
A Javier Celorrio, esta historia que puede incluir con todos los permisos en su libro de relatos «Un hotel llamado Sexi» y gracias por la fotografía que me han recordado los veranos que pasé con mis padres en ese hotel y que creo que está hecha desde la habitación que ocupábamos mi hermano Pipe y yo. Misión cumplida.
Texto: Rafael Guzmán de Teba
Fotos y montaje. Javier Celorrio
Nunca pensé que volvería a escribir sobre esos días. Pero a veces una imagen se queda tan fija en la memoria que es como una astilla bajo la piel y al sacarla haces sangrar la página.
Fue ella, al principio de aquel verano, quien insistió en que fuéramos a Almuñécar. Lo había leído en algún suplemento cultural francés. «Pequeño pueblo andaluz frente al mar, aún ajeno al turismo masivo», decía el artículo. Lo que me atrajo, sin embargo, no fue el exotismo ni la promesa de tranquilidad. Fue el nombre del hotel: Sexi. Un guiño sin ironía, una palabra vestigio de los fenicios, pero que en mi imaginación cargaba con todo el peso del deseo, de lo censurado, de lo que no se dice.
Llegó agosto y viajamos en tren desde Madrid; un viaje largo a Granada en un vagón que mezclaba el sudor y el perfume de los viajeros y luego un autobús que avanzaba sobre el trazado de una carretera de curvas interminables. Yo llevaba mi libreta de tapas negras, un libro de Genet y una fotografía doblada de un muchacho que conocí en Tánger y del que nunca hablé con ella. Lo hago ahora.
Cuando llegamos al hotel Sexi, nos recibió un recepcionista con acento andaluz cerrado y camisa de manga corta. Su belleza tenía el esplendor de los veinte años. Nos pidió la documentación antes de entregarnos la llave de la habitación. Nos miraba, pero no como se mira a los turistas, sino como reconociendo en nosotros a unos intrusos del orden. No dijo nada. Me gustó.
La habitación era sencilla: dos camas juntas, ventilador en el techo, una terraza que daba directamente al mar. Desde allí se veía la playa que llamaban de la Caletilla, encajada entre rocas, casi secreta. El toldo de rayas ondeaba perezoso y su sombra fragmentaba la vista como una celosía. Me asomé. Abajo, un barco flotaba quieto. En la arena, unos niños jugaban entre redes y barcas varadas. Había algo primitivo, intacto. Como si el tiempo, por un momento, se hubiera equivocado de década.
Durante los primeros días apenas salimos. Leíamos en la terraza, visitamos la piscina del hotel, su bar y el restaurante y al atardecer hacíamos el amor sin prisa, como ensayo para otro cuerpo mientras oíamos el rumor de conversaciones de los empingorotados huéspedes en la gran terraza del hotel. Ella quería nadar, quería broncearse, quería hablar con la gente del lugar. Yo, en cambio, solo quería observar. Todo era nuevo y antiguo a la vez. Las rocas, la sal en el aire, los hombres de rostros tostados que remendaban redes en silencio. Había algo de liturgia en sus movimientos que me conmovía.
Uno de aquellos mediodías que bajábamos a la playa, de arena mezclada con grava, el recepcionista en bañador estaba cerca de nosotros. Noté que nos miraba a hurtadillas, pero con algo de ese juego de niños del veo y no veo y que sabía atraía la atención. Ella se lanzó al agua con un grito feliz. Yo me quedé en la orilla, mirando el barco. Nos hicimos fotos con una vieja cámara Kodak. En una ella está sentada en la proa del bote, con las piernas cruzadas, el pelo mojado y la mirada fija hacía un punto a la derecha del objetivo. Parece feliz. O libre. Nunca lo supe del todo. Al volver al hotel, ella dijo que le gustaría quedarse más tiempo. Yo no respondí.
