El miércoles pasado los patriotas se manifestaron al grito solidario de “Sánchez, hijo de puta”. Yo creí que era una manifestación de apoyo social a la ciudad española, aunque esté en África, de Ceuta. Se decía en la convocatoria que era una manifestación apolítica. Es curioso que en mi larga vida nunca me haya encontrado con un apolítico de izquierdas; todos son de derechas. He llegado a pensar que ser apolítico es ser de derechas y no saberlo.
Más que la unanimidad en el insulto a una persona, un gesto que siempre tiene algo, mucho, de miseria humana y colectiva, me preocupó esa estrategia, siempre la misma, de obligarte a una elección falsa y tramposa. O con los habitantes de Ceuta o con los inmigrantes. Los dos son víctimas de una misma circunstancia, aunque en situaciones distintas. Los obligados a ver la miseria y el desamparo a las puertas de sus casas, y los que sufren el hambre y el abandono a las puertas de casas ajenas. Donde está la elección está la trampa.
El allanamiento de la ciudad de Ceuta, invasión o algo así lo llamó Pedro Sánchez de manera torpe y apresurada, se produce en un contexto europeo donde el racismo empieza a convertirse en un orgullo que reivindicar, en una seña de identidad. Han hecho del desprecio su grandeza. España, por una vez, es plenamente europea. Compartimos un mismo odio al inmigrante. No todos, pero el río suena y piedras lleva.
La trampa de Ceuta consiste en hacer responsable del allanamiento al inmigrante. Un problema esencial es el hacinamiento y la súbita y repentina superpoblación, por una mala gestión del gobierno, que en lugar de ver lo que sucedía, andaba discutiendo sobre la implicación de Marruecos y otras metafísicas.
Los inmigrantes de Ceuta, y los acogidos en Canarias y los náufragos del Mar de Alborán sólo pueden ir a un lugar primero, este rincón que llamamos España. Y dentro de España a las regiones políticas que llamamos Autonomías. Esas Autonomías están gobernadas, mayoritariamente, por dos partidos, PP y VOX. Esos partidos han firmado acuerdos contra la acogida de menores solos, menas los llaman ellos con orgulloso desprecio. Han acordado la prevalencia de la raza, así la llaman con la misma ignorancia, y el origen. Todos somos descendientes de una raza de emigrantes africanos que salieron de allí hace muchos años. PP y VOX reducen en sus gobiernos el presupuesto en asistencia a las víctimas de la violencia de género, esa metáfora para dulcificar que cada semana una mujer es asesinada por quien es, o fue, su pareja.
Los que firman esos pactos de ignominia, sólo hay que leerlos, fueron ayer los máximos exponentes del patriotismo y encabezaban las pancartas. Ni una sola en memoria de los ciento cuarenta y cinco migrantes ahogados. No me gusta esa patria. Ayer vi más odio que solidaridad por las calles de España.
Aunque la anécdota es de sobra conocida, no está mal recordarla en estos tiempos. Cuando le preguntaron a la antropóloga norteamericana, Margaret Mead, cuál era, a su entender, el primer signo de civilización, contestó: “El fémur curado de un hombre primitivo”. No fue una herramienta, dice, ni un utensilio, una vasija, fue el hueso roto que había sanado por los cuidados de quienes estaban a su alrededor. De ahí venimos, de la solidaridad, no del odio.
Tomás Hernández







