Precisiones sobre la victoria laborista / José María Sánchez Romera

Perdón por la autocita, 15 de octubre de 2.022 (Costa Digital): “Lo cierto es que el Partido Conservador es un zombi político en patética marcha hacia la oposición, siendo muy dudoso que agote la legislatura en tal deriva. A Liz Truss, está claro, le ha quedado enorme el cargo de Primera Ministra y su partido ha entrado en esa fase, su elección lo demuestra, de la que solo puede recuperarse yendo a la oposición. El Sr. Sturmer ya puede ir contratando el taxi que lo llevará más pronto que tarde al número 10 de Downing Street”. No fue un vaticinio a cara o cruz sino un hecho futuro inevitable que a la hora de confirmarse se presentado llena de excesos y tergiversaciones.

La prensa en su mayoría es muy obsequiosa con cualquier triunfo de la izquierda al que saluda invariablemente con exaltados titulares que anuncian como un Renacimiento en la Edad Contemporánea. Por eso, ha calificado sin matices como histórica y “aplastante” la victoria del Partido Laborista, cosa que es cierta, aunque mucho menos en votos ya que su porcentaje total ha sido del 33,77% frente a un 23,77 de los conservadores. Los liberal-demócratas ha obtenido un 12,2% de los votos y el partido de Nigel Farage de corte conservador-populista (partidario del Brexit) un 14,3%. El 2.019 el Partido Laborista de Jeremy Corbin (un político izquierdista del tiempo de la Guerra Fría) obtuvo el 32,08% de los votos y el Partido Conservador liderado por Boris Johnson un 43,63%. Los liberales-demócratas obtuvieron el 11,55% de los votos y el Partido de Farage (UKIP, el 1,8%). Una simple observación de estos datos nos muestra que el partido del Sr. Starmer apenas ha subido en votos y que se ha beneficiado de la enorme fuga de apoyos del Partido Conservador para su apabullante victoria…en escaños, no en apoyo popular. Son los conservadores los que se han hundido, los laboristas sólo se han mantenido y el sistema electoral mayoritario simple por circunscripción el que ha hecho el resto, concediendo ese número de diputados tan desproporcionado al Sr. Starmer. El entusiasmo de los votantes por el laborismo es perfectamente descriptible en su lejanía a ese 43,63% cosechado por Boris Johnson en 2.019. Los torys se habían autoderrotado ya muchos antes de las elecciones por lo que el laborismo no ha tenido más que recoger las llaves que le han dejado bajo el felpudo del número 10 de Downing Street.

Starmer como Atlee era el hombre al que nadie habría esperado. Escaso de carisma, antiguo trotskista y de relativamente corta vida en el partido (accedió por primera vez a un escaño en 2.015 de la mano de Corbyn), es lo que podría definirse como un antilíder. Desde su apariencia anodina, como la de Atlee, ha sabido aprovechar los repetidos días de “cuchillos largos” en el seno del Partido Conservador para hacerse con el poder, lo mismo que Clement Atlee venció inesperadamente a Churchill en 1.945 aprovechando que la economía de guerra implantada por el primer ministro conservador había hecho de Gran Bretaña un país socialista de facto. Los electores votaron en consecuencia bajo la lógica de que un estado centralmente planificado era el que les había llevado a la victoria. Churchill podía descansar y los laboristas se encargarían de perfeccionar el modelo.

De cualquier modo, no hay que confundirse, los británicos no han votado socialismo, tímidamente vistos los porcentajes de votos, sino regeneración y reorganizar unos servicios públicos colapsados. Esto último debido sin duda en parte a unos gobiernos más preocupados por sus batallas internas y también, esto a ver cómo lo soluciona el laborismo, a la mala marcha de la economía británica con altas cifras de inflación y deuda pública. Financiar unos buenos servicios públicos sólo puede venir de un modelo económico que promueva la productividad y atraiga inversiones para sufragar el gasto público por la vía del crecimiento. Frente a lo sostiene esa creencia basada en la ignorancia y en el populismo informativo, los altos impuestos, la emisión de deuda y la inflación monetaria conducen inevitablemente al empobrecimiento. A esa tentación ideológica no es la izquierda la única que cede, son sensibles a ella, como escribió Hayek, “los socialistas de todos los partidos”.

Starmer es perfectamente consciente de las contraindicaciones que tienen los excesos de la planificación económica, por eso ha dicho que no subiría los impuestos, proponer lo contrario sabe que le habría hecho perder muchos votos. Más aún, el laborismo es consciente de que el electorado británico está vacunado de socialismo desde que pudieron comprobar con Margaret Thatcher que el intervencionismo de los gobiernos conservadores y laboristas de la postguerra había llevado al colapso a la economía británica. La nacionalización de las empresas consideradas estratégicas terminaron esclerotizadas y la falta de competencia llevaba a que la simple instalación de una línea de teléfono tardara meses en llevarse a cabo. Thatcher acabó siendo víctima de su incoherencia y el empeño en imponer el impuesto conocido allí como “poll tax”, marcó el inicio de su caída. Digan lo que digan los estatistas de manual, que no de éxitos, en relación a la Gran Bretaña pre y post Thatcher, las elecciones celebradas hasta la fecha han ratificado el legado económico de la “Dama de Hierro”, incluidas las amplias victorias (superando a Starmer) del laborista Blair sustentadas en no cambiar lo sustancial de aquellas políticas.

Venir del trotskismo y prometer que no se van a subir los impuestos es un largo recorrido que Starmer ha convertido en un homenaje a la realpolitk y el voto de los británicos desmiente la existencia de esa “ola reaccionaria” que supuestamente recorre Europa, que se confunde con la negativa de algunos políticos a abordar, por prejuicios o comodidad, la realidad de los problemas que la ciudadanía les expresa a través del voto. El realismo y la sensatez son muy apreciados por los electores, incluso más que un líder escaso de carisma.

 

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