El mismo que contempló el rio del tiempo con colores fenicios, romanos y árabes. El mismo que observan estas dos muchachas desde las rocas, ambas ausentes que casi un siglo después aquel momento se publicará para mostrarnos un tiempo; el momento aquel en el que se fotografiaron y el futuro las rescató y las hizo singulares para la mirada de hoy. Y quizá por eso la imagen conmueve. Porque no retrata solamente un lugar. Retrata la inocencia de un territorio antes de que llegara el progreso, cuando el castillo de San Miguel seguía reinando en soledad de fortaleza abandonada sobre una Caletilla salvaje y el Mediterráneo parecía tener todo el tiempo del mundo.