Las noches se fueron haciendo más largas. Hablábamos menos. O hablábamos de cosas sin importancia: el sabor del vino, los huéspedes del hotel, el ruido de las cigarras. Padecíamos el desgaste de esas relaciones que nacen de una emoción y se consume en su propio caldo ante la aparición de una nueva. Éramos similares a las pavesas de un fuego que se devoró asimismo En nuestra última noche Monique decidió dar un paseo sola por el pueblo y yo, tras tomar un whiskie en el bar del hotel, subí a la habitación. Salí al balcón. La luna iluminaba las olas. En la sombra de la playa, vi al recepcionista. Estaba solo, fumaba apoyado en una barca, mirando el mar. Pensaba en bajar, pero fue entonces cuando la sombra de alguien se acercaba hacia él. Era Monique. La oí volver a la habitación de madrugada.
A la siguiente mañana, día de nuestra partida, mientras ella recogía las cosas, yo bajé de nuevo a la playa. Me senté en la arena y escribí un párrafo suelto en mi libreta. Algo sobre el exilio, la pérdida, el cuerpo como frontera. Nada concreto. Solo intuiciones.
Al subir, ella ya había cerrado su maleta y estaba apoyada en una jamba de la puerta de la terraza mirando el mar y fue cuando dijo:
—Este sitio tiene algo…
—Sí —le interrumpí—. Tiene algo que no se puede contar.
Y sin volverse, acaso acusando o no el comentario, continuó:
-Juan, tengo que decirte que me quedo. He alquilado una habitación en una pensión del pueblo y me quedo hasta el final de verano.
-Es tu decisión -Le contesté fríamente, dando por zanjado el tema.
Callé que hacía dos noches yo había bajado a la playa; el recepcionista estaba allí fumando, acodado sobre una de las barcas varadas con el torso desnudo. Me acerqué y me ofreció un pitillo. Sus dedos rozaron los míos y fue como si el sur me tocase entero. No su mano. No su piel. Su sur en olor a juventud que no sabe aún que es nostalgia. Él echaba el humo hacia arriba como un santo profano, un San Sebastián sin flechas ni martirio, solo piel y sal. Me miraba sosteniendo el cigarro entre los labios con chulería en el gesto como un profesional que sabe que el deseo manda cuando todo lo demás calla. Entonces me acerque más a su carne. Sus manos fueron las primeras que se atrevieron y tirando el cigarro entre la piel y la piel desapareció cualquier distancia. Él olía a limón, a juventud. Yo a ganas. Nos sentamos en la arena, luego nos tumbamos. Mi espalda en la sal y su cuerpo sobre el mío mientras me recorría con su lengua, con sus manos, con su aliento caliente al igual que yo hacía en ese extraño juego del impulso. Después —como en los cuentos tristes— vino el silencio. Nos vestimos con lentitud, como si el cuerpo aún no quisiera irse. Él encendió otro cigarro mientras yo me alejaba.
—¿Volverás mañana? —me dijo.
—No lo sé —respondí. Pero e aquel momento supe que volvería, aunque no veía la manera de decir a Monique lo que había sucedido.
Años después, vi una foto de Almuñécar en una revista de viajes. El hotel ya no estaba y en su lugar había un edificio anodino, turístico. La playa seguía, más pequeña. El barco ya no estaba. Pero al releer las notas de aquellos días recuerdo que no dijimos nuestros nombres. Y como escribí entonces: «los nombres no caben en el deseo y porque en ese instante, yo no era yo. Y él tampoco era él». Comenzamos a ser eso: un momento que se escribe cuando ya no hay remedio. No sé que sería de Monique y por tanto si su estancia fue placentera o no. Presumo que aquella ingenuidad proletaria la aburriría al poco tiempo, a ella avezada en los salones de la izquierda dorada parisina de entonces, y él probablemente habría seguido fumando cigarrillos en la playa hasta que algún Juan o alguna Monique decidiera que la ocasión lo merecía. Y sin embargo, y a pesar del tiempo, algunos recuerdos llevan astillas bajo la piel y al sacarlas hacen sangrar la página o el escozor que provoca el contacto con la carne cristalina de la medusa.
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