Nueve hombres y mujeres juzgarán y condenaran a Begoña Gómez en un juicio con jurado. No hace falta delito. Condenaron al fiscal general porque “alguien de su entorno” hizo algo, no se sabe quién ni qué hizo, pero el fiscal general cayó. “Fué palante” en la expresión grosera del consejero áulico de Ayuso, el que peina canas y por eso es sabio. ¿Qué haremos los que no tenemos ni canas que peinar? ¿Estaremos condenados a la estulticia? Han condenado a David Sánchez por ser hermano de Pedro Sánchez, en un proceso que normalmente se resuelve con un procedimiento contencioso-administrativo, según dicen los que saben de estas cosas. Aquí se echó mano de la UCO, “unidad de élite de la Policía Judicial de la Guardia Civil. Creada en 1987, está especializada en investigar y perseguir las formas más graves de delincuencia, crimen organizado, corrupción política, delitos económicos y homicidios complejos a nivel nacional e internacional”. Eso dice Internet. ¿Es el caso de la mujer y el hermano del presidente del gobierno?
La Audiencia Provincial de Madrid no ha corregido los desmanes atrabiliarios del juez Peinado. Eso parece, pero no. Ha afinado el procedimiento para alcanzar la meta, ver a la mujer del presidente sentada en el banquillo de los acusados y que así Feijóo, Tellado y Ayuso puedan levantar el dedo, señalar y decir que el próximo será Pedro Sánchez. Ya lo dicen y no suelen equivocarse, conocen el poder del tenebroso ejército que tienen detrás.
Según las últimas encuestas siete de cada diez ciudadanos no confían en la justicia. Pero los porcentajes son abstracciones que suavizan la realidad. Imaginemos diez personas, en fila, para hacerlo más visual, preguntadas por su opinión sobre la justicia. Sólo tres la salvarían. Imaginemos una hilera de cien, setenta de ellos no confían en los tribunales, los altos tribunales, que parecen llevar las riendas de las cosas serias. De mil encuestados, setecientos creen que la justicia está politizada. De los cincuenta millones de españoles, treinta y cinco millones dirían no a esta justicia. Son muchos millones de descontentos y agraviados ¿no? Algo no va bien en el reino de España.
Se comenta mucho estos días el escrito del pastor protestante alemán Martin Niemöller. Ya saben, primero vinieron a por los judíos, después… etc. Ese texto se usa como ejemplo de que en un clima de inestabilidad y atropello judicial nadie está a salvo. Feijóo se cree protegido y está exultante. Ayuso, todopoderosa. Pero, dicen que a algunos de entre los suyos, Feijóo les parece un líder débil y desnortado y Ayuso empieza a avergonzar hasta algunos de sus más fervientes aplaudidores. El rey tuvo que viajar a México a deshacer los entuertos del último viaje de la lideresa al país americano. Cuando no sean útiles, ni Feijóo ni Ayuso, también serán inmisericordes con ellos. Lo fueron con Pablo Casado ¿se acuerdan? Quizá la bestia negra de Ayuso dormite ya en la puerta de su casa y ella no lo sepa. Perturban sus desvaríos amoroso-financieros y quizá empiece a molestar a los amos su desmedida soberbia.
Condenarán a Begoña Gómez y se arrepentirán. Se arrepentirán, no porque yo crea en una pacífica rebelión ciudadana contra la injusticia. Eso no pasará, pero cuando comienza la cacería, del inmigrante ahora, como antes del judío, todos estamos en el punto de mira del cazador fanático en busca de nuevas presas.
Recuerdo estos días algunas de aquellas películas, “Arde Mississippi” por ejemplo, donde un jurado de hombres y mujeres blancas sentenciaban a un ciudadano negro. Madrid no es Mississippi, pero el odio es el mismo en todas partes. Nueve hombres y mujeres de Madrid se sentarán en el estrado a juzgar a una mujer vilipendiada, perseguida, acosada, físicamente incluso, sin más información que la que oyen y ven en esos medios atroces que ya han puesto en su pecho la letra escarlata de la culpa.
Ojalá me equivoque, ojalá nos equivoquemos todos.
Tomás Hernández







