Hay pueblos que se explican por una calle. Otros por una plaza. Almuñécar, desde hace siglos, se entiende caminando junto al mar. El paseo no era solo un paseo; era una forma de conversar. Allí se cruzaban los jubilados con los turistas, los aprecios con los desprecios, los enamorados con quienes ya solo pasean acompañados por los recuerdos. Era un escenario cotidiano donde la vida hacía de actriz principal sin saberlo.
Ahora, para llegar de un extremo a otro de La Caletilla, hay que seguir una serpiente, una alfombra amarilla de madera que se retuerce sobre la arena de la playa como si hubiera escapado de un decorado provisional y hubiera decidido quedarse a vivir entre sombrillas y bañistas; una serpiente amarilla que no muerde, pero obliga a cambiar el paso y recuerda, a cada curva, que las grandes obras también dejan cicatrices provisionales. La solución de emergencia no ha tenido en cuenta a las influercers y sus stiletos de vértigo.
Resulta inevitable contemplarla con cierta ironía. Mientras arriba continúan unas obras que nacen con vocación de grandeza —esas obras que ya han ocupado suficientes páginas y dolores de cabeza—, abajo discurre esta senda improvisada. El paseo marítimo ha descendido a la playa como un rey destronado que, expulsado de su palacio, acepta dormir bajo una lona. La madera dibuja curvas elegantes, casi caprichosas. Vista desde lejos hasta posee cierta belleza. Las serpientes siempre la han tenido. Los turistas la recorren sin hacerse demasiadas preguntas. Caminan despacio, fotografían el Peñón del Santo y continúan su ruta. No saben que bajo sus pies no solo hay tablones; también hay retrasos, sobrecostes, molestias, incertidumbres y una larga colección de promesas que el viento se ha llevado antes incluso de pronunciarlas del todo.
Y precisamente el viento merece un capítulo aparte.
Porque basta imaginar un levante serio, de esos que conocen bien los viejos marineros de esta costa, para que la aparente tranquilidad de la pasarela adquiera otro significado. El levante no entiende de inauguraciones ni de notas de prensa. No distingue entre una infraestructura provisional y otra permanente. Sopla. Empuja. Levanta la mar. Castiga cuanto encuentra a su paso. Entonces esa serpiente de madera podría descubrir que no fue diseñada para bailar con las olas, sino para sobrevivir a ellas. Quizá resista. Ojalá. Pero la simple posibilidad de que un temporal comprometa el único itinerario peatonal alternativo ya dice demasiado sobre cómo se ha gestionado esta historia.
Porque gobernar no consiste únicamente en levantar obras. También consiste en prever sus consecuencias. En entender que cerrar un paseo marítimo durante meses obliga a ofrecer alternativas sólidas, seguras y dignas. No basta con colocar tablones sobre la playa y confiar en que el verano, el turismo y la paciencia ciudadana hagan el resto.
Mientras tanto, La Caletilla vive esta extraña postal. Arriba, excavadoras, vallas y hormigón. Abajo, bañistas buscando sombra y caminantes siguiendo obedientemente la curva de una pasarela que parece escrita por un novelista del absurdo. Dos mundos separados apenas por unos metros y unidos por la misma sensación de provisionalidad. Quizá dentro de unos años nadie recuerde esta serpiente de madera. Será una anécdota más, una fotografía olvidada en el álbum de las obras interminables. O quizá permanezca en la memoria como el símbolo perfecto de una época en la que las soluciones acabaron pareciéndose demasiado a los problemas.
Porque las ciudades, igual que las personas, se retratan mejor en sus improvisaciones que en sus discursos. Y pocas improvisaciones describen mejor este verano sexitano que esa culebra de tablones que, resignada, serpentea por la arena esperando que el tiempo devuelva el paseo al lugar donde siempre debió estar: junto al mar, sí, pero no sobre la playa.
¡Coño, os quejáis de todo!






